RIGOR Y MIMO EN EL JUEGO DEL BALONCESTO

RIGOR Y MIMO EN EL JUEGO DEL BALONCESTO

Antonio Rodríguez

Acabo de presenciar el choque de la sede de Riga, en el grupo D, entre el anfitrión Letonia frente a su vecino Lituania, dando el resultado más corto de las dos jornadas hasta el momento disputadas en este Eurobasket: 49-68. Se pudiera intuir viendo solamente el marcador, que el choque fue ultradefensivo. O que el ritmo pudo ser extremadamente lento. O como tercer recurso fácil, malos porcentajes de tiro. Leyendo tales porcentajes, sí que pudiera dar esa idea: Letonia, 18 canastas de 58 intentos (31%). Lituania, 26 canastas de 64 intentos (40,7%).

Sin embargo, lo que pude observar desde el minuto uno de encuentro, fue la extremada dureza entre los contendientes. Vale que era una fuerte rivalidad entre dos naciones fronterizas, con el pique que eso supone. Y vale que en este tipo e campeonatos –y más ante tu público- das hasta el último aliento, sobre todo cuando tu rival es claramente superior, personalizando este comentario en la selección letona. Pero el espectáculo ofrecido, creo que poco tiene que ver con la belleza del baloncesto. Advierto que me gusta la intensidad –de las facetas que más en este juego-, pero en la atmósfera sobre la pista, hubo una intensidad mal entendida.

Empujones permanentes a los cortes, sujetar y casi desplazar con los antebrazos, agarrones en las luchas por el rebote o cuando el rival posee mayor fortaleza –como era el caso de los marcajes a Valanciunas-, movimientos laterales en todos los bloqueos de los jugadores, que nunca mantenían una posición (creo que sí pude ver uno que fue legal), sino que buscaban al rival hasta chocar con él. Sumen a esto empujones disfrazados de choques en las entradas a canasta rivales, lo justo como para desplazarle de la línea que el atacante quería trazar hacia canasta, con lo que acababa a dos metros del aro lanzando una especie de semigancho desequilibrado, que fácilmente era taponado… una auténtica alegoría, en definitiva, de lo que no tiene que ser este juego. Vale que los árbitros podrían haber sancionado más, pero no les culpo, ni mucho menos, a ellos. Porque sin ser rigurosos, si tuviesen que haber pitado todas las infracciones, al minuto 20 se hubiesen quedado solamente los entrenadores. Mi queja viene más como un concepto erróneo del juego.

En Europa llevamos muchos años defendiendo un tipo de baloncesto de fundamentos técnicos y riqueza táctica. Desde la década de los 90, hay una corriente, casi de orgullo entre el aficionado, entrenador o jugador europeo, de aprender y aplicar las reglas de una manera depurada, refinándolas hasta el punto que a tal nivel de perfección, conseguíamos que el jugador llegase a ser imparable o dominase a rivales más dotados en altura o condiciones físicas. Todo esto se reflejaba en la imagen de un jugador, Dejan Bodiroga y un gesto como ejemplo máximo, aquel uno contra uno al que superó a Karl Malone con una facilidad pasmosa en prodigioso bote y protección del balón, para finalizar la acción en bandeja.  Y esto, mientras en Estados Unidos se buscaba la superioridad física, cuando a los chavales les urgía llegar a la NBA y donde se nombraban a chicos de instituto como los más destacados de la nación en hombres como Mateen Cleaves, porque físicamente dominaban. De ahí nuestro orgullo particular europeo, definiendo nuestro estilo de baloncesto.

Pues de ese cuidado por el juego, de ese rigor, respeto y mimo al baloncesto, no vi nada en el flamante pabellón de Riga. Muchos movimientos, muchos cortes y constantes movimientos de hombres sin balón de dudosa eficacia, aunado con permanente juego subterráneo –y menos subterráneo-, que no necesita de ser sancionado para mostrar que no forma parte del juego. Que aquello no era baloncesto. Que si la vertiente va por ahí, que lo matemos de raíz. Porque en esa atmósfera, jugadores de la calidad –sublime calidad- de Mindagas Kuzminskas, Dairis Bertans o Mantas Kalnietis, por nombrar algunos de los más conocidos. Tipos que nos pueden congraciar con el baloncesto, eran incapaces de mostrar gotas de su esencia. Todo era hacerse sitio con “el machete” entre un profuso bosque de brazos y cuerpos que superaban la legalidad para detenerles.  Eso fue lo que vi, lo que puedo volver a ver durante este Eurobasket, pero que deseo que no trascienda.