Tomás González: Ímpetu albaceteño

Tomás González: Ímpetu albaceteño
En el Cáceres (Foto: Gigantes).

Javier Ortiz Pérez

Tomás González fue un buen profesional intermedio en el basket nacional de finales de los 80 y la década de los 90. Durante una época, gracias al foco que siempre tiene ser canterano del Real Madrid y asomarse a su primer equipo, parecía que podía ser una estrella, pero no fue así. Quizás, como él mismo reconoce, le perjudicó el hecho de que durante un tiempo se le intentase adaptar erróneamente a la posición de ‘3’, cuando él era claramente un interior.

González es de Albacete, donde continúa viviendo. Muy niño, con apenas 14 años, se enfrentó con el CABA, el club local, al Madrid en un intersector. Lo hizo tan bien que los blancos le llamaron para una prueba que pasó positivamente a los hijos de un mito como Clifford Luyk. Se trasladó a la capital, donde creció como promesa, haciéndose habitual de las selecciones de categorías inferiores.

Con 16 años estaba ya en la dinámica del primer equipo, con el que debutó con apenas 18. Durante tres campañas jugó un puñado de minutos, pero su progresión pareció estancarse. “Es que era imposible. Como pívots tenía por delante a grandes americanos, a los hermanos Martín, a Romay. Se intentó convertirme en un alero alto, como Pep Cargol, pero aquello no salió bien”, reconoce hoy en día.

Parece que el Madrid quiso que continuase, pero en 1992 prefirió marcharse al Coren Ourense, donde dio un esperado salto en protagonismo que sin embargo no le sirvió para mantenerse en la ACB. Huelva (93-94, Primera División) y un eventual regreso a casa con el CABA (94-95, EBA) fueron sus siguientes paradas.

Sus buenas actuaciones, ganando peso y sacando partido de sus recursos técnicos en las dos zonas, volvieron a llamar la atención de la máxima competición en 1995, cuando le fichó el Cáceres. Rápidamente cogió el papel de tercer pívot en otra temporada en la que, sin embargo, acabó sufriendo mucho físicamente, jugando infiltrado en muchas ocasiones. Se operó el verano siguiente, pero se quedó sin sitio en el equipo en la 96-97 pese a tener contrato en vigor (“fue una jugada, pero con perspectiva lo veo como algo normal”). Acabó en el Girona tras entrenar unos meses con el Pamesa Valencia.

“A partir de entonces nada fue lo mismo para mí. Empezaba a estar ya machacado, con problemas en el tobillo, la rodilla, la espalda… Era un sufrimiento. En 1998 me fui a Portugal pese a tener ofertas de ACB porque me pareció que aquello sería menos competitivo y mi cuerpo podría aguantarlo mejor”, dice.

Tras un año en el Oliveirense y otro en el Queluz, a partir del 2000, sin haber cumplido los 30, no habría más baloncesto profesional para Tomás González, que al menos se dio el gusto de terminar en casa, en el Deportivo Albacete, en la 2000-01. Atrás quedaban 109 partidos en la máxima categoría (2,3 puntos y 1,6 rebotes en 9 minutos).

Pese a todas estas vicisitudes (las esperanzas no cumplidas, el desgaste físico, la retirada prematura), González guarda un buen recuerdo globalmente del baloncesto. “Hubo momentos malos, pero yo ahora mismo solo me acuerdo de los buenos. Sacrificas ciertas cosas, pero también obtienes algunas muy buenas a cambio”, reflexiona.

En Albacete confirmó el carácter emprendedor que había ya apuntado en Cáceres, donde había abierto un bar, ‘El Callejón’, junto a su compañero de puesto Toni Pedrera. En la ciudad manchega tuvo un hotel y un restaurante, pero en los últimos siete años se ha centrado en el mundo de las agencias de viajes regentando una franquicia de Icarus Group, una potente multinacional. “Sabía que había vida después del baloncesto. Si no es así, es que tienes un problema”, apostilla.