Enrique Fernández: Triples con carisma extremeño

Enrique Fernández: Triples con carisma extremeño
Con el Mayoral Maristas (Foto: Basket16).

Javier Ortiz Pérez

Pese a sus 389 partidos ACB con 611 triples anotados (43%, no está nada mal), seguramente el de Enrique Fernández no es un nombre muy sonoro para el gran público, ni siquiera para el aficionado a lo ‘retro’. A mí me parece alguien fundamental a nivel sentimental. Ocurre que, como ya me ha ocurrido otras veces aquí y espero que sepáis disculpármelo, veo los personajes desde un prisma muy de Cáceres, mi ciudad. Y la suya, claro. Porque Enrique seguro que no fue el mejor jugador del extinto Cáceres CB, pero sí el más querido. Y esto no lo puedo demostrar con datos, pero pocos de los que lo vieron jugar podrán rebatírmelo.

Se trataba del típico hombre carismático a más no poder, que se entregaba por todos los balones, que expresaba una identificación con la camiseta realmente indiscutible. Cuando las cosas venían mal dadas, allí estaba él. Y, claro, sus triples. Esa fue la faceta de la que ‘comió’ Fernández durante once campañas en ACB, las cuatro primeras en el Mayoral Maristas malagueño (88-92) y las siete siguientes en el Pabellón ‘V Centenario’ (92-98).

Su historia es muy de superación, de trabajo, trabajo y trabajo. Perdió a su padre siendo niño. Sus deportes eran el fútbol y el balonmano, donde solía jugar de portero. Hasta los 14 años no empezó con el baloncesto en el Colegio San Antonio, pero poco después, en un Campeonato de España juvenil en el que fue el máximo anotador, llamó la atención de Javier Imbroda para el Maristas.

Como él mismo dice, sus condiciones físicas no eran las más idóneas. No era un atleta: ni rápido, ni musculoso ni saltarín. Con 1,94 solía actuar como pívot, incluso en Primera B, jugando un poco al despiste intercambiando posiciones con Mike Smith. Luego ya tuvo la lógica evolución a escolta. El triple fue su arma letal desde el principio hasta el final, pese a que tardaba en armar el brazo. Todas esas carencias acababan convertidas en su fortaleza. Y su conexión con la grada y su jerarquía en el vestuario hacían el resto.

“No me puedo quejar. Estuve 17 años de profesional, lo cual dice mucho”, indica ahora desde Málaga, donde regenta un par de franquicias de Calzedonia. Sin embargo, hay un punto de amargura cuando mira hacia atrás: lo primero, por no haber logrado la Copa del Rey del 97 con el Cáceres (el equipo perdió una ventaja de 17 puntos en el segundo tiempo ante el Joventut) y lo segundo, por no haber salido muy airosamente del club, apenas un año después. “La verdad que pude haber acabado mejor, pero no se me dio la oportunidad ni de despedirme de la afición”, recuerda ahora. Sí detectó el cariño del público durante esos años, del 92 al 98, en los que fue el capitán del equipo.

Después de aquello, no pudo encontrar un sitio en la ACB y apuró su carrera en dos equipos que aspiraban al ascenso en la LEB, Murcia y León, aunque no lo conseguiría. “Me apetecía seguir jugando y estuve bien en esos sitios también. Fueron experiencias diferentes”.

Sigue viajando a Cáceres muy a menudo, sobre todo para ver a su madre, y es parado habitualmente por la calle. El sueño de ver su número verdinegro ‘8’ colgado en el pabellón cacereño no se cumplirá, ya que el club al que en tantas batallas defendió desapareció en el 2005.