Toñín Llorente: Madurez tardía, pero efectiva

Toñín Llorente: Madurez tardía, pero efectiva
En el Valladolid.

Javier Ortiz Pérez

Lo primero que hay que preguntarle a Toñín Llorente es si le importa que le llamen Toñín. Acaba de cumplir 50 años y nunca se sabe. “Claro, no pasa nada”, responde. Lo suyo con la edad es algo significativo: siendo un jugador de bastante calidad, no tuvo sus mejores momentos hasta entrados los 30, como él mismo reconoce.

¿Está contento con su carrera? “En general sí, aunque siempre tienes la sensación de que podías haber hecho más. Al principio cambié más de equipo de lo que quizás era recomendable y eso seguramente me perjudicó”, analiza. Sí: con 20 años había sido internacional en categorías inferiores y disputó las dos primeras Ligas ACB (83-84 y 84-85) con el Cajamadrid, pero después sufrió un cierto retroceso y de las cuatro campañas siguientes estuvo tres en Primera B (una con el Caja de Ronda y otras dos en Alcalá).

¿Se había quedado estancado? Afortunadamente no. Acabó encontrando su papel sobre todo como base reserva en lugares emergentes como Sevilla y Andorra, cuando ya rondaba o había superado la treintena. “Intenté ser siempre profesional. De todos los sitios tengo recuerdos buenos, aunque seguramente el mejor en Andorra, jugando con mi hermano tres años, y también posteriormente otros dos años en León”, apunta. “Sí que es cierto que tuve una madurez algo tardía”, asume.

Como a todos los que tienen hermanos que han sido muy grandes, a Toñín pudo perjudicarle durante una época ser mirado bajo el cristal de la comparación con José Luis Llorente, uno de los mejores bases españoles de la historia. “Es algo que no me importa. Si jugué al baloncesto fue gracias a ‘Joe’”, dice. En realidad, él iba para futbolista en su Valladolid natal, pero se rompió la tibia y el peroné y eso varió su camino.

Es difícil catalogarle como director de juego en una trayectoria muy dilatada, teniendo la lógica evolución desde el jugador dinámico que se le daba bien correr hasta el más cerebral que manejaba los partidos con mucha materia gris. Sí que es innegable que la segunda versión, en la que el físico le tardó mucho en abandonar, le dio más réditos.

El pequeño de la saga Llorente tuvo un colofón perfecto a su carrera jugando unos partidos con el Real Madrid en la 2001-02, ya con 37 años. “Fue como un premio final”, explica. Aquel chico que no se conseguía asentar en ningún sitio acabó firmando una estadística gruesa: 14 temporadas ACB con 442 partidos disputados y 6,8 puntos en 21 minutos en pista como promedios.

Después de su retirada se ha centrado en una empresa, Gold Events, que organiza eventos lúdicos y formativos y está asociada con Port Aventura. Aquí hay un vídeo donde explica esta vinculación. Eso sí: no ha dejado de lado el mundo del deporte. Se ha convertido en uno de esos ‘locos’ de la bicicleta (“he corrido en África y he hecho muchos kilómetros, aunque lo voy a tener que ir dejando porque me he llevado varios sustos y hace no mucho me rompí la muñeca”) y hasta ejerció como preparador físico en la Roma de fútbol cuando Luis Enrique entrenó en la ‘Ciudad Eterna’ hace dos temporadas. “Fue una experiencia fenomenal que completó mi visión global de este mundillo, que me enseñó nuevos matices”, apostilla.