PREOLÍMPICO MONTERREY’68

PREOLÍMPICO MONTERREY’68
La exitosa cita mexicana tuvo los mejores preámbulos imaginables

Antonio Rodríguez

La exitosa cita mexicana tuvo los mejores preámbulos imaginables

 

Seguimos en Endesa Basket Lover con el repaso a los Preolímpicos. En esta ocasión, echamos la vista atrás y nos vamos hasta la ciudad mexicana de Monterrey, donde en septiembre de 1968, los españoles lograron el billete para los Juegos, con la mejor preparación previa posible: enfrentamiento ante los Cincinnati Royals (actuales Sacramento Kings) y ante Indiana Pacers. ¿Se imaginan eso hoy día? Pues piensen que sucedió hace 48 años.

 

Hay ocasiones en las que la expedición y los enviados especiales a ciertos eventos, por la magnificencia del torneo, por la grata experiencia o por el trato que les dispensaron allí, mantienen una huella imborrable. Japón en 2006, no solamente por el éxito deportivo, sino por el exotismo del país, estará siempre en los corazones de quienes lo vivieron. Cali en 1982, por las mismas razones. Y México, tanto en su Preolímpico de Monterrey como en los posteriores Juegos en 1968, ya por el mero hecho de degustar unos Juegos, segunda ocasión en la historia de la Selección Española, junto con esa aureola que aún existía de ser los representantes de la ‘madre patria’, fue algo que los escasos afortunados que allí acudieron, entre rechazos -algunas se aceptaron, pero la mayoría se debieron declinar- a mil invitaciones que tuvieron, jamás olvidarán.

Lorenzo Alocén, sin mucha suerte ante la majestuosa imagen de Mel Daniels, de Indiana Pacers.
Lorenzo Alocén, sin mucha suerte ante la majestuosa imagen de Mel Daniels, de Indiana Pacers.

Nuestros rectores federativos, comandados por Raimundo Saporta y Anselmo López, declinaron participar en un primer Preolímpico europeo, porque de las dos plazas que se repartían, tanto Yugoslavia como Bulgaria (que, como todas las selecciones del antiguo Telón de Acero, estaban un paso por delante en esos años de la Europa occidental) parecían ser demasiado favoritos como para jugársela en tal aventura. En cambio, un Preolímpico posterior, a modo casi de repesca, esperaba en Monterrey, sabiendo además que algunos de los no clasificados del citado torneo europeo, se quedaría descolgado y sin ánimos de una segunda intentona. Un solo grupo, cinco equipos y dos plazas sería lo que nos esperaba en esta segunda convocatoria.

Para preparar el asalto en tierras mexicanas, los nuestros se marcaron el tanto de tirar de relaciones amistosas. Lo que un chulapo madrileño diría ‘tirarse el pego de amigos’. Ed Jucker, entrenador de los Cincinnati Royals (repetimos, actuales Kings de la NBA), tras su exitoso periplo en la universidad de Cincinnati, donde fueron campeones de la NCAA, tenía lazos de cariño con los españoles. La invitación veranos atrás de la Federación Española para dar ciertos clinics en nuestro país, nos hizo descubrir que aquel señor traía consigo un baloncesto de otro mundo, haciendo ver que lo que en España se practicaba a principios de los sesenta, eran paños menores con lo que aquel elegante y afable señor explicaba. Le gustó el país, le gustó la gente y comenzó una relación de amistad con nuestros directivos. De hecho, para sustituir a Pedro Ferrándiz como seleccionador nacional en 1965 (en aquella aventura que tan sólo duró un año), algún diario se precipitó en fantasear que Jucker sería nuestro próximo seleccionador (nada más lejos de sus intenciones, pues acabó siéndolo un jovenzuelo llamado Antonio Díaz Miguel. Aquellos periodistas no tenían muy claro lo que era el concepto NBA). 

El recibimiento de viejos amigos del Real Madrid en Puerto Rico: Johnny Báez, Emiliano, Willo Galíndez, Freddy Borrás y Antonio Díaz Miguel.
El recibimiento de viejos amigos del Real Madrid en Puerto Rico: Johnny Báez, Emiliano, Willo Galíndez, Freddy Borrás y Antonio Díaz Miguel.

Bien, pues en el aeropuerto de Cincinnati, vía Miami, esperaba el bueno de Jucker, que se otorgó el encargo de recibir a la delegación española en su previo paso hacia México, junto a uno de sus jugadores. Si dijéramos hoy día que Lebron James estuviese en un aeropuerto esperando a nuestra Selección, sería como poco, chocante, aunque en estos tiempos, ya menos. Pues piensen que hace 48 años, aquel invitado por Jucker era nada menos que Oscar Robertson, el Lebron -si no más- de la NBA de los 60, que junto a su esposa, disfrutaron de una velada con nuestra Selección en casa de los Jucker. Serio y educado, lo recuerdan, dentro de una apacible y muy agradable noche.

Todo ello, como preámbulo a un enfrentamiento amistoso con el equipo de los Royals, que si en septiembre sonaba raro, su entrenador ya les había animado a que jugasen, convenciendo incluso a un árbitro de allí para dirigir el evento -el otro fue el colegiado español Santiago Fernández, que formaba parte de la expedición nacional que actuaría en Monterrey-. Un resultado de 127-92 no disimulaba cierta impresión al enfrentarse a tipos como el propio Oscar Robertson, Jerry Lucas, Tom Van Arsdale o Adrian Smith. Al día siguiente, Jucker dirigió una selección de universitarios que su poder de convicción ya demostrada, había formado. 122-104 y otra vez buenas sensaciones, a pesar de ser dos mundos tan distintos y resultados abultados. Y para rematar este trayecto casi de “reina por un día”, tras viaje a Detroit, vuelo hasta Indianapolis, donde esperaban los Indiana Pacers, franquicia de la recién creada ABA, que acabó siendo el gran dominador de ella, hasta la absorción por su hermana mayor, la NBA, en 1976. Poder jugar frente a los dos pívots más dominantes de esa liga -y posiblemente del país, pues en la NBA no era una época de grandes centers-, como Mel Daniels y Bob Netolicky, era todo un privilegio que aprovechó Clifford Luyk para aventurarse a lanzar ganchos, uno tras otro, pleno de acierto, para acabar anotando un total de 26 puntos y que hasta dirigentes de los propios Pacers, acabaran preguntando, interesándose por él. Su vida ya estaba en España y eso ya no tenía vuelta atrás, les espetó. 

Momento del recibimiento en el aeropuerto de Cincinnati: Lluis Cortés, Ed Jucker, el doctor Jorge Guillén y Oscar Robertson, charlando con Díaz Miguel.
Momento del recibimiento en el aeropuerto de Cincinnati: Lluis Cortés, Ed Jucker, el doctor Jorge Guillén y Oscar Robertson, charlando con Díaz Miguel.

Antes de comenzar la aventura en Monterrey, también destacar que previa a esta aventura en Estados Unidos, se hizo una parada en San Juan de Puerto Rico para enfrentarse a la selección boricua y allí aprovechar y reunirse en un par de cenas con viejos amigos -y por desgracia, bastante olvidados en nuestro baloncesto-, como Johnny Báez, Freddy Borrás y Willo Galíndez, aquellos chicos que por estudios, aterrizaron en Madrid en la década de los 50 y que con un baloncesto mucho más avanzado que el español, desde las filas del Real Madrid, mostraron un salto cualitativo que nos ayudaron a acometer para el futuro.

Nuestro grupo en el Preolímpico, de donde saldrían dos plazas, estaba compuesto por Indonesia, Uruguay, Australia y Polonia. Y nuestra selección para encarar tal travesía, sería esta:

La ilusión era máxima. Exceptuando los veteranos Emiliano, Buscató, Alfonso Martínez, Codina y Jorge Guillén (ahora, en calidad de médico de la Selección), para todos era la primera experiencia olímpica. Y tales ganas se vieron el 27 de Septiembre, donde se debutó ante Indonesia, el plato más flojo de todos los rivales, a los que se venció sin problemas por 105-69, con 19 puntos de Chus Codina y 17 de Clifford Luyk, ante el asombro de un tal Hendrawan, que anotó casi la mitad de los puntos de su equipo (30). Y ahora empieza el lío. Porque lo hubo.

Siguiente parada, dos días después: Uruguay. Pequeños, duros, rocosos, protestones hasta la saciedad, marrulleros y de lo más competitivos. Con tales “armas” delante, el partido era para ganarlo, porque para enmarcarlo no iba a ser. Se ganó 68-63, ya que Emiliano y Buscató (18 puntos cada uno) destacaban en talento respecto al resto. Pero costó lo que no está en los escritos, aunque “escritos” quedaron las magulladuras y moratones en el cuerpo de los nuestros. Fíjense si eran duros, que en la siguiente jornada frente a los polacos, aún con una clara superioridad de los europeos ante nosotros, su frialdad no supo gestionar las artimañas y fogosidad sudamericanas, y acabaron claudicando por 68-63.

Nuestro siguiente rival era Australia, que había perdido ante Polonia (68-64) en la primera jornada y tampoco sin muchas florituras, ganaron a Indonesia (58-51). Su imagen ante los españoles no fue buena, pues se les ganó por un abultado 85-66, con 25 puntos de Clifford Luyk y 22 de Emiliano, con la sola oposición de Linday Gaze (20), padre del histórico Andrew Gaze, entrenador del hijo en los posteriores Juegos Olímpicos en Los Angeles’84. Tres victorias nos daba pie a optar con claridad a alguna de las dos plazas. Quedaba el último rival: Polonia. 

Nino Buscató fintando ante Nick Van Arsdale, en el encuentro ante los Cincinnati Royals.
Nino Buscató fintando ante Nick Van Arsdale, en el encuentro ante los Cincinnati Royals.

Polonia, nuestra bestia negra. Polonia, los que llevaban 6 enfrentamientos consecutivos ganándonos en un periplo de 9 años. Selección que había buscado esta repesca tras el fallido intento en Sofía en el Preolímpico anterior. Y aquí entraba la faena, pues si no hubiesen perdido con los uruguayos, estaríamos ya clasificados. En esta situación, ambas selecciones estaban con una derrota en vísperas de la última jornada. Y el basket average estaba de la siguiente manera:

  • España: + 5
  • Polonia: - 2
  • Uruguay: - 3

Echando cuentas, incluso nos valía con perder por hasta 7 puntos. Si una derrota por esa diferencia o menor clasificaba a ambos, no habría mucho que decir para entenderse en este último enfrentamiento. Aunque con los polacos, pocas cábalas. Justo Conde, periodista del diario “Dicen” y director de la revista especializada en baloncesto “Rebote”, le gusta comentar que en la cafetería del hotel estaban en mitad de estas cuentas, cuando se presentó Raimundo Saporta, con un “…y estoy convencido que el gilipollas de Damiani (presidente de la Federación uruguaya) no se ha percatado que la mejor posibilidad de clasificarse para ellos, es la de que Uruguay mañana pierda con los australianos”. Ante la cara de asombro de la concurrencia, comenzó a explicar que, si a ellos tan sólo les valía con una victoria -improbable- de España ante Polonia, si perdían en el encuentro anterior ante los oceánicos, nos clasificaba automáticamente y con esa relajación, podríamos afrontar a modo de despedida, el asalto a los dichosos polacos. Así que a la mañana siguiente, día de partido, Justo Conde se pasó por el hotel donde residía la expedición uruguaya para realizar una supuesta entrevista radiofónica al tal José Pedro Damiani y tras ella, dejándolo caer, comentarle tal teoría. Ni por lo más remoto, tal señor había contemplado esa posibilidad. No se sabe de las posibles y supuestas “medidas” uruguayas, pero jugaron un partido ante los australianos malo de solemnidad, que con la habilidad de su jugador Hernández, decidió para los suyos, venciendo por 78-76. Así que, tocaba al menos, no perder por más de 7 puntos con los polacos, que de lo que se trataba, era clasificarse.

Dos acciones de Alfonso Martínez batallando ante la estrella de la NBA, Jerry Lucas.
Dos acciones de Alfonso Martínez batallando ante la estrella de la NBA, Jerry Lucas.

Y se jugó un partidazo. Clifford Luyk, que ya comenzaba a acusar los problemas en la rodilla que le lastraron durante los Juegos Olímpicos, anotó 26 puntos y Vicente Ramos, 20. Sin embargo, la maldición seguiría vigente (hasta el Preolímpico de 1976, 17 añitos que duró la penuria y 12 derrotas consecutivas ante ellos) y se perdió por 82-83. Gloriosa derrota por un punto, que dio el pase a nuestros segundos Juegos Olímpicos, los primeros para Clifford Luyk (orgullosísimo ante tal oportunidad, impensable hace años para él) y para el seleccionador Antonio Díaz Miguel, que con menos de tres años en el cargo, encaraba su primera cita olímpica de las 6 ocasiones que pudo disfrutarlas. Para saber lo que sucedió en aquel torneo, Javier Ortiz publicó este artículo para Endesa Basket Lover.

Hemos colado la anécdota de Raimundo Saporta, el dirigente más brillante en la historia del baloncesto español, casi a modo de homenaje. La red está cargada de artículos sobre su figura. Pero aquí incluimos también otra pícara anécdota, que explica su cariño y ayuda por la Selección Española, consciente siempre de las posibilidades de nuestro equipo.               

Tras viajar a México, Distrito Federal, ciudad donde se disputarían los Juegos, se produjo unos días antes, el sorteo de los grupos. Durante el vuelo entre una ciudad y otra, Saporta se sentó al lado de Antonio Díaz Miguel y Emiliano, requiriéndoles qué tipo de grupo les gustaría tener, importante para intentar disputar las plazas posteriores del quinto al octavo, verdadero objetivo de nuestra Selección. A Emiliano le daba igual el cabeza de serie, aunque le hacía ilusión Estados Unidos por delante de la URSS. De los del grupo de cola, africanos o asiáticos tampoco serían ningún quebradero de cabeza, pero sí los que pudieran equipararse a nuestro nivel, Emiliano los quería en los días finales…y por encima de todo, que no tocase Polonia. “Si puede ser un Italia, al que ya conocemos… Pero que no sea Polonia”. Todo ello apuntado en una servilleta del avión.

El día del sorteo, con protagonistas de diferentes delegaciones, con el sistema de papeles doblados, Raimundo Saporta saludó a los periodistas que fueron testigos de aquella conversación de avión, presentes en el acto y tras un parco y amable saludo, les dejó la tan famosa servilleta delante de ellos. Pues el sorteo deparó a los Estados Unidos el primer día, se evitó a Polonia, e Italia nos esperaba en la última jornada de esta primera fase. ¿Cómo se logró? Saporta siempre fue de los de “hay cosas que mejor llevárselas a la tumba”.