Alfonso Reyes: El ídolo de Felipe

Alfonso Reyes: El ídolo de Felipe
En el Estudiantes, en el que tuvo dos etapas.

Javier Ortiz Pérez

Hubo una época bastante larga en la que Felipe Reyes era simplemente ‘el hermano de Alfonso Reyes’. Ahora no es así y Alfonso se ha convertido en ‘el hermano de Felipe Reyes’. Da igual: la historia de uno es complementaria a la del otro. Quien hoy nos ocupa, Alfonso, tuvo también una carrera muy brillante, transmitiendo muchos valores (ahora que está de moda la palabra) altamente positivos.

Para empezar, Alfonso era un pívot de dos metros pelados, con lo que eso significa: ganar la posición, pelearse con tipos que te sacan diez o quince centímetros, echar mano de inteligencia e intuición muchas veces. Si hay un rasgo físico que permite recordarle, son sus hombros. Realmente tremendos, capaces de mover lo aparentemente inamovible. Apoyado en ellos jugó 461 partidos en la actual Liga Endesa con 9,4 puntos y 5,1 rebotes en 21 minutos en pista. Y con bastante fidelidad a sus equipos, sobre todo a Estudiantes y Unicaja, con dos etapas más pequeñas en Real Madrid y Breogán.

Nació en Córdoba, pero a los siete años su familia se trasladó a Madrid. Empezó a tomarse en serio el basket en el Colegio Decroly, mientras que su paso por la cantera del Estudiantes no fue muy exitoso. O al menos, aunque consiguió llegar al primer equipo en 1989, no se hizo con un hueco en la rotación. Su marcha en 1993 al Unicaja fue el momento clave de su carrera: en Málaga sí tuvo esos minutos que necesitaba, aunque se quedase con la miel del triple de Ansley en los labios, y se convirtió en uno de los mejores interiores nacionales. Casi de un día para otro. “Ir allí fue una de las mejores decisiones de mi vida, tanto en lo profesional como en lo personal”, recuerda, satisfecho de cómo transcurrió todo a partir de entonces. “Es que he tenido una carrera más para estar más que contento, creo yo. Estar 16 años en la élite no es fácil”.

Ya consagrado, y tras un año ganando mucha pasta en el París SG, regresó al ‘Estu’ y se hinchó a clavar un ganchito imparable mientras verano a verano participaba con el equipo nacional en una época “en la que nadie quería ir”, asegura. Al menos en la parte final de su aportación a la selección consiguió el premio de tres medallas en Europeos, las platas de Francia-99 y Suecia-2003 y el bronce de Turquía-2001. Tuteló la integración de los ‘juniors de oro’, entre los que estaba el emergente Felipe, algo así como una versión perfeccionada (más alto, más pulido) de sí mismo. El último ‘MVP’ de las finales siempre ha comentado que Alfonso fue siempre su ídolo, algo a lo que, socarrón, el mayor responde con un “me llena de orgullo y satisfacción”.

Alfonso Reyes reniega de la teoría de que lo suyo y lo de Felipe es sólo ganas. O, vulgarmente, huevos. “Creo que tiene que haber talento ahí, poseer algo innato que te hace llegar a los rebotes. No es solamente echarle narices, porque si no, muchos más lo conseguirían. No. Esa facilidad se tiene o no se tiene”, analiza. Cuando habla de Felipe parece que las tornas han cambiado cuando se trata de la admiración: “Podrá tener algún día malo, pero lo mejor que tiene es que es la regularidad personificada”.

Las pachangas en el patio debían ser terribles, ¿no? Muchos aspectos del juego de Felipe parecen calcados de lo que Alfonso hacía sobre la pista. Genética y mucho trabajo. ¿Trabajo?

Veamos eso, que también tiene su historia: Alfonso se fue sacando una carrera complicada como la de Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos al mismo tiempo que se pateaba las canchas españolas y europeas. Ahora está contratado por una de las grandes constructoras del país, Copcisa. “He tenido mucha suerte”, apunta, pese a lo complicado que está ahora el sector. Es un poco lo mismo: contra las dificultades, Alfonso siempre buscará el modo de agarrar el rebote.