LA FASCINACIÓN DE AQUELLOS CELTICS

LA FASCINACIÓN DE AQUELLOS CELTICS

Antonio Rodríguez

La recepción Real, el encontrarles en un McDonald’s en la mismísima Gran Vía madrileña comiendo, “El terrible” escrito en la sudadera de Danny Ainge…todas las anécdotas que podamos contar de la visita a Madrid de los Celtics en aquel Octubre de 1988, que formó parte de nuestras vidas. Curiosidades que envolvieron de una forma entrañable lo que de verdad vinieron a hacer a Madrid: jugar al baloncesto.

                Cuando se posaron en la pista del Palacio de los Deportes para realizar la tarea por la que realmente les pagaban –y mucho-, es cuando se podía comprobar la fascinación que sentíamos por aquel quinteto mítico, por aquellos uniformes que, como mencionamos en el “Momentos épicos” dedicado al encuentro frente al Real Madrid, reflejaban a la vista más relucientes y con un verde más intenso que la sobriedad que se intuía en televisión. Pues sus uniformes eran como el catálogo en una agencia de viajes, que te dicen que en directo todo es mucho más atrayente. Y lo eran.

Hablemos de baloncesto. De lo que su juego suponía a ojos de un españolito, a ojos de unos rivales terrenales y no esos Dominique ni MJ ni Bad Boys que les ponían a prueba. Un equipo puntero en Europa, como el Real Madrid.

La cultura de rebote defensivo que tenía aquella gente. Sí, sabíamos que defender tu propio tablero es importante. Pero aquellos Celtics lo seguían a rajatabla, magnificando su importancia. La ferocidad con la que iba Robert Parish a cada rechace, con esas manazas a las que parecían ir todos los balones, me llamó poderosamente la atención. McHale también iba como un poseso por el balón y  tipos con Ainge y jugadores exteriores, bloqueaban el rebote y saltaban a rechaces largos, como si fuese la última pelota del partido. El bloqueo del rebote era contundente. No daban el más mínimo resquicio para capturarlo. En sus manos, cada posesión era oro y sus posesiones, empezaban por ahí. Fue impactante.

Los pases. Sí, sabíamos que aquellos Celtics pasaban muy bien el balón, lo del extra-pass, que eran maestros en ello… Pero verles en directo hacer ciertas cosas, era provocar el asombro. Rebote defensivo de Parish, Ainge que había salido corriendo segundos antes, y el ‘doble cero’ (cómo molaba ver esa camiseta en la vida real, con ese número tan peculiar) soltar un pase desde su canasta a la contraria, con un latigazo de su brazo, medido, perfecto, justo para caer en las manos de Ainge, que teniendo fuerte oposición de un defensa, supo coger y dejar dulcemente en el aro. No había visto un pase así de perfecto en directo mi vida. Seguimos con la retahíla de los pases.

Larry Bird ve que acaba de salir un chaval a marcarle cargado de entusiasmo, un tal Cargol. Pues Larry, tranquilo, se va hacia canasta seguido por el chaval y se para cerca del aro, mientras ve todo el tráfico de bloqueos, cortes por la zona, tráfico intenso en general. Asoma la cabeza hacia su base que botaba el balón,  cuando Cargol solamente tenía ojos para Bird (error de no mirar al balón) y vemos un pase que pasa entre los ocho jugadores restantes, hasta caer en sus manos y anotar bajo el aro, de esos que solamente teníamos el privilegio d ver a Delibasic -lo que nos demostraba que Delibasic podía jugar allí más que sobrado- y que si esos pases los hacían con la misma naturalidad con la que jugaban, estábamos ante algo excepcional.

Larry Bird tenía un capítulo aparte. Larry Bird, el tipo lento, el de los mil recursos. ¿Cómo era capaz de jugar así? Como ya he explicado, jugaba mucho con el factor sorpresa. Parecía pulular por la pista y de repente, una mirada, una reacción explosiva en una arrancada y ¡zas!, que recibía y la jugada tendría final feliz para ellos. Porque sin ser atlético, sí jugaba con ese factor sorpresa en el que ganaba  medio segundo respecto al defensor. Suficiente para él. Pero más me impactaba cuando tenía el balón en las manos. Llegué a asimilar y comprender aquello que no entendíamos del ‘¿Por qué no se le marca más fuerte, más encima?’. Y es que Bird era un tipo que amenazaba constantemente con el pase. Siempre. En cualquier momento podía dejar de botar y soltar el balón hacia un compañero con toda la precisión. Esa sensación se convertía en fobia para el rival. Una fobia del “ay, que lo pasa. Ay, que lo pasa” permanente, en el que Bird conseguía mientras, llevar a su defensor al terreno que le convenía y anotar más fácil. Hoy día, cuantos jugadores podemos ver que están botando y que durante algunos segundos, tienes la absoluta seguridad que no van a dejar de botar.

Su paso atrás para lanzar las suspensiones. Si tenía efectividad delante de tipos como Rodman o Wilkins, que le exigían hacerlo más rápido y elevar el arco del balón un poco más de lo habitual, imaginen cuando no tenía esa exigencia con marcajes europeos. El gesto lo realizaba más relajado y su efectividad podía ser perfecta, del cien por cien. Y luego, esa capacidad de liderazgo del ‘ahora me toca a mí’ cuando el Real Madrid se creció. De empezar a jugar para él. Buscaba los bloqueos de sus compañeros antes de recibir y tirar, y los pasaba hombro con hombro. Ni un resquicio donde el defensor pudiese entorpecer la acción. Era recibir y tirar. Y era ese recibir y tirar porque era el momento en el que, mientras uno se quedaba en el bloqueo, el otro tardaba en reaccionar y saltar a puntearle. El instante de levantarse y tirar. Y por supuesto, meterla. Porque Bird siempre la metía. Con el tiempo, cuando la tecnología avanza y gracias a internet hemos tenido posibilidad de ver vídeos emitidos en USA, de los que aquí no llegaban, pudimos ver cómo en aquellos años, los protagonistas explicaban al detalle su forma de jugar.

Y como podemos ver en este vídeo y tuvimos ocasión de disfrutar en Madrid, si se supone que una situación de ventaja para Kevin McHale, era un uno contra uno en poste bajo, nos dábamos cuenta de la calidad que atesoraban. McHale disfrutó de algunas de estas jugadas ante Fernando Martín, y sí éramos testigos de la longitud de sus brazos, hasta donde llegaban para dejar las bandejas o cuán alto se elevaban para lanzar sus ganchos. Un tipo guerrero como era Fernando Martín, no podía hacer nada en defensa ante tales movimientos de un maestro.

No realizaron mates espectaculares ni los “alley-oops” que veíamos en las imágenes promocionales de la NBA. Pero sabían jugar al baloncesto. Y cómo sabían jugar. Todo aquel halo que fueron arrastrando a su llegada, aquella mística que atesoraban, en pequeños gestos los pudimos ir comprobando. Eran la definición de nuestro deporte. Eran los Celtics.