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Historia del Baloncesto
 
 
 

Johnny Rogers: Pelirroja precisión

por Javier Ortiz 27 de Mayo, 2013
 

De pocas personas se habla tan bien en el negocio del baloncesto como de Johnny Rogers: excelente profesional, excelente compañero, excelente persona. Y, claro, excelente jugador, un seguro de vida cuando cogía el balón a cinco metros del aro y se elevaba con una mecánica aparentemente lenta, pero fiable al máximo. El resultado era una canasta pelirroja tras otra. Y casi siempre en buenos equipos, aunque en distintos papeles: la estrella que absorbía las posesiones o bien el complemento perfecto.

Rogers fue uno de esos casos de longevidad inaudita. Lo dejó con 41 años en el Lleida, todavía a bastante buen nivel, y de milagro no siguió jugando más tiempo, un poco al estilo Darryl Middleton. Y es que estos tipos que se cuidan y a los que las lesiones respetan pueden estar en una pista hasta que vaya a recogerles el autobús del Inserso para llevarles a Benidorm…

Por él no hubiera quedado, por supuesto: “Han pasado diez años y lo echo de menos todavía. El día a día, el ir a entrenar, los vestuarios, estar con los compañeros y por supuesto la competición. Al menos me han quedado un montón de amistades de todo aquello”. Sí: “todo aquello” fueron dos años en la NBA bastante anónimos (3,6 puntos en 60 partidos con Sacramento y Cleveland), un debut europeo al lado de Drazen Petrovic en el Real Madrid, pieza importante en ‘grandes’ como la Phillips de Milán, el Olympiacos y el Panathinaikos (dos Euroligas), referencia total en Pamesa, Murcia, Cáceres y Lleida…

Y una nueva vida en España. Se casó con una valenciana en 1993 y, tras tres años de espera, obtuvo el pasaporte, lo que multiplicó su valor en el mercado… y le dio la ocasión de disputar los Juegos Olímpicos de Sydney en el 2000. Quizás ese ha sido el único punto con algo de conflicto en su carrera: en aquel momento se aplaudió su convocatoria, pero el equipo no cumplió las expectativas y, con algo de oportunismo, con el tiempo se criticó que su plaza no fuese para un Pau Gasol que empezaba a darse a conocer, pero que todavía no había explotado. “Mirándolo ahora, no hay color entre Pau y yo, pero entonces… No creo que fuese una cuestión entre él y yo. Para mí fue una experiencia espectacular, insuperable. Un orgullo enorme defender a un país al que quiero tanto, pero es cierto que las cosas no fueron bien”, recuerda.

¿Cuál fue la clave para una carrera tan exitosa? “Creo que la seriedad. Si no hubiese entrenado y entrenado no hubiese podido durar tanto”, afirma. “Tuve mucha suerte también eligiendo los sitios donde he estado y también obedecí mucho a mis entrenadores. Cuando había que tirar, yo tiraba. Cuando había que trabajar para otros, yo lo hacía. Lo que realmente me hacía disfrutar era ganar”, añade.

Un momento clave fue cuando pasó a jugar de ‘4’ abierto en lugar de ‘3’, que fue como llegó a Europa en 1988 (ganó la Copa del Rey y la Recopa con el Madrid en ese proceso de adaptación, por cierto). “Fue Mike D’Antoni el que me convenció de ello, en el Phillips de Milán, en la temporada 91-92”, apunta Rogers, que totaliza 267 partidos ACB con 16,6 puntos y 5,7 rebotes.

Respetado por todos, no ha desaparecido de nuestra escena desde su retirada. Se quedó a vivir en Valencia, donde durante un tiempo ejerció como director deportivo del club. Pero ahora su trabajo es otro y también tiene un relieve importante: es ojeador para Europa de los Oklahoma City Thunder, una franquicia NBA que mira con atención a lo que sucede fuera, como demostró con la apuesta por Serge Ibaka.

En el Madrid de Petrovic (Foto: Gigantes).

Con España en Sydney-2000 (Foto: Gigantes).

En el Panathinaikos ganó dos Euroligas.

Última temporada en activo, en Lleida (2001).

Época como director deportivo del Valencia Basket.

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