ADIÓS AL CAPITÁN

ADIÓS AL CAPITÁN
Adiós al capitán Juan Carlos Navarro

Antonio Rodríguez

Juan Carlos Navarro dice adiós a la Selección Española, tras 20 años en su mayor élite. Su trayecto desde el oro junior en Varna’98 hasta este bronce de Estambul’17, encierra el mayor número de internacionalidades en la historia de nuestro baloncesto, en éxito tras éxito.

El abrazo de un adiós (FIBA Photo).
El abrazo de un adiós (FIBA Photo).

Parecía de videojuego. Juan Carlos Navarro era capaz de hacer todo en un entrenamiento. Su cuerpo delgado de poco más de uno noventa de estatura, moviendo permanentemente la cabeza hacia todas partes, avispado, atento a todo, podía realizar con sencillez cualquier gesto. Cualquiera. “Sí, pero esto lo hace en juniors. Cuando juegue frente a tíos hechos y derechos…”. Lo que nos enteramos años después, es que los más consagrados ya le habían intentado “cantar las cuarenta”. Algunos, de la forma menos deportiva. Y no hubo manera.

Juan Carlos Navarro llega en uno de los momentos de excitación del aficionado al baloncesto en este país. Tras la hambruna noventera, en uno de los campeonatos más rudos y con menos anotación de la historia, España queda quinta clasificada en el Mundobasket de Atenas’98 y fue motivo de satisfacción y orgullo entre nosotros, porque una nueva generación de jóvenes había alzado al equipo a estas cotas. Estábamos de enhorabuena. Por si no lo saben, dos años antes, España no fue capaz de clasificarse para los Juegos Olímpicos. Estos nuevos Carlos Jiménez, Rodrigo de la Fuente, Ignacio Rodilla, Iñaki de Miguel o José Antonio Paraíso daban la solidez y el soporte a los asentados Alfonso Reyes, Roberto Dueñas, Alberto Angulo, Nacho Rodríguez y a la estrella, Alberto Herreros, para soñar. Porque entonces, un quinto puesto mundialista era soñar. Y llegaron ahí porque eran los más “machacas” y trabajadores del lugar. Muchos puntos no anotaban, pero…¡ay de quien se atreviera a superarles en defensa! Éxitos desde el yunque a hierro y fuego. 

Con el número 7, el inicio en Varna en 1998 (Archivo ACB).
Con el número 7, el inicio en Varna en 1998 (Archivo ACB).

Y llegó Lisboa y el fantástico verano de 1999. Y los del yunque quedaron medalla de plata en un logro que roza el milagro. Pero es que en aquel calurosísimo pabellón junto al Palacio de Cristal, en Oporto, veíamos otra cosa. Raül López juguetea con un balón previo al entrenamiento. No era ya lo que hacía con él, sino a qué velocidad y con qué fuerza. Hacía retumbar el pabellón. “Mira, como los negros” decíamos algunos perplejos testigos. Y luego Juan Carlos Navarro. Con su otro colega del Barça, Pau Gasol, se picaba a triples –“cuando gana él, es porque quiero yo”-  y luego ese gesto raro a mitad de camino, porque no llegaba a hacer la entrada. Ese tiro por elevación a una pierna.

Un lanzamiento así lo habíamos visto a los veteranos yugoslavos. Saltando con un pie, eran capaces de lanzar suspensiones cortas, lo sabíamos. Mismo gesto de un tiro, con la dificultad de ejecutarlo a una pierna. Pero esto tenía un toque diferente. Esto era subir el brazo de tiro de manera exagerada acompasando el salto, como si de una ballesta se tratara y no hacer el toque de muñeca final hacia abajo. Con las yemas de los dedos dar el último toque al balón, como soltando una estela mágica que lo impulsaba alto, alto, a mitad de camino de una entrada donde nadie pudiese llegar. Nadie. La fascinación era la facilidad para hacerlo, porque en esa burla que dan los 19 años, con la mirada parecía jactarse del resto, conocedor de su infalibilidad. “Esto es de mi propiedad”. Como un videojuego.

Su bote, cambiando de dirección de forma eléctrica, tiros echándose hacia un lado que resquebrajaban todos los manuales de la corrección… Y todo ese repertorio siguió de su mano a lo largo de una extensa carrera. Alberto Herreros, que era una alegoría de la sencillez y la naturalidad jugando al baloncesto, se cruza con Navarro en los Juegos Olímpicos de Sidney’00. “Pero…¿y estos? ¡Hacían unas cosas! Es que yo no he visto tanto talento en mi vida como lo de Raül (López) y Juan Carlos (Navarro). En mi vida”. 

"La semana fantástica" de Lituania en 2011 (Foto EFE).

En un torneo de preparación de cara a los Juegos Olímpicos de Atenas’04, en la madrileña plaza de toros de Vistalegre, Juan Carlos Navarro mira al resto de sus compañeros, más que asentados ya en la élite. Parecían imbatibles. Las palizas que sufrieron Brasil o Puerto Rico de manos de los españoles días antes, no eran normales. En Madrid dieron buena cuenta de Lituania, Grecia y Argentina. ¿Quiénes les iban a detener? El mejor partido de los mejores jugadores –que no el mejor equipo-, relegó a Navarro y a sus compañeros a una séptima plaza en unos Juegos, que es lo más sagrado que hay. Impotentes ante Estados Unidos y su gran acierto, aflora una dura realidad que dice que por muy bien que juegues, puedes caer a las catacumbas de la clasificación. Que no depende de uno mismo. Y eso duele mucho.

Juan Carlos Navarro siempre fue líder, porque de esta generación dorada, era quien más había vestido la elástica de la Selección Española. Dicen que habla poco, pero se le escucha cuando lo hace con extrema atención. Y quizás llegó a la conclusión que de las heridas atenienses llegaron las glorias japonesas. Que las coronas de olivo no estaban en Atenas, sino esperando en Saitama. Daba igual lo bien que se jugase, que se podía perder, era frase que ya tenían grabado en sangre, si cabe. Y no dejaron de creer en esa máxima, ni aflojar un instante, hasta que vieron el 70-47 en el marcador al sonar la sirena en la final. Campeones del mundo.

Juan Carlos Navarro paseó tal porte por las canchas de todo el mundo con la Selección. Un talento sin límites que se suelta con un grito de rabia en su momento de éxtasis en la remontada ante Macedonia en mitad de lo que denomina “la semana fantástica” (semifinales del Eurobasket de Lituania en 2011). A su cuerpo de juvenil, el grito entusiasta de un juvenil, aunque ya asomaban algunas canas en su barba. Porque los años pasan.

Manteo más que ganado (FIBA Photo).
Manteo más que ganado (FIBA Photo).

Y llegó el último partido el pasado domingo, ante Rusia. Y todos sabemos lo que supone decir adiós a estos 20 años. Y con un nudo en la garganta, él también. 253 internacionalidades después, como para no saberlo. Todo tiene un inicio y un final. Y lo más impresionante es pensar en el inicio en el momento del final. Y es que, entre medias, ha habido la historia de un mito.