Julián Ortiz: La soledad es mala consejera

Julián Ortiz: La soledad es mala consejera
Defendido por Romay en el Barça (Foto: Gigantes).

Javier Ortiz Pérez

A mediados de los 80, la irrupción de cualquier pívot nacional que tuviese posibilidades era jaleada por todo el baloncesto español, deseosa de centímetros en la zona. Por eso Julián Ortiz supuso una gran esperanza cuando empezó a tener minutos por aquella época nada menos que en el Barcelona. El chico medía 2,05, que para la época era bastante, sabía fajarse bien, era rápido y rebañaba lo que podía debajo del aro.

Es de Corral de Almaguer, un pequeño pueblo de Toledo en el que empezó a jugar en el Colegio La Salle. Con 15 años fue convocado para una ‘operación altura’ en Lugo (“allí estaba también gente como Juan Antonio Orenga o Paco Zapata”) y, aunque él mismo mantiene que sus cualidades técnicas eran entonces escasas, recibió la oferta del Barça por mediación de Josep Clavet.

Su cambio de vida fue considerable, pero lo fue resolviendo con éxito, al menos por lo que expresaba en la pista, aunque a nivel personal ahora dice haberse sentido solo. No era el típico interior que se basaba en la altura simplemente. “Estaba fuerte, pero también podía correr mucho”, resume.

Acumuló títulos en poco tiempo (una Liga, una Copa, dos Recopas, una Korac) y llegó a debutar con la selección absoluta (seis partidos), pero su carrera posterior no respondió a aquella expectativa quizás desmesurada. Se convirtió en un fijo en la ACB, pero tras marcharse del Barça buscando más protagonismo fue saltando de equipo en equipo con un papel casi siempre secundario.

“Es verdad. Tuve una época muy buena, pero era joven, sin experiencia, y te crees una cosa que no es. No encontré una persona que me guiase para tomar decisiones importantes. Me fui del Barça, del Manresa… Seguramente fueron opciones equivocadas, que hubiesen sido mejores si alguien me hubiese aconsejado. Pero no tenía representante y cuando eres joven y estás ahí, siempre quieres más”, comenta.

Su salida del club azulgrana abrió un largo camino de acá para allá. Es uno de los jugadores que ha pasado por más clubs en la ACB: ocho. Granollers, Manresa (en la 87-88, su mejor año a nivel de números con 11,8 puntos y 4,4 rebotes), Ourense, Valladolid, Huesca, Gijón y Murcia también reclamaron sus servicios. Tiene mérito jugar durante trece temporadas consecutivas en la máxima categoría de un deporte, acumulando 367 partidos con promedios (eso sí, discretos) de 4,7 puntos y 2,7 rebotes en 16 minutos.

Aunque sin abandonar ese tono de arrepentimiento por los caminos que escogió, acaba reconociendo Ortiz que “con el tiempo lo ves distinto, porque fueron muchas experiencias, conocer a un montón de gente, hacer muchos amigos”.

La verdad es que (y esto es un apunte personal) me ha hecho ilusión especial encontrarle. En mi colegio bromeaban mucho con que los dos teníamos el mismo apellido. Continúa viviendo en Barcelona, donde se casó y tiene dos hijas, y desde su retirada en 1997 (“acabé bastante cansado de baloncesto, aunque luego ves que no estuvo tan mal”) gestiona una empresa de reformas. De vez en cuando juega con los veteranos del Barcelona. “Me mantengo en forma. Hay que hacerlo. En tantos centímetros caben muchos kilos”, bromea.