EPI, EL ETERNO

EPI, EL ETERNO
Con su inclusión en el Hall of Fame FIBA, Epi ya es un jugador eterno

Antonio Rodríguez

Con su inclusión en el Hall of Fame FIBA, Epi ya es un jugador eterno

Juan Antonio San Epifanio era un tipo siempre sonriente, afable, apoyado sobre una mesa en la redacción de deportes de Canal+, en aquel tiempo de comentarista televisivo, convertido a los pocos meses de su retirada, complementando así al hombre de negocios. Con aspecto casi paternal, a nuestro lado, jóvenes impetuosos componentes de aquella redacción, veíamos cómo el máximo anotador del recién finalizado Mundobasket de 1998 era Alberto Herreros, con 17.9 puntos de promedio y nos quejábamos amargamente que ya no existían los tipos que superaban los 30 como él. “Para anotar esos puntos, tienes que jugar casi 40 minutos, como hacía yo”, restando importancia al hecho. De su boca, parecía cumplirse la ecuación que jugar minutos equivalía a ese carro de puntos, como algo sencillo, alcanzable. Él precisamente. Juan Antonio San Epifanio, el tipo que ostenta el récord de anotación en la historia de la Liga Endesa (ACB como tal), con 54 puntos al Joventut. Él, que anotó 29 puntos en una primera mitad con la Selección Española, ante Alemania en el Eurobasket Atenas’87. El señor que nos sacaba las castañas del fuego, el que a base de encestar y encestar la canasta decisiva, priorizó la expresión para definir aquello del “Epi-sistema”. Pues ese señor, icono de una, varias generaciones, se ha convertido este fin de semana en un jugador eterno, siendo nombrado componente del FIBA Hall of Fame.

(Foto FIBA)
(Foto FIBA)

“A los catorce años jugaba de ‘5’. Hasta los diecisiete seguía jugando por dentro, de ‘4’. Con dieciocho empecé a salir por fuera, de ‘3’ y en mis últimos años era un claro escolta”. Maño, tozudo ‘como el que asó la manteca’, empecinado trabajador, incansable en sus interminables entrenamientos por conseguir que su tiro de larga distancia fuese infalible. “Hasta que no llegué a la Selección senior, no me di cuenta de mis posibilidades”. Y de ahí… a nuestros sueños.

Llegar al Super Epi que logró desde su falta de naturalidad, la suspensión más elegante que hemos conocido, median años de silencio en las gradas y susurro de redes en el Palau Blaugrana. Hoy día, quizás sus entrenadores pondrían ‘peros’ a su selección de tiro. Juan Antonio San Epifanio ha sido el mejor jugador de nuestra historia lanzando tiros delante, en las mismas narices, de su oponente. No era un virtuoso -ni mucho menos- del bote, por lo que al segundo, tercer bote, en busca del Epi-sistema, se levantaba con sus potentes piernas unas décimas antes que su defensor. Y éste ya estaba muerto. Pudieran meterse dentro de su camiseta, tener un bosque de brazos delante, que Epi no fallaba. Claro, los entrenadores rivales hoy día, tendrían el mismo gesto que los de hace 30 años. “¿Cómo es posible?”. Lo era.

Y con logros nacionales e internaciones llegó a ser nombrado el mejor jugador europeo de 1984, tanto por la publicación francesa “L’Equipe”, como por la italiana “Giganti del basket”. Dieciocho años defendiendo los colores del F.C. Barcelona, casi por un accidente. “Tenía muy claro que debía cambiar de aires para mejorar y estaba decidido a firmar por el KAS vitoriano en el que jugaba mi hermano Herminio. Sin embargo, el equipo se deshizo, Herminio fichó por el Barcelona y yo me vine aquí”.

(ACB Photo)
(ACB Photo)

Y la Selección Española absoluta, 13 años con la única excepción del Mundobasket argentino de 1990, donde una rotura de su muslo en la final de liga, provocó su ausencia. Y con él, soñábamos todos los españoles.  Y con ese estandarte nos podíamos pavonear por Europa en busca de medalla. “Tenemos a Epi”. Con 21 años ya era el jugador más determinante en ataque junto a Wayne Brabender. El líder de una generación, la “del Roseto”, que intuías que la historia de nuestro baloncesto iba a cambiar con ellos, como nos sucedió en el verano del 99 con los actuales ‘juniors de oro’. Un fenómeno. Un jugador eterno que, 21 años después de su retirada, sigue firmando autógrafos a los niños, impresionados al ver cómo les cambia la cara a sus padres con su presencia. El ídolo que fue limando su tosquedad reconocida. “Mi hermano Fernando ya era senior, Herminio, con dieciséis años, ya jugaba con los juniors. Y yo, en el equipo de minibasket. El entrenador nunca me hacía jugar y como éramos 15, acabó expulsándome del equipo. Decía que era muy torpe. ¿Y cómo se llamaba aquel entrenador? He olvidado su nombre”.

El FIBA Hall of Fame hoy luce un poco más. El gran ídolo tiene su corto nombre allí. Juan Antonio San Epifanio, EPI, a partir de hoy, además de ser mito, es eterno.