¡VIVA LAS VEGAS! Cap.4

¡VIVA LAS VEGAS! Cap.4
Jugadores que homenajean al baloncesto

Antonio Rodríguez

Jugadores que homenajean al baloncesto

Kyle Anderson cae bien a todos. O debiera caer bien a todos. El alero de  2.06 de San Antonio Spurs nos ganó cuando tras su primer año, en una charla a unos niños en un campus veraniego, confesaba que le apasionaba el juego de colectivo de los Spurs, su generosidad y perfección, como mejor ejemplo para ellos. Soñaba con jugar allí algún día. Al verano siguiente, Anderson fue elegido en el último puesto de la primera ronda (nº 30), precisamente por San Antonio Spurs, vigentes campeones de la NBA en aquel momento. 

No hay mejor combo que baloncesto y el espectáculo de Las Vegas.
No hay mejor combo que baloncesto y el espectáculo de Las Vegas.

Estoy convencido que nadie tiene mayor amor al baloncesto que jugadores del tipo Kyle Anderson. Tipos que cuando descubren este deporte, tienen una conexión instantánea. Que más allá de mirar con envidia las capacidades atléticas que otros jugadores tienen y ellos no, sin buscar lamento o resignación, siguen profundizando en el arte de este juego para seguir perfeccionándolo, para seguir destacando entre los atletas y con ello, seguir disfrutándolo más. Destacar, llegar a la NBA. Jugar una liga de verano ante rivales a los que les va el pan en ello y muestran todo su físico y fiereza, y en ese entorno, ser el mejor (MVP en la pasada edición de esta Summer League de Las Vegas en 2015). Y así, seguir viviendo en la NBA. Bota bien hasta el punto de haber sido base en ocasiones con la universidad de UCLA. Mueve muy bien los pies, tiene un más que correcto tiro exterior y sabe pasar la pelota. Es en definitiva, un estudioso de este juego. Y todo ello, sin que le acompañe “la carrocería”. Que sus compañeros en los Spurs le hayan bautizado como “Slow-Mo” por la lentitud de sus movimientos, trasciendo en algo más que la anécdota, porque es definitorio: Kyle Anderson es un jugador lento cuyas facultades físicas son bastante limitadas. Pienso honestamente que los Spurs se marcaron un homenaje al baloncesto eligiéndole en el draft, cuando pudieran quizás, elegir a cualquier otro tipo más provechoso. Pero siendo campeones y teniendo de todo en el plantel, se pegaron tal gustazo. Porque Kyle Anderson es el baloncesto en sí. “Sabe jugar. Pero ¿puede jugar?”. A ellos les dio igual. A nosotros nos debe dar igual, porque es un jugador de baloncesto. Como lo era John Pinone o Corny Thompson y por sus limitaciones, no pudieron estar apenas en la liga. Ya veremos cuál es el recorrido de nuestro protagonista (me encantaría que tuviera una larga carrera). En caso contrario, lo único que debiera ser diferente son los ceros de su cuenta corriente, que tal y como se está poniendo el mercado y la enorme grieta entre sus finanzas y las del resto del mundo. Pero para los que disfrutamos con este deporte, verle en un sitio o en otro nos debiera ser indiferente, siempre y cuando tengamos la ocasión de contemplar su baloncesto. Como en esta Summer League.

 

Dejounte Murray, un rookie para un futuro exitoso

Los tiempos cambian. San Antonio Spurs está en proceso lento de reconstrucción, sin tener por ello, que abandonar la élite. A la edad de Parker y Ginobili, se une la recientemente anunciada retirada de Tim Duncan, santo, seña y brújula que guio a la franquicia texana a ser la más exitosa de cualquier liga profesional en su país en los últimos 20 años. Ahora las estrellas del equipo se llaman Leonard, Aldridge y llega Pau Gasol. Pero se sigue necesitando algo más. Y en el draft 2016, en un puesto nada alentador, San Antonio Spurs eligen a Djounte Murray, un jovencísimo escolta de 19 años, procedente de la universidad de Washington. Y han acertado de pleno. Sin la búsqueda del orden aferrado a unos sistemas de juego que da el juego universitario en su único año vivido allí, a Dejounte se le ve una facilidad para jugar al baloncesto fresca, grácil, de rápido entendimiento. Perfectamente pudiera ser base a no mucho tardar. Y posiblemente en su juego, haya mucho de instinto. Son muchas las horas de aprendizaje sobre este deporte las que le quedan, pero muestra la frescura y la búsqueda del éxito de la franquicia que lo ha elegido en el draft.

Kyle Anderson, un verdadero jugador de baloncesto.
Kyle Anderson, un verdadero jugador de baloncesto.

Este jugador liviano de 1.95 y tan sólo 77 kilos de peso, con brazos larguísimos, da una sensación de atrevimiento y seguridad a la vez que embauca. En esta liga de verano se le ven recursos para el uno contra uno, para lanzar en suspensión (el acierto de la larga distancia, irá llegando con los años), para entrar a canasta con ambas manos, para saber pasar a la continuación del bloqueo incluso en momentos de dificultad. Su arrancada y primer paso son muy notables, facilitándole gran parte del trabajo cuando decide visitar la zona, a la que se aventura por el equilibrio en el aire que posee y el “touch” final que da al balón para sortear pívots. Talento quizás algo oculto, aunque llegase con gran fama desde high school, puede que San Antonio haya encontrado en él una respuesta. Y el aficionado, una protagonista para esa etiqueta que tanto le gusta hacer del “robo del draft”. El tiempo lo dirá, pero crean que cuando revisemos este verano dentro de 5 años, pueda ser in candidato a ello.

 

Bobby Portis, el trabajo del colchón y el empujón

Seguro que lo han visto en multitud de ocasiones en entrenamientos individuales. Cómo un operario del club, para entrenar de forma individual a un hombre alto, agarra una especie de colchoneta cuadrada de un metro de largo aproximadamente y choca, golpea y empuja hacia fuera al pívot en cuestión para sacarle de la zona cuando pretende jugar de espaldas al aro. A que se habitúe a los empujones y el juego físico. A que, a pesar de esas hostiles condiciones, no pierdas el equilibrio en el salto y se aprenda a soltar el balón con el toque justo para que caiga en la canasta. Bien, pues con el actual center de Chicago Bulls, Bobby Portis, ha tenido que haber mucho de eso.

Bobby Portis era un tipo grande en la universidad de Arkansas, pero no muy contundente. La especialidad en este jugador criado en Little Rock, era la suspensión. Y Chicago vio en esa muñeca una oportunidad de hacer abrir defensas, de dejar espacios para que Derrick Rose, cuando estaba en sus filas, entrase a canasta. Hoy, para Bobby Portis, la responsabilidad es grande. Pau Gasol se ha marchado. Joakim Noah se ha marchado. Llega su momento y así lo espera Fred Hoiberg, que lo confesó abiertamente en los micrófonos de la cobertura televisiva de esta Summer League. Y hay que trabajar duro, al margen de la facilidad para anotar suspensiones. En su temporada rookie, a los 17 minutos de promedio en sus 62 partidos disputados, Portis ha añadido un trabajo silencioso para mejorar el poste bajo. Y los resultados están saltando a la vista en Las Vegas. Duro, sabe utilizar una buena gama de recursos sin perder la posición ganada: suspensiones cortas, contra tabla, uso de ambas manos…y sobre todo contundencia y efectividad cuando físicamente es superior a su rival, como le vimos en sus enfrentamientos ante Boston Celtics y San Antonio Spurs (con 17 y 18 puntos respectivamente, con 16/28 en tiros de campo acumulados en ambos), aprovechando sus 2.10 de estatura. Eso es lo importante: saber usar la superioridad. El optimismo con él crece en Chicago, ahora que todos somos testigos de la evolución de su pívot. Por el camino, mucho trabajo hasta llegar a este escaparate.

Dejounte Murray, una posible futura estrella.
Dejounte Murray, una posible futura estrella.

Larry Nance Jr., genes voladores y trabajo exterior

Por la cercanía con Los Angeles, el equipo que más simpatías acarrea en Las Vegas, por número de aficionados, son los Lakers. En su encuentro ante los Sixers, hubo un momento en que las gradas eran todo un clamor a los vítores de “Larry, Larry!”. Y no, ni era el Boston Garden ni era Larry Bird, ni esto es una máquina del tiempo. La aclamación era para Larry Nance Jr., toda vez que se encaró con mucho éxito ante Ben Simmons, robándole en varias ocasiones el balón y finalizando jugadas con espectaculares mates.

De casta le viene al galgo y aunque este alero de 2.04 de estatura (tres centímetros menos que su padre) salte una barbaridad, no le llega en esa faceta. Pero sí ha conseguido algo de él: ser buen tipo, parecerlo hasta en la cara. Humilde, afable y trabajador, muy trabajador, Larry Jr. cada vez está siendo más importante en los esquemas de unos Lakers que necesitan ayudas de todas partes. Si su faceta en la universidad de Wyoming era más interior, ahora se está reciclando en un alero puro. Su enorme físico ayuda, sus piernas, no solamente poderosas, sino rápidas, le hacen desenvolverse bien en el perímetro. Trabaja el manejo del balón y el tiro exterior. “Sí, todas las mañanas voy al gimnasio a entrenar el tiro de larga distancia con Tracy Murray (antiguo jugador de la universidad de UCLA y buen triplista en su periplo NBA). Es la faceta que más quiero trabajar de cara a la próxima temporada”. Y está en ello. De un ala-pívot potente en college, estamos viendo una evolución a un “3” con gran fuerza física, que aprende manejo de balón, entrada a canasta y la posición básica defensiva de un escolta, como para llegar con la mano a tocar muchos balones. Estamos delante de alguien cuya progresión en las próximas temporadas, me intriga. De momento, el público se deleita con sus mates, cómo aborda el tablero contrario y sus transiciones. Que para los 22 dólares que vale la entrada para toda la jornada, está más que justificado.

QUÉ NO DEBES HACER EN LAS VEGAS: Es de perogrullo, pero créanme que tienta: caminar por la calle. La temperatura está entre 45-47 grados por el día. Uno pasea por la strip, la avenida principal de los hoteles y te encuentras con montones de vendedores ambulantes, a su soniquete de “Cold water, cold water!” (con su acento, es más un “cul uora, cul uora”). Nada de cervezas, de refrescos. Agua. Fundamental. Lo bueno que tiene Las Vegas es que todo está muy cerca. Y uno, desde la habitación de su hotel ve el Cox Pavilion, el Thomas & Mack Center al alcance de la mano, a 800 o 1000 metros, no más. ¡Es que está al lado! No intentéis hacerlo andando. Aún con provisiones de agua, de gorra, evitaréis las raras miradas de los tipos que te ven desde sus coches como un bicho raro caminando por la solitaria acera durante el trayecto. Evitaréis una camiseta empapada de agua -porque al tercer sorbo de la botella, se prefiere derramarla encima que beberla- y cuando llegues, evitarás unos veinte minutos de semi-mortandad en los baños, buscando discreción, lavándote la cara, ignorando las pegatinas en las paredes del “Cuida el agua. Ahí fuera hay un desierto”.