Sasa Djordjevic: Ganador en los dos ‘grandes’

Sasa Djordjevic: Ganador en los dos ‘grandes’
Festejando una Liga con Gasol y Navarro.

Javier Ortiz Pérez

La reciente Copa del Mundo de baloncesto ha vuelto a poner de actualidad la figura de Sasa Djordjevic, señalado con unanimidad como uno de los artífices del éxito de Serbia, finalista ante el imbatible equipo norteamericano. Hasta el momento no había tenido gran éxito como entrenador, pero esas dos semanas en España han relanzado su imagen. Ha calado su carácter, el mismo que tenía en la pista, llamando especialmente la atención que a poco de iniciarse el campeonato echase de la concentración a una estrella como Vladimir Micov.

España también fue en su momento un país clave en su carrera como jugador. Cuando llegó a principios de 1997 al Barcelona se sabía que era un gran fichaje, sí, pero siempre es duro cumplir las expectativas cuando eres señalado constantemente como alguien que marca diferencias. Además, supo recuperarse del golpe que supuso para él no triunfar, ni de lejos, en la NBA con Portland Trail Blazers.

Sasa era y es un ganador. Criado en las categorías inferiores del Partizán de Belgrado, estuvo a punto de entrar ya en la liga norteamericana en 1990, pero los Boston Celtics le cortaron a última hora y tuvo que volver a Yugoslavia. Los americanos ya habían sentido en sus carnes su voracidad en 1987, cuando formó parte de la mítica selección junior que ganó el Mundial de Bormio.

En 1992 protagonizó aquello que no les gusta a los aficionados del Joventut recordar: el triple en el último segundo que arrebató la que hubiese sido la primera Copa de Europa verdinegra (Corny Thompson lo arregló dos años después). “Fue un momento inolvidable. Hacerlo con la camiseta del Partizán fue precioso”, destacó. Como premio a aquello, sintió que era el momento de ganar auténtico dinero y estuvo brillantemente en Milán y Bolonia antes de dar el salto a los Blazers, que desde luego no le entendieron. A los dos meses se volvió con un triste balance de ocho partidos (61 minutos y 25 puntos en total, una ignominia). Históricamente, es a los grandes bases a los que les más les ha costado adaptarse entre los europeos al ritmo de la NBA. Serguei Bazarevich vivió una historia prácticamente y Sarunas Jasikevicius tres cuartos de lo mismo, aunque aguantase más tiempo. Tony Parker y José Manuel Calderón son las excepciones.

El Barça de Aíto 96-97 empezó con problemas, pero encontró la solución casi automática en Djordjevic. Con el tiempo, la relación entre los dos genios se fue tensando, pero por el camino cayeron tres títulos para los azulgranas: dos Ligas y una Korac. Con las mejores características de un base y fuerte espíritu de escolta, era el clásico jugador que se sentía a gusto en los finales apretados. Eso sí, le quedó clavada la espina de la Copa de Europa del 97. Sí, la del tapón de Vrankovic.

En 1999 salió del Barça y no le sentó nada bien. Su venganza fue terrible: a los pocos meses fichó por un Real Madrid que no encontraba el camino y lo dirigió hacia el título de Liga en el Palau unos meses después en un inolvidable quinto partido. Su sonora celebración resultó polémica: “fue toda la rabia contenida al ver que Aíto no me quiso renovar y que quería decirles 'todavía me echáis de menos'”, dijo años después.

Permanecería dos años más de blanco, aunque con más sombras que claros. Sobre la cancha, el declive se hacía inevitable. En 2002 terminaban 206 partidos ACB con 13,9 puntos y 3,1 asistencias en 26 minutos. En el triple, su gran especialidad, sobre todo esos que lanzaba inesperadamente desde el frontal, alcanzó un notable porcentaje del 41%. Consiguió la nacionalidad española, otorgada por carta de naturaleza en un consejo de ministros, cuando ya estaba de vuelta en Italia, primero en el Scavolini de Pésaro y luego en Milán.

Su historial con la selección también quita el hipo: tres oros y un bronce en los Europeos, el oro en el Mundial de Indianápolis-2002 y la plata en los Juegos de Atlanta-96. Como seleccionador se le ha visto visiblemente más cómodo dirigiendo a Serbia (con un ‘alma gemela’ como Teodosic a sus órdenes) que en los banquillos de Milán y Treviso, donde no llegó demasiado lejos. Tiene 47 años y seguro que muchas victorias por celebrar con los puños bien cerrados.

Hace poco le preguntaron en El Mundo Deportivo con cuál de los dos ‘grandes’ del baloncesto español en los que jugó se quedaría. “No se elige, es imposible elegir entre Real Madrid y Barcelona, son los más grandes. Lo di todo como jugador en los dos clubes y sería un orgullo entrenarles”, respondió.