¿QUÉ PASA CON LOS BASES DEL ANTIGUO “TELÓN DE ACERO”?

¿QUÉ PASA CON LOS BASES DEL ANTIGUO “TELÓN DE ACERO”?

Antonio Rodríguez

Me contaban en mis años adolescentes, de aprendizaje, atención máxima y ojos como platos (en lo que te gusta, claro), que hubo un base soviético, a caballo entre la década de los 50 y los 60, un auténtico diablo sobre la pista. Su nombre, Armenak Alachachian. Las primeras imágenes como baloncesto-espectáculo entre la élite europea, salieron de las manos de aquel apellido tan sonoro. Rápido, imaginativo, era el primero que veían por la tele en el TsKA Moscú, cuando se enfrentaba en sus duelos de Copa de Europa frente al Real Madrid, hacer diabluras con el balón. Comenzó con su presencia el florecimiento de una estirpe de bases germinadas en la antigua Unión Soviética, mano recia para llevar a su selección al título.

Quizás en importancia y galones, fuese el georgiano Zurab Zakandelidze quien tomara su testigo. Muy rápido y ya veterano, Zakandelidze fue instrumental en el triunfo de la URSS en la final de los Juegos Olímpicos de Munich’72, el encuentro más polémico de la historia del baloncesto. En tal selección, ya lideraba Sergei Belov, la gran estrella rusa que midiendo 1.90 y siendo alero por aquel entonces –muy cercano al concepto actual de escolta-, era tan bueno que en   multitud de ocasiones ofició como base, sobre todo en aquellas giras de su selección por Estados Unidos en los inviernos, donde había que exhibirle ante un público ávido de ver aquella joya, al que asemejaban con su Jerry West.

Zurab Sakandelidze subiendo el balón en un contragolpe, ante la mirada del ex seleccionador ruso, Yuri Selikhov (nº 10).
Zurab Sakandelidze subiendo el balón en un contragolpe, ante la mirada del ex seleccionador ruso, Yuri Selikhov (nº 10).

Stanislav Eremin figuró a finales de los 70 y principios de los 80,  tomado su relevo generacional por el mágico letón Valdis Valters, para que al poco salieran un puñado de ellos fantásticos, como el estonio Tiik Sokk y sobre todo, el lituano Sarunas Marciulionis, jugador absolutamente de otra galaxia, al menos no la europea, por sus brillante mezcla de condiciones físicas y técnicas a un nivel excelso. Aquello parecía abrirnos las puertas para un futuro brillante. Y llegó Sergei Bazarevich y Vassili Karasev, los hermanos Pachoutine… y ya. Se cerró el grifo. Se acabó. Parece que con la desintegración de la Unión Soviética dejaron de salir bases entre la numerosa variedad de repúblicas que nacieron. ¿Qué ha sucedido?

En este Eurobasket’2015, con representación de Rusia, Lituania, Letonia, Ucrania, Estonia y Georgia, ciñéndonos geográficamente a la antigua URSS, ni ha habido bases de calidad en la última década, ni se les espera. Los lituanos se llevan la palma al menos, con el más que decente Mantas Kalnietis, único representante destacado de esta posición en los últimos años. Y ya no tienen más, porque si nos vamos a su reserva, Lekavicius, el nivel disminuye un abismo. En Rusia, ni el problemático Khvostov ni Sergei Bikov llegaron a dar el nivel, hasta el punto de confiar en ese jugador, cuerpo de alero con espíritu de base (por lo tanto, más lo segundo que lo primero), Anton Ponkrashov. Y es que no tienen a nadie.

Sergei Belov era tan bueno, que podía jugar en cualquier posición (Foto Fred Grinber / RIA Novosti).
Sergei Belov era tan bueno, que podía jugar en cualquier posición (Foto Fred Grinber / RIA Novosti).

Kristaps Valters por Letonia era rápido, avispado y en ocasiones buen anotador, pero nada que ver en absoluto con el padre. Oleksandr Mishula en Ucrania, se queda a mitad del camino del base de élite que requerimos y el georgiano Tsintsadse, no es precisamente lo que buscamos. ¿Qué ha pasado? Es que la árida estepa es amplia, ¿eh? Entre este racimo de países, ni un base de orgullosa mención. El panorama, por lo tanto, ahora está repleto de bases estadounidenses, nacionalizados con países en los que unos cuantos mesecitos jugados allí les aseguran un pasaporte –y un puñado de dólares-, que gracias a la actual normativa FIBA les permiten jugar. Si no fuese así, estas naciones tendrían un problema muy serio. ¿Por qué ha sucedido esto?

No es ningún secreto la propaganda que significaba el deporte en los tiempos de régimen comunista. Las autoridades rebosaban las arcas destinadas a fines deportivos, porque suponía un sello de autoestima para ellos y de admiración para el resto del mundo. Los mejores maestros estaban al servicio de una nación que buscaba éxitos internacionales. Con la desaparición del “telón de acero”, la URSS, a la que nos referimos en este caso, entró en un paradójico cambio social. La mayor parte de sus repúblicas padecieron importantes problemas económicos, con lo que tampoco el deporte era una prioridad mientras que los platos estuviesen semivacíos. Comenzó a perecer por inanición. Lituania, gracias a las fortísimas donaciones económicas por las que se ha visto agraciada desde su independencia de parte de sus estrellas deportivas, ha podido continuar con un importante proyecto baloncestístico, bajo la siembra de una casi enfermiza pasión por el baloncesto que perdura en ese país. Por eso Lituania es la avanzadilla.

Mantas Kalnietis, el base más destacado de Lituania (Foto EFE).
Mantas Kalnietis, el base más destacado de Lituania (Foto EFE).

Las demás, a duras penas han ido sacando productos. Se busca más la proyección individual de cara a la NBA o Estados Unidos en general, que el aumento de calidad colectivo. Por ello, montones de ejemplos aparecen en nuestra memoria de jugadores, que con buenas plantas físicas, estaban dotados de unos fundamentos poco habituales: el georgiano Nikoloz Tskitishvili, el bielorruso Alexander Koül, el estonio Martin Mursepp, más recientemente el letón Kristaps Porzingis y cómo no, el ruso Andrei Kirilenko, son el producto de lo que escaseaba en Estados Unidos en los últimos años. Si sus carreras no cuajan en USA, siempre tendrán un lugar en Europa. Pero da la sensación que se trabaja con chicos que destaquen por unas condiciones físicas determinadas (coordinación y habilidad sobre los cimientos de estaturas importantes). Jugadores exteriores o más pequeños, es mucho más difícil que salgan. Necesitan destacar en algo en concreto de una manera que se vislumbre desde muy jóvenes, como pueda ser el actual caso del jovenzuelo ucraniano de 18 años, Sviatoslav Mikhailiuk, excelso tirador que milita en la universidad de Kansas y que con 15 añitos, ya estaba en la agenda de muchos clubs españoles.

Entre toda esta ‘jungla’, parece que la figura del base, no se contempla. Para crear un base, que no requiere de exigencias físicas notorias como es la estatura en el resto de puestos, al joven jugador hay que enseñarle el sacrosanto lenguaje del baloncesto de una manera más depurada: ser general en pista, leer lo que pasa a cada momento con el rival y sobre todo con los compañeros, es algo que requiere de buenos maestros y mayor insistencia. Y bien es cierto que en el baloncesto moderno de hoy día, digamos que hay muchos tipos de bases, que no hace falta ni tener dotes de mando ni dirigir, y sí saber anotar, entrar a canasta o ser licenciados en el noble arte del pick&roll. Por eso Mantas Kalnietis destaca tanto: porque sin ser una estrella, aúna estas tres características. Pero ni aun así.

El base checo Tomas Satoransky, el mejor de todos (Foto EFE)
El base checo Tomas Satoransky, el mejor de todos (Foto EFE)

¿Y en Rusia? Curioso el caso de una nación con tan vasta población (143 millones en 2014), que saque tan escasos jugadores de calidad en proporción. Debe ser de las menores concentraciones de talento por habitante del planeta, si hablamos lógicamente, de países con tradición baloncestística. Su liga está llena de americanos y extranjeros, aumentando su número conforme aumentan los presupuestos de sus equipos. Echen un vistazo a las plantillas del CsKA Moscú o del Khimki en la actualidad y vean el protagonismo del jugador ruso en ellas. Un país donde el socialismo más recto fue sustituido por el capitalismo más galopante, donde en diversas zonas, el hambre y la pobreza es una lacra y donde, como dijo Sergio Scariolo, en Moscú existen los restaurantes más lujosos de donde ha comido de toda su vida. Hablan que impera el dinero de manera exacerbada y me cuentan que los grandes maestros de antaño, que siguen existiendo, ahora tienen fuertes emolumentos por enseñar y lo hacen a los hijos de adinerados, que no necesariamente tienen que ser los más dotados para el deporte del baloncesto. En muchos casos, sus fronteras quedan marcadas en clubes de renombre, pero nunca en escuelas, en otros recintos deportivos…en el ancho mar que da una población tan populosa. Por ello Rusia, a pesar del oro en el Eurobasket español de 2007, va con lo justito y cuando triunfa, lo hace con jugadores veteranos sin atisbar un relevo generacional, bodegón con el que se ha dado de bruces en este Eurobasket, sin entrar a valorar los problemas que ha tenido en su período de concentración, por la sanción que pendía sobre ellos.

El antiguo “telón de acero” engloba más países, por supuesto. Pero uno repasa la posición de base y sigue con una sensación parecida. Exceptuando todos los países nacidos de la desmembración de la antigua Yugoslavia, donde ahí nunca han tenido problemas en sacar talento de cualquier posición (su política deportiva sí se ha asemejado mucho a lo que existía anteriormente), quizás el mejor base hoy día de todos los países que englobaban este “telón de acero”, que les gobernó e impuso una manera dedicada de trabajar con el deporte, sea el checo Tomas Satoransky.  Y ahí les tienen, en cuartos de final.