Toni Espinosa: Esencia de Girona

Toni Espinosa: Esencia de Girona
Luchando por anotar en el Girona.

Javier Ortiz Pérez

Hay jugadores que no necesitan jugar mucho tiempo en pista ni hacer grandes cosas pistas para ser importantes. Es el valor simbólico de gente como Toni Espinosa, que pasó la mayor parte de su carrera siendo un referente en el Girona, el equipo de su tierra, disputando ocho minutos por encuentro en los 177 que jugó en la máxima categoría. Todos menos 15 en el club catalán.

“Creo que el trabajo que yo hacía, de complemento, no era menos importante que el de nadie. Es un orgullo haber estado tanto tiempo en el Girona y haber sentido de forma tan clara el cariño de la gente”, cuenta es interior de 2,02 nacido en la vecina localidad de L’Estartit.

Desde 1988, cuando debutó en ACB, hasta el 2006, en su última temporada con esa misma camiseta, sí tuvo alguna ‘aventura’ fuera, sobre todo en Canarias, con el Gran Canaria y el Tenerife. Fue precisamente en este último club, mientras jugaba en la 97-98 en la LEB, cuando vivió el trago más difícil de su vida: perdió a su mujer y se tuvo que retirar temporalmente para cuidar de sus hijos.

El Girona, el club en el que se había formado, le reclamó unos meses después para sustituir al lesionado Tomás González. Y ya se quedó definitivamente, conociendo mejores y peores etapas, incluyendo el inicio del fallido proyecto millonario de Akasvayu. “Fue estupendo jugar con varios de los grandes jugadores que vinieron aquí durante esa época (Raúl López, Roberto Dueñas…), pero también es cierto que pecamos de falta de realismo y eso se acabó pagando”, indica.

Espinosa estaba centrado en el trabajo sucio: bloqueos, defensa… Sus promedios (1,8 puntos y 1,5 rebotes) dicen bien poco, siendo bastante superiores cuando jugó una categoría por debajo. Pero ser cola de león, sobre todo en casa sintiéndote apreciado, es muchas veces mejor que ejercer de cabeza de ratón. “Yo salía a la pista a darlo todo y la afición y los entrenadores me lo agradecían. Eso es lo fundamental: sentir que haces bien lo que te han encargado”.

Su número 14 está colgado desde su marcha en el techo del pabellón Fontajau, un dato que explica por sí mismo su relieve en la historia del club. Fue un emocionante acto. Pero no le han perdido de vista desde entonces en la capital gerundense: ha colaborado como entrenador con el Sant Josep Girona, participado en las escuelas municipales y ejercido de hombre de confianza en la parcela deportiva del ayuntamiento de la localidad. Siempre con el respeto general. El momento del baloncesto en Girona, sin élite, le duele como a nadie, pero pronostica que tarde o temprano volverá a haber un equipo competitivo. Quizás todo se pueda reconstruir si surgen muchos ‘Espinosas’.