Manel Bosch: Libre de etiquetas

Manel Bosch: Libre de etiquetas
Español.

Javier Ortiz Pérez

Fue un jugador importante Manel Bosch, uno de esos que encontraba en la indefinición el mejor agua donde nadar y al mismo tiempo ahogar a sus rivales. Nadie podía catalogarle exactamente ni como escolta ni como alero. Incluso podía hacer daño jugando al poste, ‘herencia’ de los años de formación, en los que jugó casi íntegramente como pívot. Con el tiempo fue mejorando, absorbiendo conocimientos, y acabó con una hoja de servicios más que potente.

Bosch es de Lleida y en 1985 fue captado por Quim Roc para la entonces potente cantera del Español. Perteneció a la brillante generación de los Santi Abad, Edu Piñero… Él llegó como “un ‘5’ cerrado”, como dice él, y tuvo que reinventarse. Evidentemente, no podía sobrevivir en la élite con su 1,98 jugando por dentro. “Coincidí con grandes entrenadores que me ayudaron a dar ese paso, entre los que mencionaría especialmente a Guifré Gol, que fue el que me lo dijo más claro”, apunta. “Tuve que aprender a tirar, a botar, casi a correr. Pero mereció la pena”, añade.

Era alguien muy difícil de etiquetar. Sin ser un anotador nato, podía hacer daño desde media y larga distancia si se le dejaba un metro. Y también se convirtió en un fiero defensor que ayudaba en aspectos ‘sucios’ como el rebote. No eludía la responsabilidad cuando había que hacerlo, aunque parecía sentirse bien como secundario de lujo.

De la noche a la mañana se convirtió en un jugador importante y con solo 23 años acudió al Mundial de Argentina-90. Sí, se trata de una época tenebrosa para la selección, pero hay que valorar a los que defendían al equipo entonces. Él fue 41 veces internacional y estuvo en el equipo que en 1991 ganó el bronce en el Eurobasket de Roma, la única medalla entre las platas de Los Angeles-84 y Francia-99, nada menos.

Su carrera no paraba de crecer. Manel Comas se lo llevó de Granollers a Zaragoza (“tuvo la valentía de ponerme de ‘2’”) y posteriormente perteneció al grupo de jugadores que elevó al baloncesto malagueño a rozar el título liguero. El famoso ‘no triple’ de Ansley, ya se sabe.

“Siempre tuve suerte de conectar con los entrenadores, como con Javier Imbroda también. En Málaga viví momentos muy bonitos en aquellos tres años”, señala. El Barcelona había llamado anteriormente a su puerta, pero no fue hasta 1995 cuando se decidió a vestir de azulgrana. “Hasta entonces no me sentí del todo preparado para hacerlo. Quería ir cuando supiese seguro que podía aportar cosas”, recuerda. Dos temporadas saldadas con dos ligas y un momento doloros: “la Copa de Europa, claro. El tapón de Vrankovic. No haberla ganado es mi frustración junto con no haber acudido a unos Juegos Olímpicos”.

Después, Sevilla, Cantabria y Lleida, cerrando el círculo para volver a casa, donde es un ídolo. En medio, un dolorosísimo momento de perder a una hija pequeña del que tuvo que esforzarse enormemente para recuperarse. Con la “cadera muy tocada”, en la capital ilerdense se retiró con 36 años y unos números de escándalo: 530 partidos ACB y 4.119 puntos (7,8 de promedio). Fueron 18 temporadas consecutivas en la élite.

Nada más dejar las pistas, pasó al papel de director deportivo del Caprabo Lleida en lo que fue el inicio de su nueva vida. “Fue una experiencia difícil porque cuando estás en el palco no puedes intervenir en los partidos”, recuerda. Estuvo dos años en el cargo y se convirtió en agente dentro de la empresa Global Sports, una de las más importantes del mercado. “Es más divertido, aunque también está claro que tiene una parte estresante, porque siempre hay asuntos que resolver aquí y allá. Era algo que siempre me había hecho ‘tilín’ y recuerdo haberlo comentado mucho con Ferrán Martínez cuando todavía jugábamos. Lo importante para mí es transmitir la experiencia que tienes como jugador a los chicos a los que llevas”, opina. Ha completado su formación con un ‘master’ en San Francisco.