Anthony Goldwire: Individualismo sin lustre

Anthony Goldwire:  Individualismo sin lustre
Foto oficial en el Barcelona.

Javier Ortiz Pérez

Ya conté hace un par de días que iba a hablar de Anthony Goldwire, el otro miembro del cuerpo técnico de Milwaukee Bucks que ha pasado por España junto con Joe Wolf. Es curioso que no puede haber dos jugadores más dispares: mientras que Wolf era un trabajador que no estaba llamado para el lucimiento, en el caso de Goldwire su vocación era el espectáculo de tintes claramente individualistas.

Jugando de base (alrededor de 1,88), sus cualidades eran más bien las de un escolta. Tenía muy buena mano y era rápido en las transiciones. O, mejor dicho, ninguna transición parecía darle miedo: un ‘uno contra cinco’ era su escenario natural. Y a veces los resolvía positivamente, por supuesto, pero…

El ‘pero’ español de Goldwire es principalmente la oportunidad que tuvo de triunfar en el Barcelona y no aprovechó. Corría la temporada 99-2000 y Aíto García Reneses necesitaba un base que hiciese olvidar a Sasha Djordjevic, cuya renovación acababa de descartar. Goldwire había tenido una trayectoria en la NBA apañada, desde su número 54 en el ‘draft’ de 1994. Jugando entre 15 y 25 minutos en Charlotte y Denver, contaba también con la ventaja de conocer el baloncesto europeo, ya que había sido un fichaje ‘de campanillas’ del Olympiakos en la 98-99. Sin embargo, y con una línea caracterizada por los altibajos, pinchó en hueso claramente. La mayor escenificación de aquello fue el quinto partido del ‘playoff’ ante el Real Madrid… de Djordjevic. La liga fue blanca en el Palau, la mayor pesadilla posible para el Barça. Nuestro hombre acabó con 10,1 puntos (34% en triples, muchos de ellos lanzados desde siete metros…) y 1,7 asistencias.

Goldwire se siguió ganando decentemente la vida con el baloncesto. Se convirtió en un auténtico temporero, llegando a regresar a la actual Liga Endesa en la 2005-06 con el Pamesa Valencia, donde tampoco cuajó. Curiosa fue su insistencia en buscar un hueco en la NBA durante este tiempo: entre el 2000 y el 2006 estuvo en nada menos que ocho equipos con contratos cortos la mayoría de las veces y sin asentarse en ningún sitio.

Tras pasar por Grecia, Rusia y Puerto Rico, con 37 años hasta tuvo una tercera etapa en España, aunque en la LEB Bronce, la efímera cuarta categoría nacional, con el Sant Josep Girona, al que llegó de la mano de su amigo Darryl Middleton para jugar unos meses.

En la grabación que me pasa el departamento de prensa de los Bucks habla sobre todo de Barcelona en plan positivo, sin mención alguna a la decepción que supuso la derrota del 2000 y los problemas para la adaptación al sistema de Aíto García Reneses, que a menudo le situaba como ‘2’ al lado de Nacho Rodríguez. “La ciudad y la liga eran estupendas. Había un montón de americanos y muchos equipos. España como país es bonito”, afirma, recordando que “los monumentos, la cultura y la civilización son diferentes”, pero también advirtiendo que “es algo que me hizo crecer y realmente disfruté de aquel momento como también lo hizo mi familia. Eso me ayudó en mi vida y en proceso sobre el baloncesto. Fue un gran momento”.