Carles Farfán: Santo y seña en Andorra

Carles Farfán: Santo y seña en Andorra
Con la selección andorrana (Federación Andorrana).

Javier Ortiz Pérez

El equipo revelación de la temporada en la Adecco Oro es el River Andorra, luchando por el ascenso con el directo con el Ford Burgos. En sus filas está el joven Carles Farfán, que es hijo de uno de los protagonistas del ascenso del club del Principado a la ACB en 1992. Carles Farfán fue un secundario de lujo dentro de un equipo en el que brillaban Ray Smith y Josep Maria Margall. Ya le pilló aquello en la parte final de su carrera, pero era un tipo con el que la afición se identificaba mucho, luchador y con muchos recursos desde el puesto de escolta. No en vano, echó raíces en Andorra.

Nacido en Barcelona y de la cantera azulgrana, Farfán llegó a ser internacional en las categorías inferiores de la selección española, logrando el bronce del Eurobasket juvenil en 1979. Tras pasar por Granollers y Oximesa, llegó a Andorra cuando el equipo estaba en Segunda División (actual Adecco Plata) en 1984. Allí se quedó hasta su retirada, en 1994, después de cumplir sus dos únicas temporadas en la actual Liga Endesa. En la 92-93 jugó bastante, pero no en la 93-94. Entre medias, consiguió el pasaporte andorrano y jugó con su selección absoluta. En su historial figura un oro en una competición llamada Juegos de los Pequeños Estados Europeos, en Chipre en 1989.

Como es fácil de imaginar, sus mejores recuerdos se centran en el ‘playoff’ de ascenso de 1992 ante el Cáceres. “Hubo mucha tensión y una gran intensidad dentro y fuera de la pista hasta el último segundo. Fue un logro que no pensé nunca que llegáramos a alcanzar”, afirma ahora.

En la ACB fue un ‘rookie’ con 30 años, algo nada habitual. “Tuve la suerte de estar y compartir juego y vivencias con nacionales como Margall, ‘Jou’ Llorente, Quique Villalobos, Zapata y Francesc Solana, entre otros, y algunos extranjeros como Piculín Ortiz, Andy Toolson y Howard Wright. Todos ellos grandes jugadores con los que nunca pensé en jugar. De todos saqué algo positivo”, añade.

Sí destaca la gran diferencia de minutos entre la primera temporada y la segunda. “Disfruté mucho en la primera con una media de 15 minutos, pero luego vinieron algunos de estos grandes jugadores y casi no jugué, pero me lo pasé muy bien porque tenía excelentes compañeros. Como siempre había estado acostumbrado a jugar, decidí retirarme con 32 años”, apunta.

Ahora es comercial de Bacardí-Martini. Lleva en la empresa desde que dejó el baloncesto profesional. También dedica unas horas a dirigir al equipo de minibasket del Andorra. “Así mato el gusanillo e intento promover lo que yo aprendí como jugador”, explica.

Farfán también habla sobre su hijo Albert, de momento un jugador en desarrollo que juega sobre todo con el filial de Primera. “Creo que le falta físico, algo que está intentando mejorar, pero tiene buena mano y visión de juego. Estos dos últimos años con el primer equipo le han ido muy bien y ha mejorado mucho, aunque cada año el nivel es más exigente. Aún tiene margen para mejorar y aprender”, analiza.

No hay que perderle el ojo a ese pequeño país. Siempre que hay un Farfán de por medio, acaban haciendo algo grande en baloncesto.