Jordi Molina: Dos partidos en blanco

Jordi Molina: Dos partidos en blanco
Etapa con el CB Murcia.

Javier Ortiz Pérez

¿Cómo no iba a ser jugador de baloncesto Jordi Molina si nació en Badalona y sus primeras canastas las metió en el Sant Josep? Sin embargo, su formación más bien se produjo entre Elche, adonde se trasladó su familia cuando él tenía apenas diez años, y Murcia.

Nuestro protagonista de hoy no tuvo mucho recorrido en las canchas a nivel profesional. Solamente jugó hasta los 22 años, aunque con el orgullo de haber podido debutar en la máxima categoría con el CB Murcia. Apenas fueron unos segundos contra el Natwest Zaragoza en la tercera jornada de la temporada 93-94, algo que se repetiría algunas semanas después contra el Cáceres. En ninguno de los dos casos llegó a acumular estadística alguna, ni positiva ni negativa.

“Aquello desde luego que me hizo mucha ilusión. Y también compartir entrenamientos con grandes jugadores como John Ebeling, que no era el típico americano que venía a cobrar y ya está. Se integró perfectamente con nosotros”, apunta Molina, que gozaba de mucho más protagonismo en el Navemar Náutica, el filial de Segunda División.

En el club murciano había estado desde el segundo año de cadete. Sus cualidades le convertían en una gran promesa, sobre todo por una circunstancia: con 1,94 era capaz de jugar perfectamente como base, y también ayudaba en la posición de ‘2’. “Creo que sobre todo era un jugador ofensivo, un anotador, y que mi punto débil era la defensa, que me costaba bastante”, se autodefine.

En 1994 no continuó en el Murcia y emprendió la aventura de intentar ganarse la vida con el basket en Menorca con el entonces denominado Lasalle Maó, ‘germen’ del club que posteriormente estaría en la élite. “Fueron dos años allí. El primero resultó bastante bueno, y estuve muy a gusto. La EBA era entonces la segunda categoría y había bastante nivel. Conseguimos salvarnos del descenso en un ‘playoff’. En el segundo hubo más problemas: tuve una rotura fibrilar que me costó mucho recuperar y estuve unos cinco meses sin jugar. Creo que tuve mala suerte”, recuerda.

Prefirió centrarse en la vida lejos de las canastas cuando le ofrecieron un trabajo en Murcia, donde había conocido a la que sería su mujer. En los últimos años ha trabajado como comercial en Fripozo, la división de congelados del grupo de alimentación ElPozo.

“Es una época bonita de la vida si estás ahí. Conocí a mucha gente y me ayudó en varios aspectos”, concluye.