Nacho Rodilla: Elegancia, físico y cerebro

Nacho Rodilla: Elegancia, físico y cerebro
Jovencísimo con el Lliria en la 92-93.

Javier Ortiz Pérez

Nacho Rodilla fue considerado durante una época el mejor base español, una ‘rara avis’ en el sentido de que, con su 1,92, ejercía con una enorme naturalidad las funciones de director de juego. ‘Santo y seña’ en el Pamesa Valencia durante una década, la parte final de su carrera no tuvo tanto brillo, atormentado por las lesiones. Ahora está en un discreto segundo plano, intentando desarrollar su estrategia de pasar a los banquillos de un nivel más profesional que el EBA que ha dirigido en las últimas temporadas en Lliria.

“Una vez que te retiras y echas la vista atrás, empiezas a valorar más lo que has conseguido”, reflexiona. Lo que él consiguió no fue poco: componente del equipo que se subió al podio en el Eurobasket del 99 en Francia, imprescindible en el Pamesa que ganó la Copa del Rey un año antes (con él siendo el jugador más valioso de la final ante el Joventut), referente moral en la ULEB Cup del 2003… Sí, es cierto que también perdió algunas finales (dos de Copa Saporta, una de Copa del Rey y una de ACB), y que a veces transmitía cierta frialdad, pero era parte de su juego. Se trataba de un jugador muy cerebral, que siempre sacaba partido de su físico, aunque sufriese en defensa contra jugadores más bajos y dinámicos. “Al final aprendes a aprovechar las ventajas y a buscar soluciones para los problemas”, explica. Eso por no mencionar un letal tiro de tres.

“Fue muy bonito ver crecer el proyecto del Valencia Basket, siendo de aquí, y acudir a la selección. La parte mala siempre son las lesiones y hubiese aguantado más tiempo jugando de no haber sido por la espalda”, añade. Según afirma, “lo de jugar profesionalmente es una rutina que, cuando estás metida en ella, te agobias, pero luego, la echas de menos. Es un cambio complicado”.

En el 2003 salió del Pamesa con rumbo al Lleida, donde solamente permaneció una temporada. Después, Avellino y Virtus de Bolonia como últimas estaciones, alejado de España y sin ese dominio que le caracterizaba de los partidos. Con solamente 32 años, y machacado por los dolores, estimó que lo mejor era dejar de jugar y prepararse para ser entrenador. En esa transición regresó un año al Valencia Basket en labores de tecnificación.

Para completar el círculo, quien le dio una oportunidad para sentarse en el banquillo fue el equipo con el que debutó en la ACB, el Lliria, que es donde todavía vive. La historia de la localidad edetana con el baloncesto es rica y extensa, aunque tras descender en 1992 –con Rodilla como tercer base tras Jordi Soler y Chus Bueno— no ha vuelto a asomarse a la actual Liga Endesa. Nuestro protagonista fue el entrenador del equipo en Liga EBA durante tres temporadas (más una cuarta en Primera Nacional) y dice haber salido satisfecho de la experiencia. Motivos económicos impidieron este año al equipo salir en EBA y Rodilla optó por no continuar. Ahora, para matar el gusanillo y con una intención obviamente familiar, dirige al equipo de benjamines en el que juega su hijo.

360 partidos ACB y 9,3 puntos en 26 minutos, pero para apreciar del todo su legado basta con mirar al techo de la Fonteta. Su número 11 fue retirado y allí cuelga. Nadie del Valencia Basket lo volverá a lucir.