CERCANÍA DEL PERSONAJE

CERCANÍA DEL PERSONAJE
El fallecimiento de Craig Sager muestra la cara cercana del espectáculo

Antonio Rodríguez

El fallecimiento de Craig Sager muestra la cara cercana del espectáculo

Craig Sager ha sido capaz de entristecer con su fallecimiento, a todo el baloncesto mundial. A todos nosotros. A los 65 años de edad, su cuerpo dijo basta y perdió la batalla ante la leucemia. Pero solamente su cuerpo, porque hasta el último momento, su mente parecía dispuesta a, micro en mano, seguir haciendo entrevistas a pie de cancha a todos los jugadores NBA a su disposición. Porque todos estaban a su disposición. ¿Cómo es posible que, un tipo cuya arma era tal micro, que no era particularmente istriónico ni buscaba la fama con sus preguntas, sino que cedía todo el protagonismo a la respuesta del jugador, llegase a ser tan popular entre nosotros? Porque tenía el arma de la cercanía.

(Foto EFE).
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Han sido más de 30 años entrevistando en una cadena nacional. Piensen que ese concepto de “cadena nacional” en Estados Unidos tenía mucha importancia. En este caso, la TNT. O si no, repasen trayectorias en España de americanos que militaban en clubes de la Liga Endesa, cuando se enteraban que el partido iba por TVE, ese concepto de “van a verme en todo el país” y verán las actuaciones que se marcaban algunos. Para un enorme país como Estados Unidos, cuya primera emisión de baloncesto para su enorme territorio al completo -algo complicado de lograr en ciertos tiempos-, fue en 1968, tal concepción significaba mucho. Entre otras cosas, porque tampoco había tantos encuentros a nivel nacional.

Por otra parte, Craig Sager fue ganando a la gente desgastando poco a poco, sin prisa alguna, el muro que pudiera haber entre el jugador y el extraño entrevistando. Vale que el extraño con los años, se va convirtiendo en alguien familiar. Pero de familiar a entrañable, a formar parte de la familia, va un paso prolongado, que Sager supo dar. Y aquí volvemos a utilizar el concepto de cercanía nuevamente. Tenía un aspecto “andresmontesiano” a su manera, en muchas facetas. Andrés, que comenzó igual que Craig Sager, con cascos y micro en mano a pie de pista, intentando capturar al protagonista desde las ondas de Antena 3 radio, era un tipo que por su físico extravagante en una España en la que, como él decía, “era el único negro”, llamaba la atención. Pequeño y peculiar, todos los jugadores de nuestro baloncesto sonreían cuando les atrapaba tras pegarse la carrera, cruzándose el campo, para ser el primero en entrevistar al protagonista. Sager tenía, por encima de todo, ese toque a nuestro querido Andrés (¿o es al revés?), porque tuvo muy claro cuál era el sentido del espectáculo. 

(Foto EFE).
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“Una mañana, delante del espejo, pensé por qué no afeitarme la cabeza. Y todos los días, dentro de la ducha, lo hago” recuerdo que comentaba Andrés en sus primeros días tras su llegada a Canal+. Añadan el acicate de un abrigo largo, un sombrero, un maletín, y para el plató su incipiente pajarita. Y ya tenía creado el personaje, junto a su personalidad tan peculiar, única. Craig Sager también sabía que se iba moldeando a personaje. Y estudió cómo hacerlo y sacarle partido. Pensó que acrecentando su armario con brillos y glamour en sus chaquetas, esas “setenteras” que decía Kevin Garnett con un entrañable desprecio, lo lograría y se haría un hueco entre un mundo, el del inalámbrico, repleto de avispadas veinteañeras con gran dominio del deporte, embriagadoras de cámaras por el magnetismo que tienen con ellas.  Y entre ese paisaje, estaba Craig Sager. Ya era un tipo cercano a los jugadores, puesto que era su obligación estar junto a ellos tras los descansos y finales de partidos. Ahora tocaba el paso que el jugador pensase “yo quiero estar al lado de ese tío”. Y su indumentaria lo consiguió.

Perfectamente estudiada y perfilada. Camisa peculiar, chaquetas que, a veces se necesitaban gafas de sol para que no deslumbrase a la vista, el toque del pañuelo más pintoresco aún en el ojal y sobre todo, esas corbatas que le hicieron tan famoso. Ya estaba creado el personaje. “¿Cómo no voy a querer hablar con semejante tipo?” Aunque fuesen 20 puntos por debajo al descanso y el cabreo fuese mayúsculo, ver aquellas tonalidades en alguien que pretendía mantener la seriedad del momento, era para olvidar por un instante el drama de cualquier mal partido.

Estados Unidos es un país que vende espectáculo televisivo en las retransmisiones deportivas como nadie. Y sabe que, el “operario” a pie de pista va más allá de cuál es la reacción del entrenador, el número de espectadores que se han congregado en el recinto y dos preguntas al final. Va mucho más allá. Ellos deben tener la confidencialidad con los protagonistas en pista -o en los banquillos- como para extraerles pequeñas historias o anécdotas que nadie más sabe, que pocas veces salen a la luz, para cuando les den paso, contarlas en la banda, siendo enfocados por una cámara. Son un aporte fundamental en las emisiones de televisión. Aparecen con una prótesis explicando cómo la usa tal jugador que está lesionado, con unas cintas flexibles para mostrar qué utilidad tienen en la rehabilitación del hombro de fulanito, la historia de la inscripción en la zapatilla de alguien o si el trayecto en autobús del equipo al pabellón ha sido calmado, silencioso, vocinglero o alguien se arrancó a contar chistes. Contar a pie de pista todas esas nimiedades que en aquel país, no hay temor de ser contadas. Mostrar la cercanía de los dioses de la cancha desde la cercanía de un señor que gustar estar junto a ellos.

Y en todo ese circo, aparece Craig Sager. Algunos de sus mejores momentos son memorables. Porque el propio Craig llegó a saber que, dijera lo que dijera la madre naturaleza mientras la leucemia iba devorando su cuerpo, él quería estar sobre una pista de baloncesto, entrevistando a “su familia”, como lo había estado haciendo durante más de tres décadas. Porque le hacía feliz. Porque nos hacía felices. Tan sencillo como eso. Descanse en paz.