Abdul Jeelani: La redención

Abdul Jeelani: La redención
En el Baskonia (Foto: Gigantes).

Javier Ortiz Pérez

La brutal historia de Abdul Jeelani es, como dicen los americanos, un ‘must’, y sobre todo en esta sección. Jugó dos campañas a altísimo nivel en la ACB, ambas en Vitoria, y también muy bien, siendo clave en sendos ascensos, en el Askatuak de San Sebastián y el Caja San Fernando Sevilla, en Primera B. Pero más allá de los datos, lo que le caracteriza es haber sobrevivido a un arquetípico descenso a los infiernos.

Nacido Gary Cole, se convirtió al Islam a finales de los 70 adquiriendo un nuevo nombre, al estilo Lew Alcindor/Kareem Abdul Jabbar. Era un pívot de 2,07 potentísimo, crecido en la Universidad de Wisconsin-Parkside. Tras entrar en la tercera ronda del ‘draft’ de 1976 (número 50) por Cleveland, su primera experiencia profesional fue en Europa, en Suecia. Pero fueron sus grandes números durante dos campañas en Roma (por encima de 30 puntos y 11 rebotes) las que le abrieron las puertas de la NBA, primero en Portland y luego en Dallas. Siempre estará en la historia de los Mavericks porque anotó la primera canasta de la franquicia, en 1980. “Fue uno de los momentos cumbre de mi carrera. Para un jornalero como yo, eso fue como entrar en el Hall of Fame: estar para siempre en la trayectoria del club de esa manera”, diría años después.

Pese a cumplir con 8,4 puntos y 5,3 rebotes, regresó a Italia, a Livorno, donde, con un contrato récord para la época (750.000 dólares en total), tuvo cuatro campañas felices, rondando siempre el 20+10. Se convirtió en un mito. En Vitoria apareció a finales de 1985 en sustitución de Willie Simmons y se quedó para la siguiente campaña. En ese año y medio promedió 24,1 puntos y 8,5 rebotes, pero…

…Pero se hizo de noche. Ya por entonces se rumoreaba se consumía drogas y llegó a publicarse en ‘Interviú’, lo que le quitó valor en el mercado. Tuvo que refugiarse en la segunda categoría, donde seguía siendo igualmente importante con sus 35 años largos. Sin embargo, algo se estaba rompiendo dentro de él y pocos intentaron evitarlo. Jeelani el primero.

El ascenso con el Caja San Fernando en 1989, el segundo seguido tras el logrado un año antes en el Askatuak, fue lo último que hizo en una pista. A su regreso a Wisconsin al principio todo resultó bien en un trabajo como encargado en una empresa, pero luego fue como caer por un terraplén sin fin: cocaína, heroína, alcohol, divorcio, ataques de pánico, cáncer de próstata y, en el colmo de todo, convertirse en un ‘homeless’. Increíble para alguien que ganó un millón de dólares en su carrera, ¿verdad?

La enfermedad, que finalmente superó, se llevó los pocos fondos que no había dilapidado, pero la muerte de su madre, Luna Mae, en 2004 por complicaciones derivadas de la diabetes (ya le habían tenido que ser amputadas las dos piernas), fue un golpe demasiado duro para nuestro hombre, que había estado cuidándola en sus últimos años.

“Nada de eso desde luego estaba en mis planes: decir que no tienes dónde ir, que no tienes llaves de ningún sitio que sea tuyo… Eso te hace depender de la generosidad de los otros para hospedarte y alimentarte”, se confesaba en el 2011. Fue el año en el que su vida volvió a cambiar.

Estaba almorzando en un comedor social cuando un joven italiano, de Livorno, alertó de su presencia. El chico movió hilos en su país para que se conociese la historia, donde se publicó con grandes caracteres: todo un ídolo estaba en una situación penosa. Y se recogieron fondos para que Jeelani volviese a Italia, algo que finalmente hizo.

Durante un par de años estuvo allí, trabajando con chicos jóvenes, protagonizando varios proyectos sociales y siendo protagonista de un libro llamado ‘Ritorni a colori’, aunque en 2013 volvió a Estados Unidos, donde mantiene, por lo que parece, una línea sana.

Es un tema apasionante del que hay muchas referencias en internet. Casi todo esto y bastante más es narrado por Rubén Gazapo en baskonistas.com, donde también se incluye un delicioso artículo sobre Jeelani escrito por Iñaki Garayalde, ex compañero suyo en el Caja de Álava (denominación por entonces del actual Laboral Kutxa). La historia queda ahí con un doble mensaje: siempre es posible caer cuando estás en lo más alto y siempre es posible levantarse aunque estés en lo más bajo.