PAMESA VALENCIA Y EL VÉRTIGO DE LOS 1000 PARTIDOS

PAMESA VALENCIA Y EL VÉRTIGO DE LOS 1000 PARTIDOS

Antonio Rodríguez

Porque han sucedido muchas batallas en La Fonteta, en canchas europeas, en toda la geografía española. Que aquello de Pamesa Valencia sonaba a novedad, hasta que ganaron una Copa del Rey. Ya no eran tan novedad. Y llegaron a tener su icono nacional, el producto valenciano en el que fijarse, en el que reflejarse. Nacho Rodilla hizo mucho más bien en la ciudad de lo que pensamos. En la Fontenta lo tendrán claro, pero quizás en el resto de la geografía ACB, nos tengamos que detener y pensar. A nada que recordemos, caemos en la conclusión lo que lideró aquel base futurista, extensión del gran Miki Vukovic en pista, atlético, agresivo, anotador, que controlaba el tempo del partido a la conveniencia y vaivenes de las victorias de su equipo. Que creaba fotos para posters y ayudaba a ganar a partes iguales.

Luego llegaron los dineros, las fuertes inversiones que no se avalaban siempre con los mejores resultados si lo asociamos con los ceros de aquellas nóminas. Sí dieron algunas alegrías con Euroliga, una final de Liga Endesa incluso. Pero no tuvieron la misma continuidad que la inversión realizada. Cuando apretaron la mano porque la crisis afectó a nuestro baloncesto, se compraron lupas para fichar. Y ellas mostraban los defectos del mercado y se puso el ojo en lo bueno, bonito y más barato. Y curiosamente ahí, en tal panorama, la ciudad se relanzó con su “Cultura del esfuerzo” para volver a ganar, para estar a un partido de la Final Four de Euroliga, a una canasta sobre la bocina de Marcelinho de…¿ser campeones de liga? –yo así lo creo-, para estar imbatidos en la actualidad. Los únicos de todo el continente.

Todo esto da vértigo si ahora vemos las expectativas del Pamesa Valencia en 1988, el novato. Cuando pasaron lista, dio un paso al frente junto a otros ocho reclutas dentro del pelotón en formación de la Liga Endesa. Porque la ebullición del baloncesto español era tal, que en su primera categoría había cabida para 24 equipos, 24 ciudades y miles de ilusiones en cada una de estas plazas. Incrementar la competición en ocho nuevos invitados. Pamesa Valencia se presentaba con un entrenador carismático, Antonio Serra, ganador de la liga española (cosa que muy pocos podían decir) con dos equipos diferentes. Con la estructura del base-alero-pívot de confianza, en Roberto Íñiguez, Sergio Coterón y el estadounidense Clyde Mayes, los que obraron el ascenso. Y como un recién –y novato- ascendido, preguntaron en el mercado y se hicieron con los servicios de aquel base jovencito que había en Badalona en los últimos años de Antonio Serra allí, ya un veterano de mil batallas, Manel Bosch, más Eduardo Clavero y Miguel Ángel Pou. Había que pensar en una estrella que fuese el reclamo del equipo para una ciudad que había suspirado por su Valencia C.F. durante años y llorado un reciente descenso al infierno de Segunda División. Y se miró al Real Madrid. Y allí estaba Brad Branson, que con la llegada de Petrovic y el cambio de estructura, allí no tenía cabida. ¡Demonios, era Brad Branson! Y si había que cargar unas cuantas cajas más de pavimento Pamesa, pues se hacía. Pero el esfuerzo valía la pena.

Y así arrancaron y así empezaron en aquella Fonteta con un anillo menos de gradas, tocando a las puertas del aficionado poco a poco. 12 victorias y 27 derrotas. Ese fue el inicio. No crean, que eso duró poco. Que las victorias empezaron a caer según iban llegando tipos como “Indio” Díaz o Larry Micheaux, grandes atractivos del mercado de entonces. Y la victoria se sentía cómoda en las gradas de La Fuente de San Luis. Y allí se quedó. Desde aquel 1988 da vértigo la velocidad y la evolución que dan 1000 encuentros. Honrados de tener un equipo así, es de justicia aplaudir al equipo este fin de semana, con su equipación del recluta, la del nº 1 en unión con esta nº 1000, seamos testigos de ello. Aunque uno lo piensa y mil encuentros no son nada.