Carlos Lanau: Un experiencia incomparable desde dentro

Carlos Lanau: Un experiencia incomparable desde dentro
Uno de sus dos partidos ACB.

Javier Ortiz Pérez

Con Carlos Lanau tengo unos días en los que trabajo todo. A petición mía accedió a escribir para nosotros sus vivencias como base del Huesca 89-90 durante un par de partidos y aquí os lo pego. Lo único que os adelanto es que el texto es una auténtica delicia.

“Si está leyendo esto, una de dos, o me conoce personalmente o es un auténtico freak del baloncesto. Sería insensato mentir a los que me conocen. Y mentir a un freaky es como maltratar a una mascota. Así que solo puedo contar verdades.

Nada se puede comparar con jugar y competir. En la mente del que juega el mundo sufre alteraciones, y en la medida que sea capaz de alterar a voluntad los parámetros espacio-temporales de lo que le rodea, tendrá más posibilidades de éxito. Me faltó fuerza mental para modificar el universo de la ACB y forjarme así una carrera profesional, pero pude seguir flipando en algunos de los mejores equipos que había a mi alrededor.

Que alguien piense que soy un exjugador ACB, y que eso me da derecho a participar en esta sección, sería mi mayor logro como jugador de baloncesto si mi concepto del éxito deportivo fuese estándar. En cambio, para mí, los 5 minutos escasos que jugué en dos partidos con el Peñas de Huesca, no son de los que ocupan un lugar de privilegio en la sección de memoria que tengo ocupada con recuerdos como jugador de baloncesto. Aunque Sabonis participara en algunos de ellos. Entiéndanme, fue un subidón y todo eso, pero el tiempo pasa, la perspectiva cambia y la memoria nos sorprende con un criterio muy alejado de los valores más comunes.

Lo que realmente está grabado a fuego en mi memoria de jugador son cosas como los contraataques que hice en infantiles con Dani Peña, que cogía el balón fuese donde fuese mi pase. También un chaval que había sentado al final del banquillo cuando era cadete que se llamaba Alfredito Alquézar y que luego me pasó por la derecha en comprensión del juego. Y entre muchas otras cosas el E.M. El Olivar, el equipo en el que me sentí más querido y que me hizo entender que el universo del baloncesto ya no era maleable para mí.

De mi experiencia ACB con el Peñas ha sobrevivido el recuerdo del buen ambiente que generaba en el vestuario el carisma de Alberto Alocén. La llaneza de Granger Hall y Brian Jackson, que a pesar de ser dos auténticas estrellas de la liga, hicieron que me sintiese uno más del equipo. No se olvidan los repasos que me dio, un entrenamiento tras otro, David Solé. Y por supuesto, la exigencia y la dureza en la dirección de Iñaki Iriarte y Javier Zaragoza, que convirtieron al equipo en uno de los más intensos de aquella temporada y elevaron nuestro rendimiento muy cerca de su límite.

Ahora soy profesor de Educación Física y he seguido, y sigo, vinculado al mundo del baloncesto como entrenador y preparador físico en distintos clubes”.