Miguel Ángel Lete: Pesadilla de los americanos

Miguel Ángel Lete: Pesadilla de los americanos
En el Español (Foto: Gigantes).

Javier Ortiz Pérez

A Miguel Ángel Lete, asegura él mismo, le temían los americanos. Era uno de esos jugadores de la ‘vieja escuela’, que, pese a su 1,95 de estatura, podía intercambiar las posiciones de alero y ala-pívot. Claro, el tipo de cosas habituales en los 80, pero a él se lo permitía un físico más definido muscularmente que el exterior-tipo de la época. Con la etiqueta de jugador defensivo, Lete es gráfico hoy en día cuando explica el ‘respeto’ que le tenían los profesionales extranjeros: “Sabían que les ponía morados”. Lo que Andrés Montes llamó ‘estopa mix’, gente necesaria también, aparte de las estrellas y los grandes anotadores.

“Digamos que era consciente de mis limitaciones. Mi misión era fajarme con el que se me pusiese por delante”, añade. Sí, no hay nada mejor que eso en la vida: conocer tus fortalezas y debilidades y saber emplearlas para lograr el éxito. En este caso, no se puede decir que hablemos de una estrella, pero sí de un muy buen jugador de equipo, de esos a los que les da exactamente igual la línea de la estadística que se refiere a ellos si los suyos han sumado más puntos que el contrario.

Nació en Burgos y despuntó jugando al baloncesto en Valladolid mientras estudiaba la carrera. Tras el fallecimiento de su madre, se fue a vivir a Barcelona a 1978 con una de sus hermanas mientras concluía los estudios. Eso le abrió las puertas de un club de la entonces Liga Nacional, el Mollet. Después, estuvo presente con un protagonismo intermedio en las cuatro primeras temporadas de la ‘era ACB’, dos en Granollers y dos en el Español. En total, 116 partidos con 6 puntos de promedio en 20 minutos. Lo suyo no se veía en los números. Quizás en los “morados” de los rivales sí…

“Fue una etapa muy buena de mi vida. Fundamentalmente porque éramos semi profesionales y disfrutábamos mucho viajando, jugando... Está claro que era otro baloncesto distinto al de ahora. En el vestuario normalmente nos llevábamos muy bien. Y estaba la posibilidad de estudiar o trabajar al mismo tiempo, lo cual te daba unos valores diferentes, claro. El baloncesto digamos que me sirvió de ‘columpio’ en muchos sentidos”, reflexiona.

En Cataluña se quedó a vivir definitivamente: desde finales de los 80, cuando su carrera tocaba a su fin, regenta un despacho de arquitectura técnica, donde se dedica a nuevas construcciones, reformas, cédulas de habitabilidad, certificados de eficiencia energética… En su despacho en la Plaza de Letamendi de Barcelona ha visto pasar los últimos casi 30 años. “¿La crisis? Pues ahí estamos. Pero como llevamos tanto tiempo en esto, somos bastante conocidos y no nos falta el trabajo”, cuenta. Se admiten norteamericanos como clientes, que conste.