Carlos Gil: Cumplidor al máximo

Carlos Gil: Cumplidor al máximo
En el BBV Villalba 88-89.

Javier Ortiz Pérez

Carlos Gil quizás fue un jugador sin mucho nombre, pero sí un honestísimo profesional que cumplió allá donde jugó. Prototipo ‘de gama baja’ del base de los 80, fue generoso y se dedicó ante todo a intentar mejorar a sus compañeros, sabiendo adaptarse bien al papel que le correspondía a cada momento, ya fuese como titular o como reserva.

Sus inicios en la élite fueron de una precocidad enorme. Formado en el Colegio San Viator, del que salieron leyendas como Juan Antonio Corbalán o posteriormente Carlos Jiménez, estaba ya integrado en la plantilla del Cajamadrid en la temporada 84-85, cuando solamente tenía 16 años. Fue su debut en ACB, “bastante feliz, porque nos clasificamos para competición europea. Para mí fue increíble estar ya entre los ‘mayores’, no podía creérmelo”, cuenta. Acumulando experiencia rápidamente a un nivel tan alto, se hizo habitual en selecciones como la junior o la sub-22.

La siguiente temporada al equipo de Alcalá de Henares le sucedió todo lo contrario: un inesperado descenso cuando había muy buena plantilla. Gil acusó el golpe (“fue un palo muy gordo”), pero también aprendió algo: “en una carrera tan larga siempre tienes altos y bajos, alegrías y penas, pero tiendes a quedarte con lo positivo, con lo agradable”.

Le faltaban efectivamente muchos años por delante, hasta el 2003, donde acabaría en EBA también en Alcalá. En medio, numerosas experiencias que incluye el Atlético de Madrid Villalba de la 90-91. “Fue un año especial. Era un club modesto que tenía las cosas claras y de repente un verano nos encontramos con Jesús Gil como presidente, con toda la fama que tenía. Deportivamente acabó siendo una temporada muy buena con Walter Berry”, recuerda.

Precisamente Carlos Gil estuvo presente hace unos días en una reunión de antiguos jugadores del Club Baloncesto Villalba. Seguro que hubo mucho talento y nostalgia mezcladas durante esa jornada.

Aguantó hasta 1997 en la máxima categoría, entre Lugo y Huesca, completando un total bastante respetable de 320 encuentros (6,1 puntos de promedio). Después, se especializó en ir a buenos equipos de LEB por lo general (Alicante, Melilla y de nuevo Breogán). “Me apreciaban porque creo que hacía jugar a los demás y era poco egoísta”, apunta. Efectivamente: no era un anotador, pero miraba al aro con decisión en los momentos importantes. Y, sobre todo, si por algo se caracterizaba su juego era por la sencillez, una bien entendida falta de espectacularidad. En una palabra, fiabilidad.

Tras su retirada a los 35 años (“podía haber seguido, porque me encontraba físicamente bien”) ha estado bastante alejado del baloncesto. De regreso a Madrid, lleva diez años trabajando en un gremio muy especial: en una de esas empresas que se dedican a transportar obras de arte, con toda la minuciosidad y estrictas especificaciones que ello conlleva. No es difícil imaginar que trata a cuadros y esculturas con el mismo mimo que al balón en su momento.