Ismael Santos: Defensor muy blanco

Ismael Santos: Defensor muy blanco
En la final de la Copa de Europa del 95 (Foto: Gigantes).

Javier Ortiz Pérez

Pocas veces a lo largo de las cientos de entrevistas que he realizado para esta sección he escuchado algo tan duro como lo que me soltó Isma Santos: “Algo dentro de mí murió cuando me tuve que ir del Real Madrid. Creo que debería haber estado mucho tiempo más. No pensé que eso fuese a suceder nunca”.

Efectivamente, en su carrera hubo un antes y un después de la ‘casa blanca’, a la que había llegado siendo prácticamente un niño procedente de su Ourense natal. Como madridista permaneció hasta 1999, nueve temporadas en el primer equipo y una más en el Guadalajara, que entonces era filial. Cuando le enseñaron la puerta de salida, sus estancias en Benetton de Treviso, Dafni Atenas y Cimberio Novara no fueron malas, pero estuvieron bajo el signo de la insatisfacción, del recuerdo de tantas batallas libradas en el equipo de su vida, con el que disputó todos sus partidos ACB (292, 4,1 puntos en 18 minutos).

Santos siempre tuvo la etiqueta de ‘stopper’ defensivo, aunque quienes le vieron jugar en categorías inferiores aseguran que ahí era un gran anotador, con muchos recursos. Sin embargo, a él siempre le tocó bailar con la más fea, como suele decirse. Y lo hacía muy bien: insistente, pegajoso y siempre a punto físicamente. Especialmente reseñable fue el martirio al que sometieron entre Javi García Coll y él a Eddie Johnson en la final de la Copa de Europa de 1995.

Asegura que nunca se ha “parado a pensar mucho” en su carrera, pero está “contento en lo importante porque siempre di todo lo que podía dar: esfuerzo, entrega, sacrificio, dedicación. Hice lo que tenía que hacer en cada momento. Luego es verdad que a nivel técnico podía haber dado más, pero las circunstancias y mi forma de enfocar el baloncesto tampoco lo permitieron. Para mí lo importante era estar en el Real Madrid y ganar títulos. Adopté ese rol de defensor por las exigencias del guión. Tenía 20 o 21 años y sabía que no podía tirármelas todas como cuando era junior o juvenil. Podía haber elegido jugar en otro sitio y quizás hacerlo, pero mi sueño era jugar en el Madrid”.

Títulos no le faltaron: dos Ligas, una Copa, la Euroliga reseñada y una Recopa, además de una Coppa italiana con la Benetton. Se quedó, dice, con las ganas de vencer más veces a nivel continental con el Madrid: “El equipo que ganó en el 95 tenía que haber ganado dos Copas de Europa más. Teníamos a Sabonis y un gran equipo. Recuerdo especialmente la semifinal que perdimos contra el Limoges en Atenas el año anterior. Fue inexplicable. Nos descolocó el modo en el que nos jugaron. Nadie se había atrevido a hacerlo, con posesiones tan largas y un marcador tan corto”. También tuvo su oportunidad en la selección (seis encuentros), pero no llegó a disputar ningún gran torneo.

Saltándonos un poco la crónica en rosa –estuvo casado con Blanca Ares, la que por entonces era mejor baloncestista española y ahora es la esposa de Sergio Scariolo--, Santos protagoniza un presente de altura y ciertamente fuera de los cánones habituales. En los últimos ocho años ha estado a caballo entre España y Francia, donde participa activamente en una empresa de actividades de montaña en Chemonix Mont Blanc, en los Alpes. “El alpinismo es algo que me ha venido después del baloncesto. También tiene una serie de valores muy interesantes: estar con la gente, compartir, el sacrificio, el compromiso…”, explica. En Santos Trekking se puede ver su oferta, que incluye escaladas en otros lugares del mundo.

Además, participa desde primera línea en Stopsanfilippo, un proyecto solidario para intentar combatir una enfermedad de las denominadas ‘raras’, el Síndrome de Sanfilippo. Se está trabajando en un documental y en un libro sobre el tema.