COPA DEL MUNDO U17 (I)

COPA DEL MUNDO U17 (I)
Editorial

Antonio Rodríguez

Finalizó la Copa del Mundo U17 en Zaragoza, en su categoría masculina y femenina. Un experimento de contrastado éxito el hecho de aglutinar en una misma sede ambos eventos. El ‘Mundial juvenil’ si nos ciñéramos al lenguaje de 30 años atrás, ha tenido un aroma a éxito, tanto organizativo como sobre todo deportivo. Sea en el pabellón Siglo XXI como el pequeño y coqueto recinto ubicado en la población colindante de Utebo, han mostrado el colorido del baloncesto mundial. Colores, muchos colores.

Y es que el baloncesto de estas categorías tiene esta gama tan variada de tonalidades. Tiene esencia. La de sus países de origen, aún intacta. Charlando con los padres de uno de los jugadores de la Selección Española, tras la amarga derrota en semifinales ante Turquía, les intentaba hacer comprender que la esencia de los turcos es, en situaciones comprometidas y finales igualados, ganar. Son los más competitivos y parecen auténticos veteranazos cuando en realidad son tan sólo unos críos -no hay más que ver la cara de los chavales- y eso significa, que no cometen errores en los momentos en los que el error pasa factura de manera doble. Pues así lo mostraron los turcos, que sin un equipo brillante ni mucho menos, se auparon hasta la final.

(Foto FEB).
(Foto FEB).

Los propios españoles también alardearon de la suya: raza, poca estatura, rapidez ejemplificada en las cabalgadas de Sergi Martínez corriendo toda la pista. Australia, tan dados a apoyarse en su robustez física y solidez en todos sus hombres, como poco lugar a la imaginación y sí a la efectividad; los chinos, en su alegoría a la rapidez y al fundamento técnico, los bosnios (únicos representantes balcánicos), con su buen baloncesto y la antigua genialidad plavi (también sus malos modos en algunos de sus componentes), los lituanos, bombarderos desde el tiro exterior y competitivos al máximo…y los estadounidenses, por supuesto. Estados Unidos volvió a dar una lección en la final, dejando claro que su baloncesto, a nivel físico y técnico -sin estar nada mal tácticamente-, está a unas cuantas lunas de distancia del resto del mundo. La imagen de la final era calcada a la de hace 40 años, cuando casi les bastaba con su fortísima defensa, provocar pérdidas y salir escopetados al contragolpe. La asfixiante presión al balón, a las líneas de pase, obligar a los rivales a hacer cosas poco habituales, eran recetas con las que USA vivió y les bastó hasta Seul’88. Luego, hubo que dar un paso más a la calidad. Sin embargo en estas categorías, cuando llevan una buena selección (y esta lo era), las diferencias son abismales.

Zaragoza fue lugar de concentración de un ejército de entrenadores NCAA, en busca de reclutar su chaval. Por allí vimos a John Calipari (Kentucky), Matt Painter (Purdue), Michael Curry (ex NBA y ex Girona, actualmente en Florida Atlantic, junto a su inseparable asistente, el zaragozano Jorge Sanz), decenas de asistentes de Oregon, Florida, Fordham… y ni que decir tiene, scouters de todos los equipos NBA. Fue el punto de encuentro durante casi dos semanas, escaparate del baloncesto mundial.

Foto FEB).
Foto FEB).

Ciudad de baloncesto, orgullosa Zaragoza, dio un cuarto puesto a España muy meritorio (que las dos últimas derrotas no desluzcan la brillante labor previa), un brillante equipo yankee y un puñado de grandes proyectos de futuro que a partir de ahora, en esta web, daremos a conocer.