Manu Díaz: Baloncesto contra el ictus

Manu Díaz: Baloncesto contra el ictus
Con la selección española juvenil en 1988.

Javier Ortiz Pérez

Mis contactos lucenses hablan maravillas como persona de Manu Díaz. Alero de 1,92, disputó un par de partidos con el Breogán en la 89-90 y otros dos en la 90-91. La vida no se lo ha puesto fácil: hace unos años sufrió un ictus con cuyas secuelas todavía tiene que lidiar a diario, pero no ha dejado de luchar ni un segundo. Y es que el baloncesto imprime carácter.

“Mi padre era un conocido jugador del Breogán en Primera División”, cuenta sobre sus orígenes. “Sus hijos nos enamoramos de este deporte gracias a él”, añade. Y es que su hermano llegó a jugar en EBA y su hermana en las categorías inferiores del antiguo Xuncas. Mientras, Manu prometió desde el inicio de su trayectoria. Jugó en las selecciones gallegas y española (convocado para la juvenil en una generación en la que estaba gente como Isma Santos y José Luis Galilea), hasta llegar a la ACB, donde no dispuso de muchos minutos.

“Tuve varias opciones, incluso de ‘poder cruzar el charco’, pero no era algo tan buscado como hoy en día”, relata, todavía contento de haber podido jugar en el ‘Breo’ con “grandes jugadores, como mi ídolo Manel Sánchez, y Velimir Perasovic, y participar en la Copa Korac también. Fue un honor pertenecer a una competición como la ACB”.

Anteriormente, el ‘club de su vida’ había sido el Estudiantes de Lugo, “donde me formé como jugador de la mano del ‘Kaiser’ Juan Corral, al que el basket de la ciudad le debe mucho”, relata.

Sin embargo, su carrera en las pistas acabó tras un desacuerdo con el Breogán. “Decidí iniciar mi vida laboral. Trabajé en un par de empresas de ámbito nacional e internacional, disfrutando de lo que hacía”, cuenta. Pero... “fue entonces cuando llegó el ictus y cambió mi vida”. El infarto cerebral es un episodio complicado de superar si es que se sobrevive a él. Y eso estuvo con todas sus fuerzas.

“Pasé una etapa dura al principio, pero aunque quedé limitado físicamente, la vida es bella, como dice la película, y merece la pena disfrutarla”, afirma entre risas. Su carácter jovial le ha ayudado mucho, así como todos los que ha tenido alrededor. Y el baloncesto también tuvo su parte de ‘culpa’ en su rehabilitación.

Volvió como entrenador, ayudando primero a un equipo cadete femenino y luego en un masculino, “haciendo cada vez más amigos”. “Lo que más me gusta de este mundo es que te enseña a superarte en muchas facetas de la vida y te ayuda a conocer a gente estupenda, que es la mayoría. Otra no merece la pena ni nombrarla, pero les deseo que sean tan felices como yo. Procuro vivir feliz con familia y amigos y sacar una sonrisa diaria como mínimo”, apostilla.

Grande.