Miguel Ángel Fernández: Un pívot muy físico

Miguel Ángel Fernández: Un pívot muy físico
Luchando por la posición con Fernando Martín.

Javier Ortiz Pérez

Un tipo duro Miguel Ángel Fernández. En la pista y fuera de ella, y a los hechos me remito. Estuvo muy cerca de unirse al funesto club de baloncestistas a los que se ha llevado la carretera, pero sobrevivió a un gravísimo accidente de tráfico e incluso consiguió debutar en la ACB después de aquello.

Fernández, que es de Guadalajara, empezó a jugar al baloncesto en el Dribling del madrileño barrio de la Concepción muy tarde, pero sus 2,03 le abrieron incluso las puertas de la cantera del Real Madrid al poco tiempo. “No había mucha altura durante aquella época y eso me ayudó, está claro”, afirma. Eran mediados de los 80 y, aunque no llegó a debutar con el primer equipo blanco, sí adquirió una experiencia y unos hábitos que le serían muy valiosos de cara al futuro.

En 1987 llegó al Elosúa León para contribuir al enorme crecimiento del basket en esa ciudad. Fueron tres años estupendos, culminados por un ascenso a la máxima categoría que para él se vio emborronado por un hecho que marcaría su vida: el accidente. Era 1989 –el mismo año en el que Fernando Martín, excompañero suyo, perdió la vida en la M-30— y el tremendo golpe que sufrió (“no recuerdo mucho. Supongo que me quedé dormido”) le llevó a perder una oreja y a fracturarse una vértebra. Lo segundo hubiese condicionado la trayectoria de un deportista profesional, pero él siguió adelante.

Pero ya se sabe que la valía de un hombre no se mide en los éxitos, sino en su capacidad para levantarse. En la temporada 90-91 ya estaba recuperado, aunque le quedaron secuelas que le obligaban, por ejemplo, a jugar con cinta para taparse la zona de la oreja perdida, en la que se le había puesto un implante. Le fichó el Monte Huelva, también en Primera B, aunque él confiesa que no esperaba recibir ofertas. Y, como siguió asegurando un trabajo honesto, de choque, acabó siendo reclamado la campaña siguiente por el Breogán en la entonces Liga ACB. “En categorías inferiores hacía más cosas, pero en Lugo me utilizaba más bien para defender y rebotear. Yo era un tío muy físico y siempre fui luchador”, comenta.

Los números de aquellas dos campañas en Lugo no son rimbombantes (1,3 puntos y 0,9 rebotes en 8 minutos, 48 partidos en total), pero ahí queda su historia de superación.

Después de aquello, Burgos (Primera) y Albacete (en la primera edición de la EBA) fueron sus últimas estaciones como profesional, cuando ya tenía un ojo puesto en su futuro laboral. Lo dejó sin haber cumplido todavía los 30 y estuvo un año colaborando en la empresa familiar de reformas y construcciones y posteriormente montó la suya propia, dejando el baloncesto de lado. Vive en El Escorial y, cuenta, no le va mal, pese a los problemas que pasa ese sector de la economía: “Quizás es porque no nos metimos en grandes cosas”.

Una curiosidad final para “crónica en rosa”: Miguel Ángel Fernández es cuñado de Quique Villalobos, ya que está casado con una hermana del exjugador y ahora representante al que, por cierto, pronto me gustaría traer a esta web.