Carey Scurry: La agitada vida del ‘Jordan borracho’

Carey Scurry: La agitada vida del ‘Jordan borracho’
Con la camiseta del Granollers (Foto: Gigantes).

Javier Ortiz Pérez

Ahondar un poco en la vida de Carey Scurry nos descubre a uno de los jugadores más conflictivos del baloncesto mundial entre los 80 y los 90. Por aquí solo tuvimos ocho partidos, en la temporada 89-90, con el IFA Granollers. Precisamente por esa atracción por el desastre únicamente le tuvimos tan corto espacio de tiempo. Agarraos.

Scurry, como suele pasar demasiado a menudo con los indisciplinados, era un enorme jugador de baloncesto. Lo demostró en la universidad de Long Island, cerca de su Nueva York natal, donde creció en una familia de ‘solo’ diez hermanos y aprendió a jugar al basket en la calle, siendo un habitual de la mítica cancha de Rucker Park. Era un 2,01 de una enorme capacidad reboteadora y taponeadora, y también tenía muchos recursos ante el aro.

Con todo para triunfar, quizás cayó demasiado retrasado en el ‘draft’ de 1985, hasta el puesto 36, en la franquicia de un estado donde no se toleran bien los excesos, Utah. Con los mormones jugó dos temporadas y media, hasta su traspaso a los Knicks, donde pasó otro medio año. Sus 180 partidos NBA se saldaron con apenas 4,7 puntos de promedio. En los Jazz hizo indudablemente de las suyas: su relación con el técnico, Frank Layden, era manifiestamente mala, así como con la estrella Karl Malone. Y con otro exACB como Mel Turpin acabó a puñetazos en una ocasión…

A esas alturas ya le pegaba bastante al alcohol, al parecer en compañía de Darrell Griffith, sin trascender del papel de especialista defensivo, aunque, cuando se le daba bola en ataque cumplía sobradamente. Nueve veces sumó más de 20 puntos en aquellos tres años en la liga norteamericana.

Su obligado salto a Europa se produjo en la 88-89. Lo hizo en un Olympiakos que no era tan ‘grande’ como ahora –por entonces el Aris mandaba en la liga griega--; fueron los hinchas de El Pireo los que le pusieron el apelativo de ‘Jordan borracho’: su espectacular juego venía aparejado de una agitadísima vida nocturna. Todo eso se le fue perdonando hasta que no hubo otro remedio que echarle: de nuevo su relación con el técnico, Steve Giatzoglou fue de mal en peor y, un partido de Copa Korac ante el Joventut, el jugador cogió carrera y le propinó una patada en el trasero al entrenador tras sustituirle.

Vuelta a Estados Unidos, a la CBA, hasta que fue reclamado por el Granollers de Manel Comas a principios de 1990. Su estreno no pudo ser más espectacular: en la Copa del Rey disputada en Canarias fue clave para eliminar al Barcelona en cuartos de final. 19 puntos, 8 rebotes e impotencia absoluta para sus atónitos defensores (Xavi Crespo, Andrés Jiménez y David Wood). El equipo catalán fue eliminado en semifinales.

El matrimonio entre ambas partes iba bien. Scurry a sus juergas, pero el fin de semana cumplía. Promediando 21 puntos y 5,8 rebotes, una noche sufrió bajo los efectos del alcohol un grave accidente de tráfico que pudo costarle la carrera. Inmediatamente fue ‘cortado’. No volvería a jugar en España, aunque sí en Francia, Bélgica, Argentina, y Chile, retirándose en 1997. En casi todos los sitios mantuvo sus hábitos (se decía que incluso bebía en los descansos de los partidos), pero también un juego espectacular. En el Colo Colo chileno llegó a los 67 puntos en una semifinal liguera. Esa dicotomía que le perseguirá siempre.

Tuvo problemas hepáticos y económicos, pero ahora, según leo, está ‘limpio’. Participa en programas sociales relacionados con el baloncesto callejero para su barrio, en Brooklyn, y sobrevive gracias a la pensión de la NBA de unos 1.000 dólares mensuales.