Julio Lacaba: Mucho carácter desde Canarias

Julio Lacaba: Mucho carácter desde Canarias
Con el IFA Español 88-89.

Javier Ortiz Pérez

Julio Lacaba tenía buenas condiciones para triunfar en el baloncesto, pero no lo logró. Su aportación estadística a la historia de la ACB son cuatro minutos en un partido de la temporada 88-89 con el Grupo IFA Español. “No me arrepiento de nada de lo que hice”, resume hoy en día, con la perspectiva del tiempo. Probablemente su fuerte carácter fue una traba para llegar más lejos.

Lacaba es tinerfeño y acabó en Barcelona después de que llamase la atención de Moncho Monsalve cuando jugaba en el Unelco. Era un pívot de 2,02 bastante luchador. Pero solamente duró seis meses en la Ciudad Condal. Su salida la precipitó un incidente que no tiene reparos en contar: “Llamé ‘hijo de puta’ al entrenador de los juniors por no poner a un compañero que llevaba toda la temporada entrenando, sin faltar un solo día, y sí poner a su favorito. Tuve una discusión con él por ese motivo y perdí mi contrato con el Hospitalet, que tenía casi firmado”.

Regresó a la isla, al Tenerife Número 1, como jugador número 12. No dispuso de oportunidades. “Fue un error. No hice buenas migas con Hernández Rizo”, señala. “Por todo esto lo dejé cuando tenía 25 años, después de 15 jugando. Dos años después volví para estar en Segunda Autonómica dos temporadas”, añade. “Nunca me rendía. Mucha lealtad”, destaca sobre sus características.

Y… ¿qué ha hecho desde entonces? “Olvidar aquello. La etapa en el baloncesto la recuerdo como si fuera ayer, pero ya pasó”, responde espontáneamente. Pero le sale una pizca de humor cuando se le pregunta por su profesión actual. “Soy electricista. Cambio bombillas sin escaleras”.

Vive en La Laguna y comenta que su “mayor herencia” es un hermano que tiene en Francia y que es árbitro y entrenador. “Toda mi familia ha tenido el baloncesto en la sangre, aunque yo fui el único que llegó un poco más lejos”, añade. Siempre con la pasión por delante: “Me encanta el basket y siempre he querido sacarme el curso de entrenador, pero nunca hay pasta para tanto. En mi época hasta lo regalaban. Qué ironía de la vida”.

Sus últimas palabras también son una declaración de intenciones: “Siempre he luchado por lo que creía justo. Así me educaron y así he salido. Nunca he sido un pelota. Y en esto del deporte son muchos los que no son como yo. Creo en el sacrificio, en la lucha, y no en la envidia. El que es bueno, lo es. Prefiero morir de pie en la lucha que arrodillado y en paz, decía el Ché”.