José Miguel Hernández: Otro ‘maldito’ del 71

José Miguel Hernández: Otro ‘maldito’ del 71
Campeón junior con el CAI en 1990 (Foto: Gigantes).

Javier Ortiz Pérez

Hace unos días traíamos aquí a Alfredo Fabón. Al parecer, es muy amigo de José Miguel Hernández, nuestro protagonista de hoy. La similitud que hay en sus respectivas biografías (jugadores nacidos en 1971 y criados en Zaragoza que, pese a su gran talento, no alcanzaron el éxito que se les auguraba) se extiende al discurso que tienen a la hora de hacer balance de sus carreras.

Fabón dijo que “podía haber sido más trabajador, más luchador”. Hernández va un poco más allá: “cuando pasan los años te das cuenta de que podía haber hecho más, pero nosotros teníamos una forma de pensar distinta. Éramos buenos jugadores, pero malos deportistas”.

Se trataba de un ‘3’ de 2,02 con muy buenas condiciones: fuerte, rápido, con tiro de media distancia y capacidad incluso para jugar al poste. Pero en el CAI no tuvo muchas opciones (era un puesto análogo al de Fernando Arcega, Paco Zapata y Fran Murcia) y en sus aventuras lejos de la ‘Ciudad Inmortal’ tuvo cualquier cosa menos suerte. Lo que pasa es que, como él mismo reconoce, tampoco la buscó con ahínco.

De nada le sirvió ser internacional en todas las categorías menos la absoluta, ganar la Copa del Rey del 90 con el CAI y, unos meses después, ser campeón de España junior también de rojo. Casi siempre pasaba algo que fastidiaba su relación con el club. “No hemos sido gente fácil para los entrenadores, eso está claro. Pero es que también me tocó cada uno…”, recuerda.

“Rápidamente cogimos el ‘sambenito’ de que no nos gustaba entrenar. Pero es que es una gran falacia eso de que se juega como se entrena. Lo mismo estabas machacándote toda una semana y veías a tu lado que otro no hacía nada, pero el fin de semana el que jugaba era él”, añade.

Pareció casi gafe: Granollers salió de la ACB cuando él empezó a jugar bien allí, lo mismo que Huesca, donde tenía tres temporadas más firmadas. En Ourense fue cortado tras nueve partidos, pero eso no libró al equipo de bajar unos meses después. Sí encontró cierta paz en Menorca (“es que allí sí había un entrenador normal, José Luis Oliete”). “Al final se me quitaron las ganas de coger un balón”, añade. Una fractura de tobillo tampoco le ayudó a tener continuidad.

¿Qué pasó entonces a nivel generacional? “Yo creo que se pecó de precocidad. Nos pusieron a jugar quizás demasiado jóvenes, con demasiadas expectativas. Ahora ocurre todo lo contrario. Es difícil que a un chico le den oportunidades hasta que no tiene más de 20 años”, afirma. El resultado final son 225 partidos ACB, que no está mal, pero solamente 5,5 puntos en 20 minutos en pista.

Los genes (los meramente deportivos) los ha pasado a sus dos hijos. El niño juega en el CAI y la niña, Zoe, está en el Stadium y fue bronce recientemente con Aragón en el Campeonato de España de mini. Actualmente, tiene una empresa de paisajismo, una actividad relacionada con la construcción.