Kirk Richards: Muerto por una bandeja

Kirk Richards: Muerto por una bandeja
Machacando.

Javier Ortiz Pérez

Me sucede de vez en cuando y, aunque no tenga ningún recuerdo especial sobre el jugador en cuestión, es inevitable que me recorra un escalofrío: ‘googleo’ buscando información de alguien y, de repente, aparece que murió. En este caso me ha sucedido con Kirk Richards, americano del Caja Guipuzcoa de la temporada 88-89, la única en la que el Askatuak militó en la ACB (anteriormente sí lo había hecho en la Liga Nacional). Su muerte, además, se relaciona de forma directa con el baloncesto.

Richards fue pareja americana de Peter Verhoeven y en cuanto a números cumplió (21,5 puntos y 8,5 rebotes), pero al equipo le hacía falta algo más, sufriendo excesivamente la confianza que había depositado en gente ‘de la casa’ para configurar la plantilla. Si el bigotudo Verhoeven ponía cierta calidad (jugó en la NBA algún año), Richards aportaba atleticismo y era desde luego más ‘5’.

Nació y creció hasta los 2,06 en Arizona, donde también pasó su periplo universitario (Central Arizona College). Después de pasar un año en la CBA, emprendió una carrera europea de la que apenas he podido conseguir datos más allá de que estuvo centrada en Bélgica. Tras San Sebastián, jugó en el Avignón y regresó a Estados Unidos y se estableció en Las Cruces (Nuevo México).

Fue allí donde le sucedió la desgracia en verano del 2003. Aquí se cuenta con detalle. Tenía 45 años y era orientador educativo en un colegio, además de involucrarse en distintas organizaciones sociales y benéficas. No había perdido el amor por el baloncesto y disputaba algunas ‘pachangas’ con chicos normalmente más jóvenes. Cuando iba a depositar una bandeja, fue inesperadamente empujado desde atrás y se dio con la cabeza en una pared.

Cayó al suelo, pero nadie hizo nada. “No puedo moverme”, dijo Kirk. Pero la respuesta de sus compañeros de partido fue que estaba fingiendo. No le creían porque era un hombre que solía prodigarse en las bromas, sobre todo con los niños con los que trabajaba. Cuando por fin se dieron cuenta de que la cosa iba en serio, fue trasladado a un hospital, donde le dijeron que la espina dorsal estaba muy dañada.

Tres semanas después, entraba en coma y fallecía a consecuencia de una neumonía. Era el 23 de agosto. En el hospital no reía, como en él era habitual, pero, según cuenta su hermana Debra, tampoco bajó la cabeza. “Nunca se quejó. No parecía triste”, señala.

El descenso impidió que Richards dejase una gran huella en San Sebastián. Uno de sus compañeros al que he preguntado confiesa no recordar grandes detalles sobre él, aunque sí que era “muy buena persona”.