Goran Sobin: El adiós vitoriano de un tipo duro

Goran Sobin: El adiós vitoriano de un tipo duro
Enfadado en uno de sus últimos partidos con el Taugrés (Foto: Gigantes).

Javier Ortiz Pérez

La casualidad o el destino provocaron un curioso dato el 5 de mayo de 1996: Goran Sobin disputaba en el Palau Blaugrana y con el Taugrés Vitoria su último partido como jugador profesional precisamente ante un rival que marcó su carrera: el Barcelona. El pívot croata fue un secundario fundamental en dos de las tres Copas de Europa consecutivas que ganó la Jugoplastika de Split. En ellas eliminó a los azulgranas en semifinales (1989) y final (1990 y 1991).

Sobin participó en las dos primeras, ya digo, ya que en la tercera había conseguido al fin el permiso para salir de la antigua Yugoslavia. Arrancó unos dracmas en el Aris de Salónica, luego volvió a una Croacia ya independiente con la Cibona y el KK Zagreb y concluyó su trayectoria en la capital de Euskadi. Tenía 32 años y suplió al lesionado Kenny Green (ocupando plaza de extranjero, no se habían abierto las fronteras europeas entonces) cumpliendo con lo suyo: un jugador amante del trabajo oscuro que movía con bastante soltura sus 2,06. “Sé que puedo ayudar al equipo. No esperéis espectáculo, pero sí actitud y trabajo sobre la cancha”, dijo cuando aterrizó.

Ya sabéis que en el Baskonia hay mucho ojo para las buenas oportunidades del mercado una vez que se inician las temporadas también. La incorporación de Sobin recuerda a la que se produciría unos años después con Jim Bilba: interiores experimentados y ganadores dispuestos a echar una mano en lo que sea, sin pensar en el lucimiento propio pese al currículum. Sobin promedió 6,3 puntos y 4,8 rebotes en 21 minutos. Era fuerte, no exento de buenos movimientos, y en Split sobre todo aprovechó la ‘sobre atención’ que había sobre Dino Radja, al igual que hacía Zoran Savic.

De Sobin no se ha sabido mucho en los últimos años. No ha estado vinculado con el baloncesto, retirado a una casa de campo en Kastel Kambelovac (Croacia) con 2.500 metros cuadrados en el que cultiva muchas cosas y hasta cría pollos. En una entrevista que he encontrado en una web croata con motivo de los 20 años de la primera Copa de Europa, la de Múnich-89, afirma que disfruta mucho con pequeñas cosas como pescar.

También confiesa que se sorprendió al volver a ver esa final ante el Aris en la televisión. “Tenía la sensación de que no era yo, de que era otra persona. Me olvidé de todos los detalles del juego y de hecho me olvidé de que yo era jugador de baloncesto”, comenta, reconociendo que sigue poco la actualidad de la propia Jugoplastika. “Después de terminar mi carrera como jugador, me dediqué a la tierra y el mar. He trabajado durante todos estos días desde entonces y nunca he tenido tiempo para pensar en el baloncesto”, añade, asegurando que, a base de cavar y cavar, pesa menos que cuando jugaba.

También recuerda que las primas por ganar los títulos eran rídiculas y que, a las órdenes de Bozidar Maljkovic “entrenábamos cinco, seis, siete horas (…). El camino hacia esa alegría de Múnich fue sangriento”. Eso sí, elogia el carácter simpático de la mayor parte de sus compañeros. “Solo teníamos dos jugadores serios: Velimir Perasovic y Dusko Ivanovic. Ahora están entre los mejores entrenadores de Europa”, sentencia.