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Historia del Baloncesto
 
 
 

Fernando Romay: El más alto de un tiempo

por Javier Ortiz 7 de Diciembre, 2013
 

Hoy no escribo yo. El personaje es Fernando Romay, un personaje clave en la historia de nuestro basket por muchos motivos. Y nadie mejor para hablar de él que Jacobo Rivero, que acaba de publicar ‘Altísimo. Un viaje con Fernando Romay’ (Ediciones Turpial, 2013).

“Con 14 años Fernando Romay llegó a la Estación Norte de Madrid. Era el mes de julio de 1974, hacía calor y los tiempos sociales dentro y fuera de las canchas estaban en plena ebullición. Fernando venía desde Coruña, no había jugado un solo partido de baloncesto y sus perspectivas de futuro eran inciertas. Venía a probar con el Real Madrid. En el Pabellón de la Ciudad Deportiva vio desfilar a Pedro Ferrándiz, Wayne Brabender, Walter Szczerbiak, Emiliano, Clifford Luyk, Cabrera y Juanito Corbalán, entre otros. No sabía que se quedaría tanto tiempo en el Real Madrid, casi 20 años, no tenía zapatillas de su pie, un 56, y se entrenó con unas John Smith a las que había recortado la puntera de goma y de las que sobresalían los dedos de su pie.

A mediados de la década de los setenta era complicado encontrar jugadores que sobrepasaran los dos metros en España. Fernando Romay llegaba a los 2'13 y era el pívot que le faltaba a la selección española y al Real Madrid para hacer sombra a jugadores como Vladimir Tkachenko, Alexander Belosteny o Dino Meneghin. Si algo le faltaba al baloncesto español de aquellos tiempos era precisamente centímetros. Fernando tenía unos cuantos. Sólo había que ponerlos a funcionar para beneficio del baloncesto. Y lo hizo, con mucho esfuerzo y dedicación.

Fernando Romay compartió mesa, mantel y títulos, durante su trayectoria como jugador del Real Madrid, con jugadores como Mirza Delibasic, Wayne Robinson, Fernando Martín, Juanma Iturriaga, Drazen Petrovic o Arvydas Sabonis. Casi siempre con Lolo Sáinz en el banquillo. Se peleó en las zonas de canchas situadas en Yugoslavia, Italia, Turquía o la Unión Soviética donde el ambiente podía ser de frío extremo o temperatura abrasiva. El palmarés lo dice todo: siete títulos de Liga ACB, cinco Copas del Rey, dos Copas de Europa, tres Recopas, una Copa Korac, dos Copas Intercontinentales y un Campeonato Mundial de Clubs. También bregó contra uno de los mejores equipos que planteó el Barça de baloncesto, aquél en el que jugaban Nacho Solozábal, Juan Antonio San Epifanio, Chicho Sibilio, Andrés Jiménez o el incombustible -hasta que sus rodillas empezaron a flojear- Audie Norris, por citar a algunos.

En aquellos años de parquet oscuro y grada furiosa, los pívots tenían atribuciones diferentes a las actuales. Hasta 1984 no llegó la línea de tres puntos que empezó a abrir espacios en el campo. Hasta entonces a los jugadores altos se les pedía en ataque recibir arriba, girar y encestar. Como mucho un bote o dos. En defensa hacían la función de portero-delantero, despejar y luego correr al otro campo. En un derbi contra el Estudiantes en 1986, Luis Gómez contaba en las páginas del diario El País: “Empeñado el Estudiantes en jugar más cerca de la canasta, se encontró con el largo manotazo de Romay, guardameta del aro que paraba a taponazos todo balón que volaba por el aire. Lo hizo en cinco ocasiones consecutivas para frustrar el final de infarto”.

Pero Fernando Romay fue también protagonista de una de las grandes fotografías de la historia de nuestro baloncesto. Aquella que se hizo para mayor gloria de varias generaciones el 24 de agosto de 1984 en el Forum de Inglewood en Los Ángeles. En la final contra Estados Unidos estaban: Fernando Arcega, José Manuel Beirán, Juan Antonio Corbalán, Juan Domingo de la Cruz, Andrés Jiménez, José Luis Llorente, Juan Manuel López Iturriaga, Josep María Margall, Fernando Martín, Juan Antonio San Epifanio, Ignacio Solozábal y Fernando Romay. Una madrugada en la que muchos descubrimos a un jovencito que luego rompería los límites de la gravedad, del tiempo, del suspense y de la lógica: Michael Jordan. Precisamente, al mejor jugador de todos los tiempos, Romay le puso un gorro del que apenas reparamos en su momento porque estábamos abducidos por un ambiente y un baloncesto que nos parecía ciencia ficción. Aquella noche, aquel tiempo de la selección, no se podría entender sin uno de los protagonistas indispensables para entender la penetración del baloncesto en nuestro país: Antonio Díaz-Miguel.

En el viaje que Fernando Romay recorrió a pie de cancha desde 1974 hasta 1995 son muchos los protagonista que compartieron trayecto. La mayoría aparecen en el libro Altísimo. Un viaje con Fernando Romay que he publicado con Ediciones Turpial. No es un libro sobre Fernando, es un libro con Fernando. En esa aventura que salió de la estación de Gaiteira en Coruña, poco después de que el Real Madrid llamara a su casa preguntando por un chaval del que le habían llegado referencias difusas -pero con la certeza de que era altísimo- pasaron muchas cosas. Si hacemos una proyección retrospectiva, podremos ver la final de la Copa de Europa en Berlín Occidental en 1980; la plata en el Eurobasket de 1983 en Nantes con la selección; la marcha de Fernando Martín a la NBA, su regreso y dramático fallecimiento; la llegada del odiado Drazen Petrovic; el partido contra los Celtics en el Palacio en 1988; el posterior aterrizaje de El Zar multiusos Arvydas Sabonis; la salida del club blanco para ir a jugar con el OAR Ferrol y más tarde con el CAI Zaragoza. En el repaso a la historia reciente de nuestro baloncesto, Fernando Romay es uno de sus protagonistas indiscutibles.

En el libro se recoge todo el ambiente que el vivió dentro de la cancha, pero también el que vivimos el resto de los ciudadanos fuera de los pabellones. En aquél país que pasó de vivir en blanco y negro a incorporar progresivamente el color. De tener dos canales de televisión a una variedad más que considerable. De ver la NBA como si fuera otro deporte remotamente parecido al nuestro, a tener allí a algunos de los que más camisetas venden. Del Telón de Acero y el enfrentamiento de bloques a la globalización. De los teletipos de prensa a última hora a los tuits y retuits. En el manuscrito hay muchos protagonismos compartidos. Uno puede ser los jugadores que desfilan en los paisajes del baloncesto que se cuentan alrededor de Fernando Romay, otro podría ser las evoluciones sociales que se vivieron y otro, también, es la figura de los periodistas deportivos que contaron todo esto: Pedro Barthe, Andrés Montes, Ramón Trecet o J.J. Brotons, por citar solo a algunos pocos de los que aparecen en el relato.

También sale referida su vida después de ocupar un lugar importante en el poste bajo, que continúa -como no podía ser de otra manera- ligada al baloncesto a través de la Federación Española de Baloncesto (FEB), también su relación con la televisión y la comunicación, además de otras circunstancias. Con prólogo de Juanma Iturriaga y epílogo de Paco Torres, Altísimo. Un viaje con Fernando Romay es una propuesta colectiva para mirar con atención el espejo retrovisor de un tiempo de baloncesto necesario para entender el momento actual que vivimos, plagado de buenas noticias y títulos. Para entender ese desarrollo, es necesario fijar la vista en la historia de Fernando Romay, que como otros jugadores de aquellos tiempos de transiciones ayudaron decisivamente a encontrarnos donde estamos ahora. No es poco, al contrario, es muchísimo. Disfruten del viaje”.

Muy joven.

Tapón a Jordan en Los Angeles-84.

CEn el Open McDonald’s de 1988.

Todo un tópico: protestando una falta.

Regreso a Galicia con el OAR Ferrol.

El autor del artículo, Jacobo Rivero, y Romay.

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