Alberto Herreros: De Fuencarral a El Triple (con mayúsculas)

Alberto Herreros: De Fuencarral a El Triple (con mayúsculas)
Machacando con el Estudiantes (Foto: Gigantes).

Javier Ortiz Pérez

Alberto Herreros fue, en opinión de la mayoría, el mejor jugador español de la década de los 90. Si los 80 se los repartieron Epi y Fernando Martín y lo que va de siglo XXI ha estado dominado por Pau Gasol, para ‘Caviar’, como solía llamarle Andrés Montes, es lo que va en medio. Sí, una época difícil a nivel de selección, pero también muy intensa y convulsa y de mucho foco para la competición doméstica.

Herreros, al filo de los dos metros, era ante todo un brutal jugador ofensivo. En su plenitud, suponía una pesadilla constante para su defensor, que nunca sabía el estilizado alfil que tenía delante iba a penetrar o a tirar. Ambas cosas las hacía con la misma eficacia. Y eso que empezó muy tarde a jugar al baloncesto, con 16 años, y casi por casualidad, porque a él lo que le gustaba era el fútbol, que jugaba en el madrileño barrio de Fuencarral. La leyenda cuenta que fue porque acompañó a un amigo a hacer una prueba al colegio Menesianos y la terminó haciendo él, casi porque pasaba por allí.

Luego se incorporó al Canoe y, un poco más tarde, en edad junior, al Estudiantes, que cuenta la leyenda (de nuevo) que pagó seis balones por sus derechos. Unos años después se armaría gordísima por su salida (por algo más que seis balones) al Real Madrid…

Claro, siempre está esa dicotomía cuando se habla de él: Herreros brilló pronto y extraordinariamente en el ‘Estu’, convirtiéndose en el líder de la selección y siendo clave para la Copa del Rey de 1992 en Granada, y luego le costó algo más en el Madrid, donde durante mucho tiempo ejerció de sostén de una sección en la que los títulos dejaron de ser frecuentes. Pero él siempre estaba ahí, administrando la presión.

El resultado de tantos y tantos años de canastas lo expresan mínimamente los números. Estamos ante el máximo anotador de la historia de la ACB: 9.758 puntos (14,9 de promedio), el cuarto en partidos jugados (654) y segundo en minutos (19.218), el máximo triplista (1.233, con un estupendo 44%)… Fue 172 veces internacional, llevando el peso del equipo en 1999 con la plata en el Eurobasket de Francia y jugando más bien de especialista en la de 2003 en Turquía, ya con el relevo a Pau Gasol y Juan Carlos Navarro efectuado.

También está su famoso episodio de posible marcha a la NBA. En 1994 estuvo probando con los Indiana Pacers, que al parecer le llegaron a hacer una oferta, pero no terminó de convencerle. Entonces hubiese sido el segundo español en la liga norteamericana. Hubiese sido curioso verle haciendo pareja exterior con Reggie Miller.

“Me quedan muchísimos recuerdos, buenos y malos, sobre todo buenos, pero no puedo destacar ninguno en especial por encima de los demás. Me quedo con lo mucho que disfruté entrenando, jugando al baloncesto y, sobre todo, con la gente que conocí a través de este deporte, grandes amigos que a no hubiera conocido fuera del baloncesto”, cuenta ahora, enfrascado en su trabajo como director técnico del club blanco. Fue un trabajo que cogió nada más retirarse. Sí, después de aquello. El Triple.

Con mayúsculas, claro. El Madrid perdía a falta de 50 segundos por ocho puntos en Vitoria, en el quinto y definitivo partido de la final 2004-05 ante el Tau. Herreros ya era un jugador residual, llamando a las puertas del adiós en plena batalla con problemas físicos. Pero con dos puntos abajo faltando 14 segundos, Boza Maljkovic dibujó algo en su pizarra y miró a Alberto fijamente. Ese balón era para él. Todo salió perfecto y nuestro hombre clavó un triple desde el lateral en el corazón baskonista y dio la Liga al Madrid, porque luego José Manuel Calderón no acertó ante la oposición de Antonis Fotsis. ¿Qué mejor manera de despedirse que con su segunda Liga, además de la 2000-01? La secuencia entera es insuperable. No se ha visto nada igual en el baloncesto español. Ni antes ni después.

Pero… ¿cómo se veía él mismo como jugador? Disiente de los que le veían únicamente como un jugador ofensivo. “En los dos clubs en los que jugué y en la selección tuve un rol anotador, pero yo me considero un jugador que hacía todo lo posible para que el equipo ganar. Anotar era mi mayor virtud pero trataba siempre de dar el máximo por el equipo para conseguir la victoria”.

Sobre su actual faceta como director técnico en el campeón liguero, asume que fue una “transición muy rápida y difícil”. “Cambié la ropa de juego por el traje y la corbata de la noche a la mañana y eso no es fácil por todo lo que representa dejar de jugar y vivir el baloncesto desde otro puesto. Afortunadamente, conté con todo el respaldo del club y la gente de mi alrededor y todo esto lo hizo mucho más llevadera esta transición y este gran cambio en mi vida”, apostilla.

Su legado es indiscutible. No acabamos de percibir que es una leyenda viva porque nos da la impresión de que le hemos terminado de ver jugar hace poco.