Jaume Morales: Feliz de amarillo

Jaume Morales: Feliz de amarillo
Entrando a canasta con el Gran Canaria.

Javier Ortiz Pérez

Puede decirse que Jaume Morales era lo que los americanos llaman un ‘average player’: un tipo correcto que hacía un poco de todo, aunque con especial predilección con el juego ofensivo. Creo que su ‘cumbre’ fue en el Gran Canaria, donde estuvo cinco temporadas en tres categorías distintas (Segunda, EBA y ACB, desde 1993 a 1998).

Sorprende algo que él aclara: considerado habitualmente un tirador, no era el lanzamiento una de sus principales características hasta que llegó a Manresa, en la temporada 91-92, después de salir de la cantera del Joventut. “Nunca había tirado mucho de fuera, pero Pedro Martínez me cogió y me dijo que después de cada entrenamiento tenía que anotar 300 triples, y que tenía que apuntar cuántos había necesitado tirar para conseguirlos. Y allí estuve, un montón de tiempo, solo la mayoría de las veces, aunque a veces me ayudaban los compañeros a volver a pasarme el balón. Le estoy muy agradecido a Pedro, porque si no hubiese sido por currármelo en aquella época no hubiese llegado a nada, ya que ni tácticamente ni por altura era gran cosa”.

Morales, un escolta de 1,92 (168 partidos ACB, 6,2 puntos en 18 minutos), recuerda con especial cariño su etapa en Las Palmas, en la que ya se rapaba el pelo para combatir la incipiente calvicie. “Tuvimos suerte con los americanos, gente como John Morton o Shaun Vandiver muy profesional y comprometida. Yo me beneficié personalmente de jugar al lado de Morton, que atraía mucho a las defensas, y el resto de los exteriores estábamos más libres”, recuerda. Eso sí, recuerda que entonces tuvo que multiplicarse en defensa: “me gustaba ponerme con jugadores más altos que yo”.

Después de salir del Gran Canaria fue a Ourense en la 98-99, en LEB, para intentar el ascenso, pero no lo consiguió. “Jugué bien, pero no lo salieron las cosas”, destaca. Eso le valió para regresar a la máxima categoría con la camiseta del León. Buen año en lo individual y descenso, una contradicción más. “Hubo mala suerte con los americanos. Hasta que no llegó McCaskill no empezamos a funcionar del todo. Bajamos en la última jornada tras perder en casa con el Forum, que no se jugaba nada”, apunta. Estuvo dos campañas más allí intentado devolver al equipo a la ACB, pero no lo logró.

Las lesiones empezaron a avisar que su carrera profesional se iba a acabar. Especialmente dura fue la rehabilitación de la rotura de ligamentos cruzados que sufrió en León. Su última campaña fue de vuelta a Cataluña, en la 2002-03 en Tarragona en LEB. Después siguió jugando en EBA (en un histórico como el Granollers) y categorías amateurs, ya con la mirada en un nuevo futuro laboral. En principio quiso ser bombero, pero las oposiciones le resultaron “demasiado exigentes”. Ahora trabaja para el Departamento de Interior de la Generalitat y vive en Cabrils, una localidad próxima a Barcelona.

La vida completa el círculo con su hijo Bernat, que con siete años juega en la cantera del Joventut. Quizás algún día, si es profesional, viva su mejor momento en una isla, pero antes alguien tendrá que inculcarle que el mejor modo para conseguir tirar bien es la insistencia.