Slaven Rimac: Dejar de jugar y triunfar entrenando

Slaven Rimac: Dejar de jugar y triunfar entrenando
En el AEK Atenas.

Javier Ortiz Pérez

Slaven Rimac cumple un patrón que de vez en cuando se reproduce en el baloncesto mundial: el del jugador que, al poco tiempo de retirarse, se pone a entrenar profesionalmente (ayudado, es claro, por su fama anterior) y le sale todo redondo. A este escolta croata lo tuvimos una temporada en España, la 2000-01 con el Joventut.

Su caso ha sido uno de los últimos en los que la transición cancha-banquillo ha resultado exitosa. Hace unos meses se proclamó campeón de la liga croata con la Cibona de Zagreb, del que se hizo cargo iniciada la campaña en sustitución de Neven Spaniha, de quien era su ayudante.

Rimac resolvió admirablemente la situación de un equipo histórico, pero atosigado por las dudas y por la pujanza del vecino Cedevita, que le acababa de ganar la Copa. Luego también perdería la liga, pero se tomó cumplida revancha en el torneo más importante de la zona, la Liga Adriática, demostrando que muchas veces es más importante conectar con el vestuario que la experiencia con la pizarra en la mano.

¿Cómo era él sobre la pista? Claro, escolta croata equivale prácticamente a tirador. Sin embargo, Rimac no abusaba del triple. Lanzó el doble de dos que de tres con un porcentajes bastante estándar en ambos casos (50% y 35%). Cumplió con su promedio de 13,9 puntos, el máximo del equipo, pero le hizo daño para no prolongar su compromiso el hecho de que el equipo no se metiese en los ‘playoffs’. En aquella ‘Penya’ había mucho nombre, sí (Ferrán Martínez, Rafa Jofresa, Crawford Palmer, Warren Kidd y un joven Alex Mumbrú), pero casi todos ellos en la cuesta abajo de su carrera.

De todos modos, lo recuerda positivamente. “Fue un momento bonito de mi carrera”, apunta. Acaba de ejercer como asistente de Jasmin Repesa en la selección croata que ha disputado la Copa del Mundo, una excelente forma de prolongar su incipiente carrera en los banquillos. “Me siento genial como técnico. Siempre he pensado que sería un proceso más gradual, pero ocurrió de forma muy diferente. Ganar títulos como la Liga Adriática me empuja a seguir trabajando cada vez más duro para intentar desarrollar mis cualidades”, explica.

Es la Cibona indudablemente el club de su vida, y más naciendo en Zagreb. Es inevitable imaginarle con diez o doce años celebrando las canastas de Drazen Petrovic. Después, él mismo jugaría en el equipo en dos etapas (diez años en total y ocho ligas croatas) y también emprendió una carrera europea que englobó, además de Badalona, países como Grecia, Rusia, Italia, Turquía y Francia. Acabó en un histórico como el Pau Orthez cuando ya rondaba los cuarenta. No tuvo tiempo para descansar mucho. Los banquillos le esperaban.