Alfonso Portillo: Pura Málaga

Alfonso Portillo: Pura Málaga
Con el Mayoral Maristas 88-89.

Javier Ortiz Pérez

Alfonso Portillo es uno más de los ‘clásicos’ del baloncesto malagueño que tan a menudo están apareciendo últimamente esta página. Su peculiaridad es que jugó en los dos grandes clubs que tuvo la ciudad en los 80, el Maristas y el Caja de Ronda, fusionados a partir de 1992 en el actual Unicaja.

La verdad es que es un colectivo amplio de ‘ex’, muchos de los cuales, apasionados todavía por la canasta, todavía se juntan para disputar alguna ‘pachanga’. Portillo seguro que sigue exhibiendo su estilo habitual, el de un escolta bajito (1,85), sobre todo tirador, y con una buena defensa. “Siempre he sido un jugador de equipo y que intentaba utilizar sobre todo la cabeza”, destaca.

“Empecé muy niño, con solo ocho años, en la escuela de baloncesto de Guadaljaire que montó gente como José María Martín Urbano, una persona que hizo muchísimo por los niños que nos apuntamos. Nos quitó de la calle”, recuerda.

Aquello fue el embrión del Caja de Ronda, con el que llegó a debutar en el primer equipo en la temporada 81-82, pero no en la ACB. Para ese momento tuvo que esperar unos años, con el ascenso del Mayoral Maristas, que le había dado cobijo ‘a préstamo’ en 1984. “Fue curioso porque al mismo tiempo que jugaba en el junior del Caja de Ronda lo hacía al mismo tiempo en el Maristas”, apunta.

En el equipo ‘colegial’ se terminaría quedando unos cuantos años, hasta 1989. “Fue una gozada estar en aquel equipo, con tantos chicos jóvenes con talento y los dos Smith, Mike y Ray. Nadie esperaba que subiésemos. Todo fue a base de fuerza, de echarle lo que había que echarle”, dice.

Sus números en la máxima categoría en la 88-89, la única que disputaría, fueron de 4,4 puntos en 17 minutos. Después de aquello, continuó jugando algunos años más en Segunda División, pero ya mucho más pendiente de su trabajo.

Y es que no ha cambiado de ocupación laboral en los últimos 27 años, ya que es administrativo en la mutua de accidentes de trabajo Fremap. Pero los días entre canastas siguen muy presentes en su vida. “Lo que me ha dado el basket no me lo ha dado ninguna otra cosa en la vida. Fue fenomenal compartir vestuario con tanta gente maja, ser ayudado por todo el mundo. Es una sensación que no se puede comparar”, recalca.