Román Carbajo: Las dos velocidades de un tipo duro

Román Carbajo: Las dos velocidades de un tipo duro
Los mejores años en Bilbao.

Javier Ortiz Pérez

Fue durante un tiempo uno de los pívots más prometedores del basket español. Pero no una de esas promesas que luego se quedan en el camino. Román Carbajo fue una realidad durante cierto tiempo, una gran esperanza que se completó a medias, porque pareció que en un momento de su trayectoria hubo un punto y aparte y quedó circunscrito a metas más secundarias, como a una velocidad más baja.

Carbajo es vasco, y eso ya se sabe que imprime carácter. También en la zona, donde, pese a no ser muy alto, se imponía a base de fuerza y colocación. El Cajabilbao le crió en su seno en los 80 y le llegó a dar auténticos galones en un equipo que jugaba realmente bien. “Es una etapa que no se olvida nunca. Eres alguien importante. Tuve protagonismo como interior nacional, lo que no era fácil en aquella época”, recuerda.

Solo con un paréntesis de cesión en el Breogán en la 86-87, estuvo desde 1984 a 1992 en el equipo del ‘Botxo’, que por entonces jugaba en La Casilla, alternando ACB y Primera B y aprendiendo sobre todo de la sabidurían que transmitían dos pívots legendarios como Darrell Lockhart y Joe Kopicki. Las plantillas se acabaron haciendo teniendo en cuenta que su aportación iba a ser muy importante, fichando incluso a exteriores americanos como Mark Simpson para aprovechar su presencia dentro.

Tanto fue así que llegó a ser internacional (tres veces). “Antonio Díaz-Miguel confió en mí, incluso pensando en que estaría en Barcelona-92, pero por circunstancias personales no pude estar más tiempo en el equipo”, apunta un hombre que se define “muy interior, y con muchas ganas de pelear con jugadores más grandes, con los americanos. Pero también podía correr al contraataque y eso sorprendía a los rivales”.

Sin embargo, tras su salida de Bilbao hubo una segunda parte en su carrera seguramente menos lustrosa. Fue raro, porque todavía era joven, apenas 25 años. Se fue al vecino Taugrés, donde empezó a ejercer más de complemento saliendo del banquillo, un papel que repitió en cierto modo en Ourense, donde estuvo tres años más. “Es cierto, pero estuve a gusto en todos los sitios”, admite.

También su retirada fue demasiado temprana seguramente, en 1997 con 31 y tras un añito en LEB en Andorra. Las lesiones, ya se sabe, con dos operaciones de menisco casi consecutivas que le quitaron las ganas de seguir adelante. Dejó unas cifras ACB que no están mal: 287 partidos con 7,5 puntos y 3,3 rebotes en 22 minutos en pista.

Es un hombre muy dicharachero y fue un auténtico placer hablar con él. De vuelta a Euskadi, participa activamente en una inmobiliaria-asesoría. “Es un negocio que está abierto a muchas cosas. Llevamos quince años en ello y todavía seguimos innovando, participando en muchas historias”, relata. Según dice, el baloncesto le ha ayudado en esta vida profesional posterior, ya que aquellos años en La Casilla no se olvidan para muchos. “Ayuda que te conozcan. Es una transición que llevé bastante bien”, apostilla.

Una última curiosidad ‘genética’: Carbajo es el tío de Unai Calbarro, el ex jugador del Laboral Kutxa.