José Manuel Calvelo: Un ‘ogro’ amable

José Manuel Calvelo: Un ‘ogro’ amable
En acción.

Javier Ortiz Pérez

Un tipo curioso este José Manuel Calvelo, de los pequeños regalos en forma de sorpresa que te da este trabajo. Resulta que uno le recuerda como un ‘comeniños’ ahí en el centro de la zona de Primera B a finales de los 80/principios de los 90 (basta con mirar las fotos) y lo que se encuentra en cambio es un tipo filosófico, profundo, muy cercano.

Calvelo reconoce que había algo de iconografía en lo suyo: un muchachote de 2,04 fornidísimo que además añadía en plan ‘atrezzo’ una barba atemorizante de la que no se ha desprendido. Solamente le faltaba la motosierra. “Era lo que tenía que hacer, era mi rol. Un poco de patíbulo, ¿no? Había que lanzar un mensaje a los otros pívots de que no lo iban a tener fácil conmigo delante”, afirma. Con ese trabajo se manejó admirablemente bien en el Obradoiro y en el Gijón, teniendo una pequeña incursión en la ACB en la temporada 89-90 con el Girona. En esa aventura catalana no lució en el plano numérico (1,5 puntos y 1,3 rebotes en 8 minutos de promedio), pero fue una experiencia igual de gratificante a nivel vital, cuenta: “Viví bien allí también, aunque en el plano deportivo fue algo decepcionante”.

Lo suyo fue lo de crecer mucho y rápido en su A Coruña natal. El baloncesto lo abrazó en las filas del desaparecido Bosco. Con 14 años ya medía los 2,04 ya reseñados y con eso se quedó, facilitándole jugar desde los 15 en Segunda División, el equivalente a lo que ahora sería la Adecco Plata. “Aprendí mucho con dos bases míticos de aquí, Fernando Galilea y Quique Caruncho. Cogí una experiencia impresionante para alguien de mi edad por esas canchas de Dios. Cuando tenía 20 o 22 años, me llamaban viejo las aficiones rivales”, recuerda. En una ‘operación altura’ acabó de los mejor valorados con gente como José Antonio Montero.

“Siempre he ido a ciudades donde el baloncesto estaba emergiendo, donde significaba algo más que el deporte en sí, donde la ciudad se identificaba totalmente con nosotros. Lo importante es el escudo, la camiseta. Trabajas para ellos, para los aficionados. Eso creo que se ha perdido”, añade.

Santiago (donde llegaron a dedicarle una peña), Girona, Gijón. En el Principado tuvo dos etapas, siendo también un jugador muy querido y permitiendo al equipo contratar a extranjeros más ligeros como Bob Harstad porque con él la posición de ‘5’ estaba bien cubierta. “No fui más a ACB porque me gustaba jugar minutos, y estaba claro que la Primera era mi sitio para poder hacerlo. El baloncesto es jugar, no es otra cosa. El disfrute lo encontré en la competición, que era durísima. Me tocaba enfrentarme con pívots americanos en todos los partidos”, explica.

Se le ve un hombre con muchas inquietudes, preocupado por la crisis que vive el país y los recortes en aspectos como la sanidad y la educación. Trabaja en una residencia universitaria de A Coruña, Resa, pero no ha dejado de mirar hacia el baloncesto. “Entreno desde hace veinte años a niños en el Colegio Valle Inclán. La verdad es que me encanta hacerlo”, apunta.