Roberto Dueñas: No solo grande; muy bueno

Roberto Dueñas:  No solo grande; muy bueno
Muy difícil de parar en el Barça.

Javier Ortiz Pérez

Roberto Dueñas. ¿Qué decir de él? Sin duda, uno de los rostros más reconocibles del baloncesto español en los últimos 20 años, y eso es mucho decir en una época en la que las estrellas se han multiplicado primorosamente. Pero los gigantes siempre provocan un enorme magnetismo en un deporte de gigantes. Y Dueñas lo era, y en más de un sentido.

Sí, medía (y mide) 2,21, pero son más los casos con esa estatura de jugadores poco coordinados o simplemente torpes para el juego. Nuestro hombre no era de estos. A un físico interminable unía una cabeza privilegiada que le llevaba a ser un excelente pasador, toda una rareza. Tampoco le faltaba carácter, siendo uno de los primeros ‘maestros’ de Pau Gasol en el aspecto de cómo comportarse sobre la cancha y no perder nunca la concentración.

Su historial habla por sí mismo de la terrible influencia que tenía en los partidos, siempre antes de que las lesiones le atormentasen. En diez temporadas con el Barcelona, ganó seis Ligas, dos Copas del Rey, una Copa Korac… y una Euroliga, claro. La primera del club azulgrana en su historia, en el 2003 en el Sant Jordi, en lo que reconoce como el mejor triunfo de su carrera. En una época más bien oscura para la selección, su cosecha de rojo fue más exigua, aunque al menos logró la plata en el Eurobasket de 1999 (84 veces internacional).

Mil veces se ha contado la historia de que fue descubierto en una parada de autobús de Fuenlabrada. ”Tenía 16 años e iba a estudiar a Móstoles. Un entrenador del Fuenlabrada me vio en la parada dos o tres días y me dijo si quería jugar al baloncesto. Todo empezó allí”.

Tras un par de cesiones (una a Fuenlabrada y otra al Cornellá), su impacto fue inmediato cuando entró en el primer equipo del Barça. Tenía 20 años y se le abrieron las puertas del éxito de par en par. Hasta la NBA se fijó en él y los Chicago Bulls le eligieron en el puesto 57 del ‘draft’ de 1997. Nunca llegaría a jugar con ellos. "Estuve un par de semanas entrenando con ellos, pero yo entonces sólo quería jugar en el Barça. Siempre te queda la duda de qué habría pasado si hubiera ido, pero nunca me arrepentí", le contó a Quique Peinado en una entrevista en Marca en el 2009.

A veces le bastaba salir tres o cuatro minutos para cambiar el signo de un partido con un par de tapones y tres o cuatro mates seguidos culminando el ‘pick and roll’. Pero medir 2,21 (y trasladar unos 140 kilos) también conlleva un terrible desgaste físico. El suyo se centró sobre todo en la espalda, muy dolorida a menudo y que de vez en cuando le sigue dando problemas. Tuvo que abandonar con apenas 31, después de que ni en el Akasvayu Girona ni en el Joventut pudiese aportar mucho. Acababan 379 partidos ACB con 7,3 puntos y 6 rebotes en 20 minutos.

Sin embargo, el baloncesto sigue presente en su vida. Se quedó a vivir en la Ciudad Condal y trabaja en la estructura de cantera del Barcelona, sobre todo con los pívots. “No juego ni pachangas. Muchas veces los veteranos del Barça me dicen que vaya a jugar con ellos, pero no me apetece. Yo ya jugué, eso ya pasó. Ahora me encanta lo que hago, disfruto del baloncesto”, comentó.

Su número 12 está colgado en el Palau Blaugrana y no volverá a usarlo nadie. Cuando se conoció la decisión de la directiva, indicó: “Es difícil encontrar un final y éste es el mejor posible que puede existir. He estado muchos años en el Barça disfrutando de lo que me gusta hacer, pero no me lo esperaba. Ver mi colgada junto a las de Epi, Solozábal o Andrés Jiménez es un sueño y un orgullo”.