Antonio Martín: Mucho más que el hermano de Fernando

Antonio Martín: Mucho más que el hermano de Fernando
Con el Real Madrid.

Javier Ortiz Pérez

Antonio Martín fue un extraordinario pívot, uno de los mejores de la historia del baloncesto español. Su figura, aunque lógicamente menor, va paralela a la gigantesca leyenda de su hermano Fernando, con el que tenía una peculiar conexión. Aquellos días de diciembre del 1989, cuando el primer español en jugar en la NBA falleció en un accidente de tráfico, resultaron tan desgarradores que dejaron en Antonio algo así como un rictus de tristeza, de sufrimiento, por una pérdida insuperable. Eso sí, en el primer partido que jugó tras lo sucedido, contra el Paok en competición europea, consiguió 18 puntos y 14 rebotes. Las lágrimas brotaron en sus ojos cuando se sentó en el banquillo, exhausto.

Antonio era mucho más que el hermano de FM10, una etiqueta que tardaría en quitarse. Tenía un juego al poste muy inteligente, conectando muy bien con el otro interior, y fue desarrollando un tirito de media distancia que le hizo poderoso. Rozaba los 2,10, además, y no hace falta decir que tenía ese gen competitivo tan ‘martiniano’. Durante una época fue el bastión interior de la selección española, con la que jugó 62 partidos y ganó el bronce en el Eurobasket de Roma-91. Cierta mala racha con las lecciones y un carácter sin duda especial le hicieron abandonar siendo todavía bastante joven, con 29 años. No quería vestir otra camiseta que no fuese la del Real Madrid.

Su trayectoria fue parecida a la de Fernando: empezó en el Colegio San José del Parque, despuntó en Estudiantes –aún en la etapa pre-ACB— y fue captado en 1983 por el Madrid, que en principio no le dio mucha bola. Tras tres temporadas con pocos minutos, en 1986 fue pionero en lo de marcharse a una universidad americana, la californiana Pepperdine, que no pudo alinearle porque se denunció que había sido profesional.

Su regreso un año después al equipo blanco, sin embargo, trajo a un nuevo jugador, mucho más resolutivo, que no sería nunca más carne de banquillo. Se ve que las lecciones de Jim Harrick le hicieron subir ese escalón que necesitaba. Con años mejores y años peores, hasta 1995 se mantuvo en el Madrid ganando todo lo ganable (Ligas, Copa, Copa de Europa, Recopa, Korac) y luego abandonó ante el asombro general. “Fue una decisión personal. Tuve muchas ofertas, pero no quería jugar en otro sitio, la verdad”, relata ahora.

300 partidos justamente en la actual Liga Endesa (no se contabilizan los que tuvo en Estudiantes en la Liga Nacional), promediando 10,9 puntos y 5,1 rebotes en 23 minutos. Su culmen fue en la temporada 89-90, cuando aseguró 17,4 puntos y 7,2 rebotes.

Según destaca, disfrutó “muchísimo” jugando al baloncesto, incluyendo el tiempo en la selección. “Quizás fue una época de transición sin los éxitos que tiene ahora el equipo nacional, pero me lo pasé muy bien. Era desde luego otro baloncesto, ni mejor ni peor seguramente”, agrega.

Desde entonces ha estado metido en el mundo financiero y de los patrocinios con un notable paréntesis entre el 2005 y el 2009, en el que regresó de facto al baloncesto como director de la sección en el Real Madrid. Tuvo mucho que ver en la decisión de darle el banquillo a Joan Plaza, que recuperó una liga que llevaba años resistiéndose al club blanco.

“Ser directivo no tiene nada que ver con ser jugador. Yo creo que se sufre más, pero también resultó una etapa muy bonita para mí”, explica. También ha hecho sus ‘pinitos’ comentando basket en Telemadrid.