MAXICOPA ENDESA

MAXICOPA ENDESA
La Minicopa Endesa es un evento que late por sí solo

Antonio Rodríguez

Tener el privilegio de unos comentarios televisivos como los del maestro Aíto García Reneses, ensalzando las acciones en los chavales, nos daba la verdadera dimensión de lo que teníamos delante. La sensación que esta competición paralela tiene ya sello propio, que camina junto a la Copa del Rey pero no va de la mano de ella, porque posee su propia suficiencia, que late por sí solo, es ya completa. Es la Minicopa Endesa.

Esta iniciativa que tuvo su trampolín en la irrupción de Ricky Rubio en la edición sevillana de 2004, ya es un sello más. Ver las colas de aficionados esperando su entrada para disfrutar de este espectáculo, con el convencimiento que iban a ver eso, atraparon la atención del transeúnte vitoriano. Y es que realmente es algo digno de ver.

 (ACB Photo).
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Muchos entrenadores recalcaban no solamente el desparpajo de los jugadores (recordemos, nacidos como máximo en 2003. Por lo tanto, excepto los nacidos en Enero y parte de Febrero, todos con 13 añitos), sino la libertad para actuar. Que se equivocasen era una bendición que acompasaba a su toma de decisiones. Y en ese juego veíamos lo que eran capaces de hacer por instinto. Lo que han aprendido junto a la balanza del qué les inspira este juego. Y vimos joyas absolutas.

Ver las paradas que hacía Eduard Nogués tras bote, en un tiempo, para levantarse en suspensión o dar pase, eran de derretir a cualquier entrenador de formación. El desparpajo para tirar y tomar decisiones de Joseba Querejeta, sacando a pasear esa zurda desde distancias impensables para su físico y que acabasen dentro del aro -hasta que al jugador le rendía el cansancio-, provocaban gritos ahogados de asombro. Las posibilidades físicas de Pape Sow botando el balón y lanzando desde larga distancia, prometen una proyección tremenda. Y sobre todo, los dos protagonistas de la final, Real Madrid y Unicaja, que poblaron con una gran entrada el Fernando Buesa Arena.

Unicaja con chavales con cuerpos de niño, espigados, excelentemente coordinados para su estatura y con una iniciativa que quien tiene que decidir en una final NBA. Cómo conocían el concepto de líneas de pase, de espacios, de querer decidir y anotar. Decisiones equívocas en ciertos momentos -no muchos-, pero maravillosas equivocaciones. Esos cuerpos de niño y esa sapiencia baloncestística son una bendición, es reencontrarse con nuestro deporte por si en algún momento se ha vuelto disperso y esquivo. La decisión en el tiro de Rubén Domínguez (¿cómo es posible que haya un tirador así con esta edad?), las entradas de Iván Ruiz o el coraje y el temperamento que le pone al juego Marcos Balmori, reconforta y muestra que nuestro baloncesto sigue en buenas manos. 

(ACB Photo).
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Y el Real Madrid, el campeón, el escalón -o dos o tres escalones- por encima del resto. Proyectos de futuras estrellas o jugadores que vivirán del baloncesto. Kostantin Kostadinov, el MVP del torneo, con su 1.99 y que sabe hacer absolutamente todo y hacerlo bien. Una especie de un joven Erazem Lorbek más potente y atlético con unos fundamentos magníficos, que dominó no solamente por ello, sino por su hambre e inconformismo por ganar. Diego Maganto con la explosividad en sus arranques, que muestra que ya pueden existir piernas privilegiadas a estas edades (notable evolución física comparadas con hace 20 ó 30 años), Owen Aquino y su inacabable lucha bajo los aros, incluso el desparpajo en sus gestos de Miguel Allen, todos correctos, que por su calidad de invitado, tuvo escaso protagonismo, iban siendo pequeñas pinceladas para completar el cuadro de los campeones.

Ver a los chicos de Minicopa es bucear en lo básico de nuestro deporte, el motor que nos incitaba de pequeños a jugar. Las ilusiones, las ganas de aprender, de mostrar lo que uno sabe, la sana fiebre por el balón y el cesto, ejemplificado en unos niños que disfrutan por el simple gozo de jugarlo. Maxicopa, en definitiva.

(ACB Photo).
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