John Stroeder: El pelirrojo de la octava ronda

John Stroeder: El pelirrojo de la octava ronda
Imagen como entrenador (Foto: Kitsapsun.com)

Javier Ortiz Pérez

John Stroeder estuvo los primeros partidos del Caja San Fernando (actual Baloncesto Sevilla) en la máxima categoría del baloncesto nacional, pero fue cortado bastante rápidamente. En aquella época (temporada 89-90) se le pedían a los norteamericanos números más potentes que los 17 puntos y 7,8 rebotes que acreditaba este pívot pelirrojo de 2,08 que atesora una cierta historia.

Desde luego, no debe haber muchos jugadores que, después de haber sido elegidos en la octava ronda del ‘draft’, consigan jugar finalmente en la NBA. Y además con seis años de diferencia entre un momento y otro.

Stroeder estuvo en la universidad de Montana y los Portland Trail Blazers le escogieron en el puesto 168 de 1980. Eso le abocó a una carrera europea de no mucho brillo, primero en la modesta liga inglesa y después en el Lorient francés, con escalas en la CBA. En 1987 llegó su gran oportunidad y, tras disputar el primer Open McDonald’s con Milwaukee Bucks, consiguió un puesto en el equipo. Sí, al fondo del banquillo, pero compartiendo vestuario con gente como Terry Cummings o Jack Sikma. Ahí queda la cosa (41 partidos, 1,9 puntos y 1,7 rebotes). Tiene mérito viniendo de tan abajo. De su paso por Wisconsin también le quedó su matrimonio con Nancy, secretaria en el club (“no pude haber encontrado una persona mejor”).

En la siguiente campaña, tras ser asignado a Miami Heat en el ‘draft’ de la expansión, disputaría otros cinco encuentros con Golden State y San Antonio Spurs. Tras volver a la CBA, donde le dirigió George Karl, el Caja confió en él como pareja de otro blanco, Dan Bingenheimer, en su primera campaña en ACB. Ninguno de los dos empezó bien y se llegó a publicar que ambos serían sustituidos, pero finalmente ‘Bingo’ conservó su puesto (y jugó muy bien desde entonces) y Stroeder fue suplido por Pat Durham, un jugador más exterior. Luego anduvo en Suecia antes de regresar al estado de Washington, del que es originario.

En este artículo él habla exhaustivamente de sus experiencias baloncestísticas. En 2009 entrenaba por entonces a un equipo de ‘high school’ de Port Townsend, algo que compaginaba con su trabajo en una fábrica de papel. Según dice, nunca esperó sentarse en un banquillo.

Empezó con el equipo de chicas del instituto (“me demostré a mí mismo que sé un poquito de baloncesto. Lo más grande es poder enseñar a los demás lo que sabes”) y luego pasó al de chicos, tras siete años, lo que consideró “un nuevo desafío”.

“No tuve el respeto completo de los entrenadores mientras jugaba, pero ahora entiendo lo que pretendían. En la actualidad le tengo más respeto al hecho de entrenar que entonces”, añade. Su técnico en la capital andaluza fue José Alberto Pesquera, que justificaba el fracaso en el fichaje en que había recibido buenos informes de él de parte de “George Karl, Dick Versace, Moncho Monsalve y Lou Carnesecca”. “Es probable que no sean la pareja (de americanos) que el equipo necesita, pero no son dos petardos”, apostillaba.