ECOS DE UNA COPA

ECOS DE UNA COPA
Transcurridos varios días, más convencidos que esta Copa fue grande

Antonio Rodríguez

Transcurridos varios días, más convencidos que esta Copa fue grande

“Aaaay, la Copa”, canturreaban los componentes de la redacción de deportes encargados de las retransmisiones televisivas de esta Copa del Rey al final de cada jornada, a imagen y semejanza de la frase que José Ajero acuñó en el spot de servía como entradilla al inicio de cada emisión de este evento, fantasía de jugadores desfilando, intercaladas con una máquina de coser en su labor de fijar en una prenda el logo de la edición de Copa Vitoria’2017. 

(ACB Photo).
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Y es que tal grupo, tras arduas jornadas, entre cervezas y pintxos, tenían más marcado que nadie la belleza que durante día tras día, acababa de desfilar por sus retinas en los dos encuentros de la jornada: planos de contragolpes rivalizando en rapidez desde el travelling a raíles, la cámara de la pértiga que parecía aumentar la magnificencia de esos videomapping  en las presentaciones de los equipos, la omnipresencia de la cámara “high speed”, esa fantasía superlenta que enseñaba lo imperceptible. Todas esas herramientas para presentarlas en las emisiones de #0 en un partido de baloncesto. En dos partidos de baloncesto por día. En siete en el evento al completo. En toda una Copa del Rey. El salto enrabietado y exultante de Pablo Laso nada más cruzar el umbral de los túneles de vestuarios tras derrotar al Baskonia, la mirada asesina de Marjus Grigonis en su misión particular, casi cruzada, por remontar su partido de cuartos, las celestiales sonrisas de las cheerleaders en sus actuaciones, los puñetazos al aire de Sito Alonso en la banda y … cómo no, el campo atrás de Sergio Llull, ante la presión de Schreiner en cuartos de final.

¿Hablamos de canturreos? Esta edición de la Copa quedará como la del “…era campo atrás”. Para siempre. Banda sonora desde el segundo día en todas las calles, en todos los bares y por supuesto, en espontáneos e improvisados coros de miles de personas en las gradas del flamante Fernando Buesa Arena (no hay mejor escenario para esta Copa). De un hecho injusto en contra de uno de los aspirantes, MoraBanc Andorra, hacerlo pasar por el espíritu copero y festivo, casi carnavalesco, a un cántico irónico y jocoso que no abandonaron hasta el domingo, incluso entre los propios componentes del Real Madrid, como algún directivo se atrevió a decir, durante la celebración del título. Nos pareció un uso de chapeau.

(ACB Photo).
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Hablamos de cómo convertir en fiesta y belleza, todo lo que sucede sobre una pista de baloncesto alrededor de la Copa del Rey. Claro quedó que ensalzar más el baloncesto es complicado a tenor de lo que vimos. ¡Qué nivel! El Real Madrid se proclamó campeón cuando dio sus primeros pasos fallando lo inimaginable ante los andorranos, personificados en una bandeja de Ayón que se salió tras paseo por el aro y acabó con el gesto bravío de un Sergio Llull decantando la final, haciendo que todas las papeletas al MVP que inicialmente iban hacia Anthony Randolph, fueran inservibles o manchadas por un marcado tachón para reescribir el nombre de Llull. En medio, una travesía con todas las tonalidades. Ver el rostro del menorquín siendo entrevistado al finalizar las semifinales frente a Baskonia, era la viva estampa de un tipo exhausto, que había llegado al límite de sus fuerzas. Todo para seguir el camino marcado y casi obligado por un escudo: su carácter. “Nada, tenemos muy buenos fisios. Mañana, por ganar la final, como nuevos otra vez” confesaba en las ondas radiofónicas horas después. Y en la final, la decisión. Dubljevic le cierra el camino por su derecha, harto de ver triples de su rival desde ese lado. Llull vuelve por sus pasos y sin situación de ventaja, ni bloqueo ni nada que le hiciera falta, anotó un triple centrado que engordaba algo más los dos pírricos puntos de ventaja. En la siguiente y apresurada defensa, observa el despiste de Sastre al no ver el pase largo de Sikma, y presto, robó el balón y corrió hacia el aro, sabiendo que tenía que ser él nuevamente. Y sorteó a rivales -digamos que Luke Sikma solamente vio su estela-  y entró a canasta consciente que ahí casi estaba el título. Siete puntos por delante a falta de dos minutos. Lo volvió a hacer.

Fue la Copa de la reivindicación de uno de los mejores americanos que haya tenido el Real Madrid en su historia, con tan sólo unos meses de estancia en el club. Callado, ausente en conversaciones, pero omnipresente en su juego, Anthony Randolph llegó con sus brazos donde nadie más llegaba. Tapones de otro planeta (del planeta NBA), “alley-oops” de ensueño, suspensiones de gran elegancia y triples, bueno, el encajado por MoraBanc Andorra, que había que anotarlo. Miró a Carroll en la esquina y pensó “esta es mía, que estoy solo”. Y convencido. Si en los momentos más críticos fue Llull el dominante, digamos que uno de los grandes autores del armazón que sostenía durante el encuentro al Real Madrid, fue Randolph. 

(ACB Photo).
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Hablamos de una final de Copa marcada por la portentosa actuación de Bojan Dubljevic. De anotar 28 puntos porque dominó todos los registros, sean interiores o exteriores. Un fenómeno, que en su terquedad, jamás vio a su equipo derrotado. Como el resto de sus compañeros, que mostraron unos recursos defensivos donde ahogaron a las primeras de cambio al Gran Canaria, en la segunda mitad dejaron sin aire que respirar a los azulgranas y el Real Madrid encontró una última bocanada. Pedro Martínez debió estar más que satisfecho, viendo lacrado su sello en el parquet vitoriano, defensivamente como en su artesanal ataque. Y Sam Van Rossom que –¡al fin!- volvió a ser él, esperando su reafirmación en el equipo. Valencia Basket llegó al nivel de magnificencia, la que da el grupo conviviendo unos años ya, conocedores de la calidad unos de otros, que es superlativa. Porque tipos como Rafa Martínez o Fernando San Emeterio crean ese estado, en el día a día y en sus aciertos en la pista. Si no existiera Llull…

Hablamos de Rodrigue Beaubois y Shane Larkin en esta Copa. El nivel de excepcionalidad de ambos ascendía en los últimos minutos, cuando más pesaba el balón, cuando más había que decidir. Y decidían. El duelo frente al Real Madrid quizás será uno de los más recordados en la historia de la Copa. Desde principio a fin, sublime. Y los dos jugadores baskonistas mostraron no solamente sus acciones -hasta tapones a pívots rivales-, sino un deseo por ganar, espíritu máximo de este torneo, del que bebieron de su alma en su primera participación.

Y hablamos de Georgios Bogris, reboteando entre las torres baskonistas para pasar el balón al inspirado Grigonis en el último cuarto (capturó 7 rebotes ofensivos) y animar a su concurrencia con sus gestos a la grada, después de los miles de kilómetros que se habían desplazado. Que la Copa, aunque solamente fuese un asalto, valiese la pena para ellos también. Y de Georgi Shermadini, el pívot que deja claro que cada vez que el Real Madrid se enfrenta a él, sufre un absoluto vía crucis. Y el resoplido de Georgios Bartzokas cuando el F.C. Barcelona Lassa venció en un “match ball” de muchas cosas, al Unicaja en cuartos de final. Marcus Eriksson corría en círculos una y otra vez, aprovechando bloqueos para recibir y tirar en óptimas posiciones. Y esa receta funcionó y les sirvió -a él y a sus compañeros- para vencer a los malagueños, tanto como para la primera mitad ante los tanronjas. Sin embargo y es justo decirlo, este plantel azulgrana en cuadro -con la última lesión de cara a semifinales de Stratos Perperoglou, que fue ya el colmo de la mala suerte-, no está en condiciones de plantar cara a Valencia Basket. 

(ACB Photo).
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Hablamos de la Copa. Una fiesta en todo su sentido de la palabra. Aquí los aficionados vinieron a divertirse. Y aquella conga en las gradas con bufandas de todos los colores entre sus componentes, encierra ese espíritu. El de la fiesta y es espectáculo. Y el tapón de Rodrigue Beaubois a Ayón, el de la competición. La Copa. La famosa Copa de “…era campo atrás”, ya ven. ¡Aaaay, la Copa!