VERANO DEL 79: (Cap.5) El agridulce sabor de un sexto puesto

VERANO DEL 79: (Cap.5) El agridulce sabor de un sexto puesto

Antonio Rodríguez

En 1967, el presidente de la Federación Española, D. Anselmo López, tuvo la curiosa ocurrencia de organizar en Barcelona un Campeonato del Mundo en el que todos los jugadores que participasen debían cumplir un solo requisito: no medir más de 1.80 de estatura. Se pudiera decir que fue un Mundial para bajitos. Como era costumbre, Estados Unidos se proclamó campeón de tal torneo, llevando un puñado de buenos jugadores de playground en sus filas, que como diría un castizo español, “échales a esos un galgo”. Y la medalla de plata fue para España. De los que representaron a nuestro país en tan extraño torneo, formaron parte Nino Buscató, Lluis  Cortés, Víctor Escorial, Juan Martínez Arroyo, José María Soler, Juan Ramón Ramos…todos ellos, componentes habituales de nuestro Equipo Nacional. La estatura nos delataba. Éramos demasiado pequeños para competir en grandes torneos y teníamos que ir a lomos de Clifford Luyk, el único que superaba los dos metros, toda una bendición su llegada, junto a nuestro bregador e histórico pívot, en entrañable Alfonso Martínez.

En los primeros años de la década de los 70, en el baloncesto español comenzaron a pasearse por nuestras canchas dos “especímenes” extraños hasta ese momento: Luis Miguel Santillana y Rafael Rullán. Eran un “rara avis” en nuestro deporte. Jugadores que sobrepasaban con creces los dos metros (el primero, 2.05, el segundo 2.07), delgados, pero por primera vez dos tipos habilidosos y rápidos con ese tallo a ojos del aficionado. Fue un salto cualitativo en nuestros pívots, que acompañando al mítico Luyk nos llevaron por ejemplo, a conseguir la medalla de plata en el histórico Eurobasket de Barcelona en 1973. 

Y es que bajo su tutela, se podía competir (quintos en el Mundobasket de Puerto Rico’74 y cuartos en el Eurobasket de Belgrado’75). Tenían una notable habilidad ofensiva, botaban el balón con mucha fluidez y ambos sabían tirar y muy bien, desde el exterior. Quizás les faltase dureza bajo tableros, pero digamos que eran nuestra propia réplica de Kresimir Cosic, el rey en Europa en ese molde.

José Luis Llorente dando un pase en el aire ante Yugoslavia, ante la defensa de Kicanovic.
José Luis Llorente dando un pase en el aire ante Yugoslavia, ante la defensa de Kicanovic.

El baloncesto creció en el Viejo Continente y en una vuelta evolutiva más a la progresión del pívot, con Dino Meneghin como clara avanzadilla, aparecieron hombres de estatura destacada, que además de sus habilidades, eran fuertes. Jerkov y Radovanovic en Yugoslavia, Vechiatto o Generalli en Italia, Zdenev Kos  en Checoslovaquia o el mastodóntico Vladimir Tkachenko en la URSS, dieron un salto cualitativo importante entre los hombres altos. Y España, pues seguía jugándose las habichuelas con Santillana, Rullán y la nueva incorporación, Juan De La Cruz, que aun siendo rápido, medía menos que los dos nombres precedentes y bastante liviano de peso, suplido con la agresividad típica del “Lagarto”, eso sí. 

Nos vimos abocados a un desnivel grande en el juego interior y si añaden la rigurosidad arbitral en las inmediaciones de la canasta (que podrán criticarles hoy día, pero no se imaginan el paso de calidad que han dado respecto a aquellos años) y las escasas rotaciones, lo lógico es que dos de ellos, en los últimos 5 minutos de los partidos, estuviesen ya eliminados por cinco faltas personales. 

Esto sucedió, como ya contamos en el Capítulo 4 de este serial frente a Italia, y esto se repitió en los dos últimos choques que restaban, frente a Yugoslavia, donde la Selección Española cayó derrotada sin apenas hombres altos en pista (100-108) a pesar de combatir en un buen partido durante muchos minutos, así como el día de nuestra despedida contra Checoslovaquia (100-107), selección muy potente en el segundo lustro de los 70, con mucha altura y extraordinario talento, que aglutinaba las mayores estrellas de su historia en los nombres de Brabenec, Pospisil, Skala, Kos, junto a los jóvenes prometedores Havlik y Kropilak. Antonio Díaz Miguel consideró, no sin razón, que los dos pívots que probó en el Preeuropeo griego, Fernando Romay y Juan Fermosel, estaban demasiado verdes para cargarles con la responsabilidad de un Eurobasket. 

Aunque al primero se le cuidaba y mimaba viendo en él nuestro futuro. ¡Un 2.13 en nuestras filas! Había que trabajarle. Pero como bien ha dicho siempre el bueno de Fernandito, a todos aquellos se quedaban impresionados por su estatura, “yo, entre los grandes del resto de los equipos, era el más bajito. Cuando en la inauguración solían sacar a todas las selecciones y los altos nos quedábamos al final de la fila, yo era el más bajito entre ellos”. Y era cierto. Pero nadie quitaba a Díaz Miguel que viera en esos brazos, máxime siendo manchego de pura cepa -de Alcázar de San Juan-, las aspas de un molino que impulsarían a la Selección que él dirigía,  a un peldaño más arriba.

 Kresimir Cosic lanzando ante la oposición de Ferracini. Yugoslavia e Italia fueron las dos decepciones del campeonato, terceros y quintos clasificados respectivamente.
Kresimir Cosic lanzando ante la oposición de Ferracini. Yugoslavia e Italia fueron las dos decepciones del campeonato, terceros y quintos clasificados respectivamente.

Frente a los yugoslavos, fue Perico Ansa quien dio la cara dando extraordinarios minutos y la confirmación del gran Epi en ambos. Pero echamos en falta un cuarto pívot que ayudara. Por eso, se acabó en una sexta posición que tras ganar a la Unión Soviética en Siena, pudiera haber sabido a poco. Quedó claro también desde el lado positivo, que esta fue una excelente prueba de fuego de nuestros representantes veinteañeros, que habían pasado con nota y estaban más que preparados para metas mayores. Llorente, López Iturriaga y Epi, iban a presumir de ser estrellas en nuestro futuro baloncesto.

El gran Mirza Delibasic lanzando en suspensión ante la oposición de Juanito Corbalán.
El gran Mirza Delibasic lanzando en suspensión ante la oposición de Juanito Corbalán.

 

La final del Eurobasket: el oro, sin discusión, para la URSS. Israel, la gran sorpresa

La selección de Israel, entre toda esa malgama de victoria y sorprendentes resultados en el grupo de cabeza de los seis primeros, fue quien mejor supo navegar y ganar los choques decisivos, para llegar a la gran final. Una hazaña que ni remotamente ha igualado después (no ha vuelto a jugar nunca ni tan siquiera las semifinales) y que en la última jornada de liguilla, tuvieron los arrestos y la convicción, siendo un equipo física y técnicamente inferior, de ganar a Checoslovaquia en la prórroga (94-93) entre el júbilo de sus ruidosos aficionados, que poblaban en buen número las gradas del pabellón Parco Ruffini. Por su clara inferioridad en estatura, el desgaste al que se vieron sometidos para llegar a la final, se pagó finalmente en el partido decisivo. Pero que les quitasen lo bailado, claro.

El caso es que aguantaron bien los primeros minutos, apoyados en una zona que evitaban que el gigantón Tkachenko les hiciese más daño de lo que ya les hacía, así como el enorme talento de Anatoly Myskhin, pudiese hacerse el rey de la zona. El esfuerzo de su trío interior Kaplan-Menkin-Silver, junto a las carreras forzadas y genialidad de la pareja exterior del Maccabi Tel Aviv, Aroesti y Berkowitz, mantuvieron a los aficionados expectantes en un bonito espectáculo de acierto de unos y rapidez y entrega por los otros. Y en estas que Alexander Gomelsky mandó saltar a pista desde el banquillo a la nueva sensación soviética de este campeonato, el alero de dos metros y 21 años, Sergei Tarakanov. Y les mató. 22 puntos en una infalible serie de 10 canasta de 11 intentos y la sensación que ese tipo era imposible que fallase un tiro durante muchos minutos. Verle ejecutar la mecánica del lanzamiento con esa finura, gestos tan elegantes y que esos tiros tan el mismo camino, era claudicar ante la URSS como la mejor selección de Europa, tras tres títulos consecutivos de Yugoslavia (que ganó en la lucha por el bronce a Checoslovaquia).

Como aquí muestra Vladimir Tkachenko, la URSS muy por encima del resto en este campeonato
Como aquí muestra Vladimir Tkachenko, la URSS muy por encima del resto en este campeonato

Cuando Tarakanov abrió esa defensa, Tkachenko vivió mucho más fácil y acabó martilleando en mates una y otra vez el aro (29 puntos), mostrando que él era la diferencia en el Viejo Continente, y el mítico Sergei Belov, tras una discretísima primera mitad, sin ataduras en los segundos 20 minutos, también supo destaparse (20 puntos). A Israel se le hizo demasiado largo el encuentro. Mientras que Berkowitz tuvo fuelle, con sus entradas y suspensiones a tumba abierta, fueron aguantando (26-24 en el minuto 13 de la primera parte), para llegar al descanso con 47-38. El seleccionador israelí, Ralph Klein, probó absolutamente todo, pero ni el tiro exterior del base Moskowitz, tan certero otros días, como la enorme habilidad del pívot Yanay desde el banquillo, le proporcionaron réditos sustanciales. Sus jugadores estaban exhaustos y deseando que llegase el final, para verse con sus medallas de plata colgadas del pecho.

Sergei Tarakanov, por encima de Lou Silver, la sensación de la final: 10/11 en tiros para 22 puntos.
Sergei Tarakanov, por encima de Lou Silver, la sensación de la final: 10/11 en tiros para 22 puntos.

La URSS, ocho años después, campeona de Europa. Yugoslavia se vio relegada al tercer puesto en un, digamos paso atrás para coger carrerilla, pues un año después, en el centro de Moscú, en el enorme y flamante Olympiski, se coronaron como los reyes de los Juegos Olímpicos, alzándose sobre unos soviéticos que se tuvieron que conformar con “las migajas” de un bronce. La ambiciosa Italia fue quien se pegó una buena costalada, quedando en quinta posición en “su” Eurobasket, a pesar de las ayudas ya expuestas en este serial. Otros que tendrían su momento de gloria –y enorme suerte un año después-. La URSS, a la que tres pívots y un puñado de jovencitos cargados de talento, les ganó en Siena, en lo que pudo ser la mayor exhibición en este Eurobasket, campeona sin ninguna discusión. Este camino cogido por España, no se podía parar aquí.

Esta es la URSS campeona de 1979. De pie, de izquierda a derecha: Sharmukhamedov, Tkachenko, Lopatov, Myshkhin, Belostenny y Zhigily. Agachados: Belov, Edeshko, Homicius, Salnikov, Eremin y Tarakanov
Esta es la URSS campeona de 1979. De pie, de izquierda a derecha: Sharmukhamedov, Tkachenko, Lopatov, Myshkhin, Belostenny y Zhigily. Agachados: Belov, Edeshko, Homicius, Salnikov, Eremin y Tarakanov

CAPÍTULO 1: Sabor a plata en Roseto y Manheim

CAPÍTULO 2: Travesía por el infierno griego

CAPÍTULO 3: El milagro de batir a la URSS

CAPÍTULO 4: Lo que una mesa de anotadores nos birló

CAPÍTULO 6: El epílogo