Alfredo Alquézar: Recuerdo a un amante del basket

Alfredo Alquézar: Recuerdo a un amante del basket
En acción.

Javier Ortiz Pérez

Alfredo Alquézar falleció en el 2007 tras una fulminante enfermedad. Solo tenía 36 años. En su juventud, a principios de los 90, había conseguido debutar en la máxima categoría con ‘su’ Huesca (6 partidos, 48 minutos, 10 puntos). Un club en el que ejercería en el futuro de entrenador ayudante. También dirigió al Andorra en Liga EBA. Hasta que el infortunio se puso en su camino y ya no se apartó. Su amigo Carlos Lanau nos ha hecho llegar un precioso texto: nunca está de más recordar a un tipo que amó al baloncesto. Con ello os dejo.

“Si usted ha jugado seguramente ya lo sabe. Y si no lo ha hecho, ya va siendo hora de que alguien se lo explique. La principal diferencia entre los mediocres y los buenos, entre los grandes y las leyendas, no son los centímetros ni la musculatura. No es el cambio de ritmo, ni el dètente. No es la puntería, ni la visión de juego. Ni el talento, la visión periférica o la constancia. Tampoco el primer paso, ni el dominio de las dos manos. No es el carisma. Y por supuesto, no es la suerte. La verdadera diferencia, lo que distingue a los mejores, es su pasión.

La pasión es el principio de todo. No es lo único, por descontado, pero sin pasión ya puedes tener lo que quieras. Ya puedes trabajar como un mulo y poseer talento a raudales. Que si te falta, o la pierdes, llegará el momento en que bajarás los brazos.

Hay seres especiales que tienen tanta, que lo inundan todo a su alrededor. Alfredito era un océano. A los que en algún momento caímos cerca de él nos salieron branquias. Y desde que se fue, aguantamos boqueando en los charcos.

Su pasión le llevo a jugar con los mejores y así cumplir uno de sus sueños. Lo hizo poco tiempo, pero puso el alma. Fue uno de esos jugadores apresurados, para los que los momentos de pausa resultan incómodos. Su aspecto sofocado y sus andares levemente desgarbados daban una sensación de fragilidad que enseguida desmentía con un juego intenso e imaginativo. En las pocas oportunidades que tuvo, en partidos ACB, jugó con gran descaro y valentía. Saltó a la cancha con la intención de dejar huella, y no pasó desapercibido. Pero eso no fue suficiente para labrarse una carrera de jugador profesional.

Lejos de rendirse, si alguien suda pasión como lo hacía Alfredo, transforma los charcos en mares y convierte los acantilados en arena. La obsesión que llena sus pulmones, para poder seguir viviendo, colorea las vidas de quienes les rodean.

Con su optimismo contagioso, tornó sus carencias de jugador en virtudes de entrenador, y su pasión le obligó a seguir en el baloncesto. Hablar del juego con Alfredo, consistía en verlo escuchar hasta que, con una sonrisa, te confirmaba que todo lo que habías dicho podría haber salido por su boca. Convencía viendo entrenar y jugar a sus equipos. Ponía en práctica sus principios, y hacía que los jugadores los entendieran como propios, transformando su mirada, su voluntad y su juego. Nunca sabremos donde habría llegado, pero no es descabellado suponer que muy alto………...

……….claro, que no tanto como está ahora”.