‘Miki’ Abarca: Producto de la ‘Penya’ y ‘gallego’

‘Miki’ Abarca: Producto de la ‘Penya’ y ‘gallego’
Joventut.

Javier Ortiz Pérez

Abad (Santi), Abadía (Javier), Abalde (Alberto)… El cuarto de la lista alfabética de los más de 2.500 jugadores que han pasado por la ACB es quien nos visita hoy. Miguel Ángel Abarca, o más bien ‘Miki’ Abarca, es catalán, pero, como él dice, está ‘nacionalizado’ gallego desde 1996. “Me pasa una cosa: aquí me dicen que no soy gallego, y cuando vuelvo a Cataluña, que vaya acentazo que he cogido”, bromea. En fin, un caso más de que las gallegas tienen algo especial, ¿no?

‘Miki’ era ante todo un tirador de larga distancia (“con mi cuerpo no era muy de meterme para dentro, la verdad”) y tenía rapidez para el contraataque. Es otro producto de la cantera del Joventut, con el que llegó a debutar en la temporada 84-85. “Estuvo siete años en la cantera y dos como senior. Es algo que marca bastante, tanto a nivel deportivo como de educación”, cuenta. Su destino deportivo iba a estar, no obstante, lejos de Badalona. La competencia en los puestos de alero con Jordi Villacampa y José María Margall era ciertamente imposible.

En 1986 se marchó a Primera B al Caja de Ronda malagueño, donde vivió el ascenso a la máxima categoría (“teníamos muy buen equipo”). El año siguiente también contribuyó a la agónica permanencia basada en la anotación abusiva de Adrian Branch. Él ya no siguió allí y desembarcó por primera vez en Galicia, en el Obradoiro, ya iniciada la 88-89, de regreso a Primera B. “Nos salvamos al menos”, recuerda.

Después, el Juver Murcia, donde logró su segundo ascenso en la 89-90, en el famoso ‘playoff’ de la alineación indebida de Esteban Pérez. Lo curioso es que el rival era el ‘Obra’, que terminaría subiendo gracias a una sentencia judicial favorable 20 años después.

Su vuelta a la ACB en 1990 no resultó muy fructífera por problemas en la espalda, cerrándose así su periplo en la primera categoría con 89 partidos repartidos en cuatro temporadas y un promedio de 5,2 puntos en 14 minutos. En esos giros irónicos de la vida, volvió entonces a Santiago de Compostela, en lo que califica como “una temporada muy mala, apenas nos pagaron dos meses”.

Después apuró su carrera entre Huelva y A Coruña, aquí coincidiendo con la creación de la Liga EBA. Había que pensar en el futuro y en la ciudad gallega se dedicó a terminar la carrera de Educación Física. “Me encontraba todavía bien, pero lo mejor era dejarlo”. Acababa de cumplir los 30 años.

Aprobó la oposición, fue padre por partida doble y se quedó a vivir en Galicia, donde ejerce la docencia y es incluso director de un instituto de enseñanza secundaria. Eso sí, no ha abandonado el baloncesto. Sorprende una declaración suya: “no tengo vocación de entrenador”. Pero sí lo es, aunque a un nivel modesto: dirige al Calasancias de A Coruña, un equipo de la Primera Nacional de baloncesto femenino. “Es a un nivel básicamente amateur, un poco para matar el gusanillo y echar unas risas. Pero creo que no tengo el carácter, que para ser entrenador de profesionales hay que ser un c…”, añade.